martes, 17 de junio de 2025

Apuntes técnicos para crear una novela

Una novela es:
UN MODELO DE VIDA
Intenta conseguir que el lector aprenda algo de sí mismo.
LAS NOVELAS SON UN BÁLSAMO (UN UNGÜENTO) QUE SE ADAPTA A NUESTRAS HERIDAS INTERNAS.
Debe aportar soluciones para resolver problemas.
Debe ser una explicación racional y emocional.

Prueba de que un libro sea bueno:
Cuando lo termino de leer me siento diferente, más rico.

UNA NOVELA ES UNA INVESTIGACIÓN sobre un tema.

Estructura:
Partes:
Idea generadora. Proposición que el autor debe probar al lector (algo así como: esta novela pretende demostrar que la pena de muerte es injusta).
Sólo debe haber una idea generadora.
Debe explicar valores culturales.
Debe contener un conflicto.
Título
El público objetivo. Saber para quién escribimos la novela.
El tema
El género
El foco Basado en un tema
La situación. En el tiempo y el espacio
         Escribir sobre una situación que conozcamos.
El conflicto Acumulación de problemas que crean un nudo. No es el  problema.
Una novela debe entrar en la intimidad de quien tiene un conflicto.
El conflicto es el detonante de la historia.
Un conflicto tiene muchas caras.

El argumento. Dos partes:
1. Historia objetiva. El soporte.
2. Historia subjetiva: La visión desde dentro de ese conflicto

4 líneas maestras:
La historia objetiva
El personaje principal (Debe aparecer en primer lugar. Sólo puede haber uno).
El personaje obstáculo.
La historia subjetiva.

Reglas para la superviviencia de la novela. Según Vicente Verdú

La nueva narración debe sustentarse en la ironía y en la escritura del yo, contar con la multiplicada sensibilidad del lector y atenerse a diez objetivos.
Que los últimos cinco premios Herralde de novela hayan recaído sin cesar sobre escritores latinoamericanos no debe considerarse un simple azar. La novela que todavía se premia responde al molde tradicional y este producto no se cultiva con la debida dignidad sino en la periferia del sistema. Sucede de la misma manera que con las películas de autor, que, si antes procedían de Italia, Francia o Alemania, ahora brotan en Irán, Irak, China, India, Argentina o Senegal, puesto que el cine de autor como la novela de argumento son productos que caducaron en territorios de la Metrópoli mucho antes de iniciarse el siglo XXI.
Paralelamente, así como en la pintura es inconcebible producir sin tener presente la fotografía, la televisión, los videojuegos, el avión, los grafitis o cualquier pantalla, en la narración es torpe seguir como si no existiera publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o la blogosfera. Quienes en los países donde se han desarrollado las nuevas formas de comunicación continúan redactando novelas a la antigua usanza atienden sólo a los lectores vetustos, incomunicados o burdos. Y también a los que aprecian los libros en cuanto les parecen películas o telefilmes impresos y en donde la escritura cumple la simple función de entretener durante el trayecto en avión o metro.
Nada que ver, pues, con el carácter propio y especial de la escritura literaria, en donde la nueva narración debería caracterizarse por estos diez componentes, al menos:
1. La novela actual -o como quiera llamarse- deberá mostrarse enérgicamente resistente al intento de trasladarla al cine, al telefilme o a la vida el videojuego: la literatura hoy más que nunca debería alzarse como intransferible porque las historias novelescas al aroma del siglo XIX han sido ya usadas con diferentes métodos de explotación y lo fueron, precisamente, porque no existían entonces los guionistas a granel que actualmente redactan para crear productos audiovisuales. El destino de aquellas novelas fue atender precisamente a una demanda general sin capacidad para vivir otras vidas adicionales que no fueran las servidas por la fantasía de los libros.
2. La fantasía, la intriga -y tanto más cuanto más enrevesada resulta- debe considerase un recurso estereotipado e indicio, a la vez, de no aspirar a mucho más que un sudoku. Cualquier obra literaria actual debe insistir más que nunca en la categoría de su escritura. Es decir, en su habilidad para hacerse indispensable como medio de conocimiento y comunicación peculiar, insustituible en la iluminación y la clase de disfrute que procura. El gusto de la lectura se obtendrá no del artificio argumental, el suspense policiaco, los agentes especiales, los cofres por descerrajar o los misterios divinos, sino de la intensa degustación del texto, sin necesidad de conspiraciones ni extrañas travesías. Los intríngulis de esta literatura son más intríngulis que literatura. Vale para lo que vale y ni una distinción más.
3. No habrá de valerse la obra de ninguna estructura prefabricada mediante la cual el lector será conducido entre añagazas del oficio hasta la apoteosis final, tan propia de las antiguas revistas y la vulgaridad en las prestaciones. La narración literaria consciente de sí no aspirará a apoteosis final alguna tal como el destino tampoco existe en el proyecto vital de ahora, mientras la metafísica se disipa.
Lo que sucede día a día tiene hoy la forma del accidente y el carácter de la inmanencia, posee la belleza de lo instantáneo y la inteligencia de la negligencia. Ha terminado el proceso, la idea de la historia y de su trascendencia. Lo que cuenta es la belleza de la inmediatez, el texto convertido en un gozoso bocado de por sí.
4. La fragmentación de las historias, con sus anotaciones e intervalos mentales, tiende a copiar del blog y de la comunicación fragmentada omnipresente. Una novela contemporánea que no haya asumido esta clase de comunicación se ahogará en su jactancia. La ignorancia del blog y de los mensajes cortos, del discurso corto y cambiante, puede llevar, excepcionalmente, a una obra apreciable pero se tratará de esa clase de valor que encuentran las alhajas y los cuadros escondidos en el polvo de los museos. Una obra viva debe tener en su alma la actuación de su presente porque de otro modo contribuirá a hacer de la literatura la estampa de una dedicación embalsamada. ¿La muerte de la literatura? Sin duda diversos novelistas de hoy perviven gracias al culto funerario del género y al amparo de lectores melancólicos que transpiran alcanfor.
5. El desarrollo pues del libro no obedecerá a un hegemónico hilo argumental sino a una red de experiencias que hiladas, entrecruzadas o en racimo planteen un tutti frutti para el multipolar lector de hoy. Las obras con hilo -o cable- que se lanza pero que se enreda, que da a entender esto pero resulta ser lo otro, que juega, en fin, con el lector, denota no poseer otra cosa mejor de la que vivir y comercia con artículos de feria. Obras de escritores que imitan arrobados a aquellos otros que se ganaban la vida gracias a que sus clientes los leían o los escuchaban leer a la luz de las velas y, en general, no habían salido de la provincia.
6. La novela eminentemente nueva no deberá, desde luego, agarrarte por el cuello y llevarte así, del pescuezo, hasta su final, entre meandros y malabares. Contrariamente a estos modos circenses, la buena novela del XXI considerará la multiplicada sensibilidad del receptor mediático y la interacción. Estimará la belleza eficiente de la forma, la seducción estética y no el uso instrumental o perruno del lenguaje. Es decir, la lectura no será una ansiedad que, entre jadeos y vigilias, buscará cuanto antes la revelación de la última página sino que paladeará cada párrafo a la manera de la slow food.
Lo propio de la literatura excelente será, hoy más que nunca, la belleza y perspicacia de la escritura. Para contar una historia hay ahora abundantes medios, desde el telefilme al vídeo, más eficaces, más plásticos y vistosos. La escritura, sin embargo, es insustituible en cuanto agudiza su ser, emplea las palabras exactas y no la palabra como un andén para llevar la obra a otra versión.
Los novelistas que escriben con la ambición de ser llevados al cine delatan su menosprecio por la escritura. O su incompetencia. Mejor harían con emplearse de cuentacuentos o copys.
7. El cine, la televisión, la realidad virtual pueden presentar escenarios y vicisitudes con mayor riqueza exterior pero la peripecia interior es el juego especial de la escritura y su máxima legitimación. Si la novela, el cuento, el ensayo, el libro, en fin, se justifica todavía sólo alcanza su indiscutible mérito en esta dirección. La dirección propicia para explorar en el interior de uno mismo o del otro hasta la extenuación.
8. ¿Ficción? Si la obra literaria, las fórmulas matemáticas, las piezas musicales son siempre y en todo caso autobiográficas, entonces ¿para qué fingir? Si, como se reconoce, la realidad supera siempre a la ficción, entonces ¿para qué fantasear? El autor habla mucho mejor de lo que conoce personalmente y peor de lo que maquina deliberadamente. La ficción, en fin, pertenece a los tiempos anteriores al capitalismo de ficción. Si la literatura aspira a conocer algo más sobre el mundo y sus enfermos, su elección es la directa, precisa y temeraria escritura del yo.
La transmisión de lo personal da sentido, carácter y contenido a la comunicación. No hay comunicación sin comunión, no hay comunión sin comunidad, no hay comunidad sin sinceridad, no hay sinceridad sin volcar lo personal.
9. La voz, en consecuencia, será la de la primera persona del singular. Trato directo entre el autor y el lector, entre las aventuras, las pasiones o los dolores que se comparten en la secuencia del texto.
El estilo en tercera persona es hoy el colmo de la falacia, la hipocresía, la cursilería, el amaneramiento o la vana pretensión de saberlo todo por parte del narrador a la manera insufrible de la voz en off en los años cincuenta del cine. No hay verosimilitud en esa voz que ahora se recibe como el cénit de la impostación, el reverso de la verosimilitud y la frescura. El autor/creador, que se endiosa atribuyendo a sus personajes el don de criaturas que adquieren vida propia, se despeña en su misma metáfora de acartonado Frankenstein.
10. Mejor haría en jugar y reírse de sí mismo porque ahora, toda obra de aire severo, sin humor, carece de un lugar soleado en el mundo de la comunicación. Podría decirse, incluso, que ninguna obra sin humor forma parte de la producción intelectual inteligente puesto que ningún genio en la historia de la humanidad prosperó sin la ironía sobre sí mismo. Los novelistas más serios son a la vez los más tediosos y, como corolario, los peores.
Sin ironía no hay contemporaneidad, sin ironía no existe visión de la iridiscencia del mundo y su variable composición.

Frente a estos diez virtuosos componentes se cometen los correspondientes pecados capitales. La novela -o como quiera que se llame- sin insustituible escritura, sólo con tema, se suicida actualmente por falta de destino. Muchos leen y suponen que están leyendo literatura o incluso un libro cuando, en realidad, prestan su atención a enmascarados guiones de cine, borradores de telefilmes o largos bocadillos de cómic. También, claro está, leen como algo contemporáneo a los sucedáneos del siglo XIX, sin cuestionarse su momificación, bien porque amen la palidez del vintage, abracen el olor a polvo, o bien porque no posean sentido del gusto en general.

El lector, como el consumidor, hoy más que nunca, se encuentra en condiciones de elegir entre una oferta muy personalizada, surtida y extensa. De su elección depende dar vida a los novelistas que escriben como estafermos o no.
La novela puede ser de este modo tanto un asunto de guardarropía, un legado apreciable como fruto histórico, o una literatura donde el autor, todavía vivo y despierto, se desafía para conocerse, conocer y comunicar. Todo ello sin la obispal solemnidad de los novelistas a la violeta que siguen autoestimándose como demiurgos y atribuyen a la literatura una supuesta misión de libertad, de salvación universal y de formidables tontadas por el estilo.

El novelista, como el pintor o el diseñador, como el compositor o el arquitecto, son trabajadores que, como todos los demás, tratan genéricamente de mejorar la vida. Nada de diferencias entre el productor y el creador, el trabajador y el artista. Unos y otros con sus condiciones y habilidades tratan de colocar su mercancía y se interesan por el placer que provocan en el receptor. ¿Gozos divinos? ¿Placeres indecibles? Zarandajas: el placer sólo reconoce la verdad o el sucedáneo, la ficción del placer, sólo distingue entre buenos y malos amantes. Brillantes y opacos escritores, como lúcidos y lelos ebanistas, lozanos y mustios cantautores, actrices o masajistas. -

Posibles tonos para una novela

Abatido, absurdo, de admiración, afligido, agresivo, alegre, amable, amoroso, cálido, científico, cínico, cómico, compasivo, condescendiente, encorajinado, cordial, crítico, deprimido, despectivo, enfadado, entusiasta, épico, erótico, familiar, filosófico, formal, grave, histérico, horror, humorístico, iconoclasta, idealista, incisivo, indignado, informal, informativo, ingenioso, íntimo, iracundo, irónico, jocoso, melancólico, misterioso, moralista/moralizante, nostálgico, de odio, parco, paródico, periodístico, persuasivo, pesimista, ponderado, pornográfico, positivo, realista, religioso, respetuoso, reverente, romántico, sarcástico, satírico, seco, sensual, serio, solemne, sombrío, taciturno, terrorífico, tétrico, trágico, tranquilo, triste…

Ejemplo de tono en la novela 1: EL OTOÑO DEL PATRIARCA, de Gabriel García Márquez


Ejemplo de tono épico:


EL OTOÑO DEL PATRIARCA

De Gabriel García Márquez



Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponían, pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran arduamente visibles en la luz decrépita. A lo largo del primer patio, cuyas baldosas habían cedido a la presión subterránea de la maleza, vimos el retén en desorden de la guardia fugitiva, las armas abandonadas en los armarios, el largo mesón de tablones bastos con los platos de sobras del almuerzo dominical interrumpido por el pánico, vimos el galpón en penumbra donde estuvieron las oficinas civiles, los hongos de colores y los lirios pálidos entre los memoriales sin resolver cuyo curso ordinario había sido más lento que las vidas más áridas, vimos en el centro del patio la alberca bautismal donde fueron cristianizadas con sacramentos marciales más de cinco generaciones, vimos en el fondo la antigua caballeriza de los virreyes transformada en cochera, y vimos entre las camelias y las mariposas la berlina de los tiempos del ruido, el furgón de la peste, la carroza del año del cometa, el coche fúnebre del progreso dentro del orden, la limusina sonámbula del primer siglo de paz, todos en buen estado bajo la telaraña polvorienta y todos pintados con los colores de la bandera. En el patio siguiente, detrás de una verja de hierro, estaban los rosales nevados de polvo lunar a cuya sombra dormían los leprosos en los tiempos grandes de la casa, y habían proliferado tanto en el abandono que apenas si quedaba un resquicio sin olor en aquel aire de rosas revuelto con la pestilencia que nos llegaba del fondo del jardín y el tufo de gallinero y la hedentina de boñigas y fermentos de orines de vacas y soldados de la basílica colonial convertida en establo de ordeño. Abriéndonos paso a través del matorral asfixiante vimos la galería de arcadas con tiestos de claveles y frondas de astromelias y trinitarias donde estuvieron las barracas de las concubinas, y por la variedad de los residuos domésticos y la cantidad de las máquinas de coser nos pareció posible que allí hubieran vivido más de mil mujeres con sus recuas de sietemesinos, vimos el desorden de guerra de las cocinas, la ropa podrida al sol en las albercas de lavar, la sentina abierta del cagadero común de concubinas y soldados, y vimos en el fondo los sauces babilónicos que habían sido transportados vivos desde el Asia Menor en gigantescos invernaderos de mar, con su propio suelo, su savia y su llovizna, y al fondo de los sauces vimos la casa civil, inmensa y triste, por cuyas celosías desportilladas seguían metiéndose los gallinazos. No tuvimos que forzar la entrada, como habíamos pensado, pues la puerta central pareció abrirse al solo impulso de la voz, de modo que subimos a la planta principal por una escalera de piedra viva cuyas alfombras de ópera habían sido trituradas por las pezuñas de las vacas, y desde el primer vestíbulo hasta los dormitorios privados vimos las oficinas y las salas oficiales en ruinas por donde andaban las vacas impávidas comiéndose las cortinas de terciopelo y mordisqueando el raso de los sillones, vimos cuadros heroicos de santos y militares tirados por el suelo entre muebles rotos y plastas recientes de boñiga de vaca, vimos un comedor comido por las vacas, la sala de música profanada por estropicios de vacas, las mesitas de dominó destruidas y las praderas de las mesas de billar esquilmadas por las vacas, vimos abandonada en un rincón la máquina del viento, la que falsificaba cualquier fenómeno de los cuatro cuadrantes de la rosa náutica para que la gente de la casa soportara la nostalgia del mar que se fue, vimos jaulas de pájaros colgadas por todas partes y todavía cubiertas con los trapos de dormir de alguna noche de la semana anterior, y vimos por las ventanas numerosas el extenso animal dormido de la ciudad todavía inocente del lunes histórico que empezaba a vivir, y más allá de la ciudad, hasta el horizonte, vimos los cráteres muertos de ásperas cenizas de luna de la llanura sin término donde había estado el mar. En aquel recinto prohibido que muy pocas gentes de privilegio habían logrado conocer, sentimos por primera vez el olor de carnaza de los gallinazos, percibimos su asma milenaria, su instinto premonitorio, y guiándonos por el viento de putrefacción de sus aletazos encontramos en la sala de audiencias los cascarones agusanados de las vacas, sus cuartos traseros de animal femenino varias veces repetidos en los espejos de cuerpo entero, y entonces empujamos una puerta lateral que daba a una oficina disimulada en el muro, y allí lo vimos a él, con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro en el talón izquierdo, más viejo que todos los hombres y todos los animales viejos de la tierra y del agua, y estaba tirado en el suelo, bocabajo, con el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada, como había dormido noche tras noche durante todas las noches de su larguísima vida de déspota solitario.

Sólo cuando lo volteamos para verle la cara comprendimos que era imposible reconocerlo aunque no hubiera estado carcomido de gallinazos, porque ninguno de nosotros lo había visto nunca, y aunque su perfil estaba en ambos lados de las monedas, en las estampillas de correo, en las etiquetas de los depurativos, en los bragueros y los escapularios, y aunque su litografía enmarcada con la bandera en el pecho y el dragón de la patria estaba expuesta a todas horas en todas partes, sabíamos que eran copias de copias de retratos que ya se consideraban infieles en los tiempos del cometa, cuando nuestros propios padres sabían quién era él porque se lo habían oído contar a los suyos, como éstos a los suyos, y desde niños nos acostumbraron a creer que él estaba vivo en la casa del poder porque alguien había visto encenderse los globos de luz una noche de fiesta, alguien había contado que vi los ojos tristes, los labios pálidos, la mano pensativa que iba diciendo adioses de nadie a través de los ornamentos de misa del coche presidencial, porque un domingo de hacía muchos años se habían llevado al ciego callejero que por cinco centavos recitaba los versos del olvidado poeta Rubén Darío y había vuelto feliz con una morrocota legítima con que le pagaron un recital que había hecho sólo para él, aunque no lo había visto, por supuesto, no porque fuera ciego sino porque ningún mortal lo había visto desde los tiempos del vómito negro, y sin embargo sabíamos que él estaba ahí, lo sabíamos porque el mundo seguía, la vida seguía, el correo llegaba, la banda municipal tocaba la retreta de valses bobos de los sábados bajo las palmeras polvorientas y los faroles mustios de la Plaza de Armas, y otros músicos viejos reemplazaban en la banda a los músicos muertos. En los últimos años, cuando no se volvieron a oír ruidos humanos ni cantos de pájaros en el interior y se cerraron para siempre los portones blindados, sabíamos que había alguien en la casa civil porque de noche se veían luces que parecían de navegación a través de las ventanas del lado del mar, y quienes se atrevieron a acercarse oyeron desastres de pezuñas y suspiros de animal grande detrás de las paredes fortificadas, y una tarde de enero habíamos visto una vaca contemplando el crepúsculo desde el balcón presidencial, imagínese, una vaca en el balcón de la patria, qué cosa más inicua, qué país de mierda, pero se hicieron tantas conjeturas de cómo era posible que una vaca llegara hasta un balcón si todo el mundo sabía que las vacas no se trepaban por las escaleras, y menos si eran de piedra, y mucho menos si estaban alfombradas, que al final no supimos si en realidad la vimos o si era que pasamos una tarde por la Plaza de Armas y habíamos soñado caminando que habíamos visto una vaca en un balcón presidencial donde nada se había visto ni había de verse otra vez en muchos años hasta el amanecer del último viernes cuando empezaron a llegar los primeros gallinazos que se alzaron de donde estaban siempre adormilados en la cornisa del hospital de pobres, vinieron más de tierra adentro, vinieron en oleadas sucesivas desde el horizonte del mar de polvo donde estuvo el mar, volaron todo un día en círculos lentos sobre la casa del poder hasta que un rey con plumas de novia y golilla encarnada impartió una orden silenciosa y empezó aquel estropicio de vidrios, aquel viento de muerto grande, aquel entrar y salir de gallinazos por las ventanas como sólo era concebible en una casa sin autoridad, de modo que también nosotros nos atrevimos a entrar y encontramos en el santuario desierto los escombros de la grandeza, el cuerpo picoteado, las manos lisas de doncella con el anillo del poder en el hueso anular, y tenía todo el cuerpo retoñado de liqúenes minúsculos y animales parasitarios de fondo de mar, sobre todo en las axilas y en las ingles, y tenía el braguero de lona en el testículo herniado que era lo único que habían eludido los gallinazos a pesar de ser tan grande como un riñón de buey, pero ni siquiera entonces nos atrevimos a creer en su muerte porque era la segunda vez que lo encontraban en aquella oficina, solo y vestido, y muerto al parecer de muerte natural durante el sueño, como estaba anunciado desde hacía muchos años en las aguas premonitorias de los lebrillos de las pitonisas. La primera vez que lo encontraron, en el principio de su otoño, la nación estaba todavía bastante viva como para que él se sintiera amenazado de muerte hasta en la soledad de su dormitorio, y sin embargo gobernaba como si se supiera predestinado a no morirse jamás, pues aquello no parecía entonces una casa presidencial sino un mercado donde había que abrirse paso por entre ordenanzas descalzos que descargaban burros de hortalizas y huacales de gallinas en los corredores, saltando por encima de comadres con ahijados famélicos que dormían apelotonadas en las escaleras para esperar el milagro de la caridad oficial, había que eludir las corrientes de agua sucia de las concubinas deslenguadas que cambiaban por flores nuevas las flores nocturnas de los floreros y trapeaban los pisos y cantaban canciones de amores ilusorios al compás de las ramas secas con que venteaban las alfombras en los balcones, y todo aquello entre el escándalo de los funcionarios vitalicios que encontraban gallinas poniendo en las gavetas de los escritorios, y tráficos de putas y soldados en los retretes, y alborotos de pájaros, y peleas de perros callejeros en medio de las audiencias, porque nadie sabía quién era quién ni de parte de quién en aquel palacio de puertas abiertas dentro de cuyo desorden descomunal era imposible establecer dónde estaba el gobierno. El hombre de la casa no sólo participaba de aquel desastre de feria sino que él mismo lo promovía y comandaba, pues tan pronto como se encendían las luces de su dormitorio, antes de que empezaran a cantar los gallos, la diana de la guardia presidencial mandaba el aviso del nuevo día al cercano cuartel del Conde, y éste lo repetía para la base de San Jerónimo, y ésta para la fortaleza del puerto, y ésta volvía a repetirlo para las seis dianas sucesivas que despertaban primero a la ciudad y luego a todo el país, mientras él meditaba en el excusado portátil tratando de apagar con las manos el zumbido de sus oídos, que entonces empezaba a manifestarse, y viendo pasar la luz de los buques por el voluble mar de topacio que en aquellos tiempos de gloria estaba todavía frente a su ventana. Todos los días, desde que tomó posesión de la casa, había vigilado el ordeño en los establos para medir con su mano la cantidad de leche que habían de llevar las tres carretas presidenciales a los cuarteles de la ciudad, tomaba en la cocina un tazón de café negro con cazabe sin saber muy bien para dónde lo arrastraban las ventoleras de la nueva jornada, atento siempre al cotorreo de la servidumbre que era la gente de la casa con quien hablaba el mismo lenguaje, cuyos halagos serios estimaba más y cuyos corazones descifraba mejor, y un poco antes de las nueve tomaba un baño lento de aguas de hojas hervidas en la alberca de granito construida a la sombra de los almendros de su patio privado, y sólo después de las once conseguía sobreponerse a la zozobra del amanecer y se enfrentaba a los azares de la realidad. Antes, durante la ocupación de los infantes de marina, se encerraba en la oficina para decidir el destino de la patria con el comandante de las tropas de desembarco y firmaba toda clase de leyes y mandatos con la huella del pulgar, pues entonces no sabía leer ni escribir, pero cuando lo dejaron solo otra vez con su patria y su poder no volvió a emponzoñarse la sangre con la conduerma de la ley escrita sino que gobernaba de viva voz y de cuerpo presente a toda hora y en todas partes con una parsimonia rupestre pero también con una diligencia inconcebible a su edad, asediado por una muchedumbre de leprosos, ciegos y paralíticos que suplicaban de sus manos la sal de la salud, y políticos de letras y aduladores impávidos que lo proclamaban corregidor de los terremotos, los eclipses, los años bisiestos y otros errores de Dios, arrastrando por toda la casa sus grandes patas de elefante en la nieve mientras resolvía problemas de estado y asuntos domésticos con la misma simplicidad con que ordenaba que me quiten esta puerta de aquí y me la pongan allá, la quitaban, que me la vuelvan a poner, la ponían, que el reloj de la torre no diera las doce a las doce sino a las dos para que la vida pareciera más larga, se cumplía, sin un instante de vacilación, sin una pausa, salvo a la hora mortal de la siesta en que se refugiaba en la penumbra de las concubinas, elegía una por asalto, sin desvestirla ni desvestirse, sin cerrar la puerta, y en el ámbito de la casa se escuchaba entonces su resuello sin alma de marido urgente, el retintín anhelante de la espuela de oro, su llantito de perro, el espanto de la mujer que malgastaba su tiempo de amor tratando de quitarse de encima la mirada escuálida de los sietemesinos, sus gritos de lárguense de aquí, váyanse a jugar en el patio que esto no lo pueden ver los niños, y era como si un ángel atravesara el cielo de la patria, se apagaban las voces, se paró la vida, todo el mundo quedó petrificado con el índice en los labios, sin respirar, silencio, el general está tirando, pero quienes mejor lo conocieron no confiaban ni siquiera en la tregua de aquel instante sagrado, pues siempre parecía que se desdoblaba, que lo vieron jugando dominó a las siete de la noche y al mismo tiempo lo habían visto prendiendo fuego a las bostas de vaca para ahuyentar los mosquitos en la sala de audiencias, ni nadie se alimentaba de ilusiones mientras no se apagaban las luces de las últimas ventanas y se escuchaba el ruido de estrépito de las tres aldabas, los tres cerrojos, los tres pestillos del dormitorio presidencial, y se oía el golpe del cuerpo al derrumbarse de cansancio en el suelo de piedra, y la respiración de niño decrépito que se iba haciendo más profunda a medida que montaba la marea, hasta que las arpas nocturnas del viento acallaban las chicharras de sus tímpanos y un ancho maretazo de espuma arrasaba las calles de la rancia ciudad de los virreyes y los bucaneros e irrumpía en la casa civil por todas las ventanas como un tremendo sábado de agosto que hacía crecer percebes en los espejos y dejaba la sala de audiencias a merced de los delirios de los tiburones y rebasaba los niveles más altos de los océanos prehistóricos, y desbordaba la faz de la tierra, y el espacio y el tiempo, y sólo quedaba él solo flotando bocabajo en el agua lunar de sus sueños de ahogado solitario, con su uniforme de lienzo de soldado raso, sus polainas, su espuela de oro, y el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada. Aquel estar simultáneo en todas partes durante los años pedregosos que precedieron a su primera muerte, aquel subir mientras bajaba, aquel extasiarse en el mar mientras agonizaba de malos amores no eran un privilegio de su naturaleza, como lo proclamaban sus aduladores, ni una alucinación multitudinaria, como decían sus críticos, sino que era la suerte de contar con los servicios íntegros y la lealtad de perro de Patricio Aragonés, su doble perfecto, que había sido encontrado sin que nadie lo buscara cuando le vinieron con la novedad mi general de que una falsa carroza presidencial andaba por pueblos de indios haciendo un próspero negocio de suplantación, que habían visto los ojos taciturnos en la penumbra mortuoria, que habían visto los labios pálidos, la mano de novia sensitiva con un guante de raso que iba echando puñados de sal a los enfermos arrodillados en la calle, y que detrás de la carroza iban dos falsos oficiales de a caballo cobrando en moneda dura el favor de la salud, imagínese mi general, qué sacrilegio, pero él no dio ninguna orden contra el suplantador sino que había pedido que lo llevaran en secreto a la casa presidencial con la cabeza metida en un talego de fique para que no fueran a confundirlo, y entonces padeció la humillación de verse a sí mismo en semejante estado de igualdad, carajo, si este hombre soy yo, dijo, porque era en realidad como si lo fuera, salvo por la autoridad de la voz, que el otro no logró imitar nunca, y por la nitidez de las líneas de la mano en donde el arco de la vida se prolongaba sin tropiezos en torno a la base del pulgar, y si no lo hizo fusilar en el acto no fue por el interés de mantenerlo como suplantador oficial, pues esto se le ocurrió más tarde, sino porque lo inquietó la ilusión de que las cifras de su propio destino estuvieran escritas en la mano del impostor.

Ejemplo de tono en la novela 2: SEDA, de Alessandro Baricco

Ejemplo de tono seco:

SEDA, de Alessandro Baricco


I.

AUNQUE su padre hubiera imaginado para él un brillante porvenir en el ejercito, Hervé Joncour había terminado por ganarse la vida con un oficio insólito, al cual no le era extraña, por singular ironía, una característica tan amable que traicionaba una vaga entonación femenina.

Para vivir; Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda.

Corría el año de 1861. Flaubert estaba escribiendo Salambó, la iluminación eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra de la cual no vería el fin.

Hervé Joncour tenía 32 años.

Compraba y vendía.

Gusanos de seda.

 

2.

PARA SER EXACTOS, Hervé Joncour compraba y vendía los gusanos cuando su existencia de gusano consistía en ser huevos minúsculos, de color gris o amarillo, inmóviles y aparentemente muertos. Bastaba la palma de una mano para tener millares. "Lo que se dice tener una fortuna en la mano.”

A principios de mayo los huevos se rompían, liberando una larva que, después de 30 días de febril alimentación a base de hojas de morera, procedía a encerrarse nuevamente en un capullo, para luego salir definitivamente dos semanas más tarde, dejando tras de sí un patrimonio que en seda hacía mil metros de hilo crudo y en dinero una bonita cantidad de francos franceses: suponiendo, claro está, que todo esto acaeciera en el respeto de las reglas y, como en el caso de Hervé Joncour, en alguna región de la Francia meridional.

Lavilledieu era el nombre del lugar en el cual vivía Hervé Joncour.

Hélene el de su mujer.

No tenían hijos.

 

3.

PARA EVITAR los daños de las epidemias que cada vez con mayor frecuencia afligían los cultivos europeos, Hervé Joncour llegaba incluso a cruzar el Mediterráneo para adquirir los huevos de gusano en Siria y Egipto. En eso consistía la característica más exquisitamente aventurera de su trabajo. Cada año, a principios de enero, partía.

Atravesaba mil seiscientas millas de mar y ochocientos kilómetros de tierra. Escogía los huevos, discutía el precio, los compraba. Después se volvía, atravesaba ochocientos kilómetros de tierra y mil seiscientas millas de mar y entraba de nuevo en Lavilledieu, de ordinario el primer domingo de abril, de ordinario a tiempo para la Misa Mayor.

Trabajaba todavía dos semanas más para poner a punto los huevos y venderlos.

El resto del año, descansaba.

 

4.

-¿CÓMO ES África? -le preguntaban.

-Cansa.

Tenía una gran casa en las afueras del pueblo y un pequeño laboratorio en el centro, justo enfrente de la casa abandonada de Jean Berbeck.

Jean Berbeck había decidido un día que no hablaría nunca más. Mantuvo la promesa. La mujer y las dos hijas lo abandonaron. Él murió. Nadie quiso su casa; así, ahora era una casa abandonada.

Comprando y vendiendo gusanos de seda, Hervé Joncour ganaba cada año una cifra suficiente para asegurarse a sí y a su mujer esas comodidades que en provincia tienden a considerarse como un lujo. Gozaba con discreción de sus haberes y la perspectiva, verosímil, de llegar a ser realmente rico lo dejaba del todo indiferente. Era, por otra parte, uno de esos hombres a los que les gusta asistir su propia vida, considerando impropia cualquier ambición de vivirla.

 Se habrá notado que ellos observan su propio destino del modo en que la mayoría suele observar un día de lluvia.

 

5.

SI SE LO HUBIERAN preguntado, Hervé Joncour habría respondido que su vida continuaría así para siempre. Al inicio de los años sesenta, sin embargo, la epidemia de pebrina que había destruido los huevos de los cultivos europeos se difundió al otro lado del mar, alcanzando África y, según algunos, incluso la India. Hervé Joncour volvió de su habitual viaje, en 1861, con una carga de huevos que se reveló, dos meses después, casi totalmente infectada. Para Lavilledieu, como para tantas otras ciudades que fundaban su riqueza en la producción de seda, aquel año pareció representar el comienzo del fin. La ciencia se mostraba incapaz de comprender las causas de las epidemias, y todo el mundo, hasta en las regiones más lejanas, parecía prisionero del aquel sortilegio sin explicación.

-Casi todo el mundo -dijo despacio Baldabiou-. Casi -agregando dos dedos de

agua a su Pernod.

Ejemplo de tono en la novela 3: La flaqueza del bolchevique, de Lorenzo Silva

Ejemplo de tono enfadado:

LA FLAQUEZA DEL BOLCHEVIQUE, de Lorenzo Silva

Era lunes y, como todos los lunes, el alma me pesaba ahí mismo, abajo del saquito de los cojones. Una tarde pensé que el alma era una tercera bola que llevaba ahí colgando y que me servía tan poco como me servían las otras dos. Desde entonces, cuando es lunes y el alma me pesa, cuando es otro día y el alma me pesa, hasta cuando no sé qué día es y el alma me pesa, siento ese bulto y esa carga abajo del todo, peleando con la tela elástica del slip.          
Yo no fui siempre un tipo con el alma entre los cojones. Durante bastantes años ni siquiera decía palabrotas, y hasta utilicé durante otros muchos un vocabulario abundante y selecto. Ahora he decidido que la vida no merece arriba de quinientas palabras y que las más a propósito son palabrotas, pero no es que nunca haya pasado de aquí, sino que he llegado aquí. Muchos capullos se atascan donde yo estoy ahora al poco de nacer y se quedan aquí para siempre. Yo he venido hasta aquí pasando por otros sitios antes, y algunos de ellos olían bastante mejor, aunque nunca duró demasiado. Puede parecer que más habría valido ser desde el principio uno de esos capullos que no ven mundo ni conocen otros sitios que huelen mejor. Y a mí me lo parece. Si toda mi vida hubiera sido un capullo ahora estaría contento, y no acordándome de que aquel día era lunes y el alma me pesaba encima del slip.
El lunes del que me acuerdo empezaba con la misma mierda de todos los lunes. En la radio había cinco gilipollas que hablaban de lo que habían dicho otros cinco gilipollas para que al día siguiente cinco gilipollas más (algunos de ellos los mismos del día de antes) hablaran de lo que estos cinco gilipollas habían dicho y así hasta el infinito, que es un batiburrillo de bandas de a cinco gilipollas. Como mi resistencia a las chorradas ha ido bajando con el tiempo, puse una cinta y resultó ser una de aquellas en las que hace años tenía grabado a ese pelma de Bach. Aunque he borrado todas, grabando encima otra música más apropiada, a veces salen trozos de sus apestosas Cantatas que siempre tratan de lo mismo y suenan igual. Adelanté un poco la cinta y arrancó Breaking the Law, de Judas Priest. Lo dejé ahí, y no porque me gusten los individuos de Judas, que creo que son un hatajo de macarras que en su vida han tenido un par de ocurrencias, sino porque armaban mucho ruido y eso me impedía pensar. Ante todo, buscaba librarme de lo que hacía que me pesara el alma y que era lo mismo de siempre: es lunes (un puto lunes), temprano (la puta de temprano), estoy en el coche (el puto coche), en un atasco (puto atasco), sin saber si pasar por encima o por debajo del cinturón de seguridad la corbata (el puto cinturón, la puta corbata); voy camino del trabajo, donde pudriendo los días me dan a cambio dinero para comprar de comer y pagar el apartamento y el coche y la corbata y la radio y los compactos de donde grabo las cintas de Judas (puto trabajo, putos días, puto dinero, puta comida, puto apartamento, etc.); y ahora va el guardia y como siempre corta en Cibeles para que circulen los que bajan por Alcalá y nos jodamos los que venimos por el Prado (el puto guardia).
De lo que venía pensando es fácil acordarme, porque lo hago mucho y me lo he aprendido de memoria. Del guardia también, porque todas las mañanas hace lo mismo. De Bach y de Judas, y aquí es donde empieza el asunto, me acuerdo porque fue al encontrar Breaking the Law cuando el coche que rodaba delante de mí frenó en seco y yo, que iba distraído con el radiocasete, me lo comí a unos veintidós por hora, que no es mucho para recorrer los diecisiete kilómetros que recorro cada mañana, pero sí bastante para romper un coche contra otro.
En ese momento el infierno se me echó encima, y el infierno era, por este orden: una zorra con trajecito chanel que se me baja del coche de delante y me empieza a llamar hijo de puta y maricón y yo qué sé cuántas cosas más que no le iban nada con la blusa; el mamón del guardia que abre mucho los ojos y sin sacarse el pito de la boca se viene hacia el lugar del siniestro con ganas de marcha; los de detrás que se ponen a darle al claxon a ver si consigo volverme loco de una vez; el cinturón que no obedece a mis intentos de separármelo del pecho para desabrocharlo porque debo de estar tirando un poco más de lo que el fabricante opina que se debe tirar; los de Judas que parecen empeñados en cargarse la batería, el bajo y todas sus guitarras.
Cuando por fin conseguí librarme del cinturón y salir del coche, la zorra del trajecito chanel y el guardia ya se habían aliado manifiestamente. El guardia me escupió apenas asomé el morro:
–Antes de nada retire el coche. ¿No ve que está estorbando?
–Ayudaría si lo quita primero ella -contesté sin ninguna astucia-. Me he empotrado en su culo.
–¿No le oye al muy cabrón? -trinó la mujer-. Te habrás empotrado en el culo de tu puta madre.
–Bueno, vale. Pero si usted no mueve el coche yo tampoco puedo moverlo y el guardia no va a poder despejar el tráfico, que es lo que a él le importa.
–Señora -terció el guardia-, haga el favor y a ver si podemos arreglar esto lo antes posible.

La mujer lo movió, yo lo moví y mientras tanto el guardia desviaba a los malnacidos que pasaban riéndose de la hostia que acababa de darme.

martes, 10 de junio de 2025

10ª HOW TO BE AN OTHER WOMAN

HOW TO BE AN OTHER WOMAN


Meet in expensive beige raincoats, on a pea-soupy night. Like a detective movie. First, stand in front of Florsheim’s Fifty-seventh Street window, press your face close to the glass, watch the fake velvet Hummels inside revolving around the wing tips; some white

shoes, like your father wears, are propped up with garlands on a small mound of chemical snow. All the stores have closed. You can see your breath on the glass. Draw a peace sign. You are waiting for a bus.

He emerges from nowhere, looks like Robert Culp, the fog rolling, then parting, then sort of closing up again behind him. He asks you for a light and you jump a bit, startled, but you give him your “Lucky’s Lounge—Where Leisure Is a Suit” matches. He has a nice chuckle, nice fingernails. He lights the cigarette, cupping his hands around the end, and drags deeply, like a starving man. He smiles as he exhales, returns you the matches, looks at your face, says: “Thanks.”

He then stands not far from you, waiting. Perhaps for the same bus. The two of you glance furtively at each other, shifting feet. Pretend to contemplate the chemical snow.

You are two spies glancing quickly at watches, necks disappearing in the hunch of your shoulders, collars upturned and slowly razoring the cab and store-lit fog like sharkfins.

You begin to circle, gauging each other in primordial sniffs, eyeing, sidling, keen as Basil Rathbone.

A bus arrives. It is crowded, everyone looking laughlessly into one another’s underarms. A blonde woman in barrettes steps off, holding her shoes in one hand.

You climb on together, grab adjacent chrome posts, and when the bus hisses and

rumbles forward, you take out a book. A minute goes by and he asks what you’re reading. It is Madame Bovary in a Doris Day biography jacket. Try to explain about binding warpage. He smiles, interested.

Return to your book. Emma is opening her window, thinking of Rouen.

“What weather,” you hear him sigh, faintly British or uppercrust Delaware.

Glance up. Say: “It is fit for neither beast nor vegetable.”

It sounds dumb. It makes no sense.

But it is how you meet.

At the movies he is tender, caressing your hand beneath the seat.

At concerts he is sweet and attentive, buying cocktails, locating the ladies’ lounge

when you can’t find it.

At museums he is wise and loving, leading you slowly through the Etruscan cinerary urns with affectionate gestures and an art history minor from Columbia. He is kind; he laughs at your jokes.

After four movies, three concerts, and two-and-a-half museums, you sleep with him. It seems the right number of cultural events. On the stereo you play your favorite harp and oboe music. He tells you his wife’s name. It is Patricia. She is an intellectual property lawyer. He tells you he likes you a lot. You lie on your stomach, naked and still

too warm. When he says, “How do you feel about that?” don’t say “Ridiculous” or “Get

the hell out of my apartment.” Prop your head up with one hand and say: “It depends.

What is intellectual property law?”

He grins. “Oh, you know. Where leisure is a suit.”

Give him a tight, wiry little smile.

“I just don’t want you to feel uncomfortable about this,” he says.

Say: “Hey. I am a very cool person. I am tough.” Show him your bicep.

When you were six you thought mistress meant to put your shoes on the wrong feet.

Now you are older and know it can mean many things, but essentially it means to put your shoes on the wrong feet.

You walk differently. In store windows you don’t recognize yourself; you are another woman, some crazy interior display lady in glasses stumbling frantic and preoccupied through the mannequins. In public restrooms you sit dangerously flat against the toilet seat, a strange flesh sundae of despair and exhilaration, murmuring into your bluing thighs: “Hello, I’m Charlene. I’m a mistress.”

It is like having a book out from the library.

It is like constantly having a book out from the library.

You meet frequently for dinner, after work, split whole liters of the house red, then wamble the two blocks east, twenty blocks south to your apartment and lie sprawled on the living room floor with your expensive beige raincoats still on.

He is a systems analyst—you have already exhausted this joke—but what he really

wants to be, he reveals to you, is an actor.

“Well, how did you become a systems analyst?” you ask, funny you.

“The same way anyone becomes anything,” he muses. “I took courses and sent out resumes.” Pause. “Patricia helped me work up a great resume. Too great.”

“Oh.” Wonder about mistress courses, certification, resumes. Perhaps you are not

really qualified.

“But I’m not good at systems work,” he says, staring through and beyond, way beyond, the cracked ceiling. “Figuring out the cost-effectiveness of two hundred people shuffling five hundred pages back and forth across a new four-and-a-half-by-three-foot desk. I’m not an organized person, like Patricia, for instance. She’s just incredibly organized. She makes lists for everything. It’s pretty impressive.”

Say flatly, dully: “What?”

“That she makes lists.”

“That she makes lists? You like that?”

“Well, yes. You know, what she’s going to do, what she has to buy, names of clients she has to see, et cetera.”

“Lists?” you murmur hopelessly, listlessly, your expensive beige raincoat still on.

There is a long, tired silence. Lists? You stand up, brush off your coat, ask him what he would like to drink, then stump off to the kitchen without waiting for the answer.

At one-thirty, he gets up noiselessly except for the soft rustle of his dressing. He leaves before you have even quite fallen asleep, but before he does, he bends over you in his expensive beige raincoat and kisses the ends of your hair. Ah, he kisses your hair.


CLIENTS TO SEE

Birthday snapshots

Scotch tape

Letters to TD and Mom


Technically, you are still a secretary for Karma-Kola, but you wear your Phi Beta Kappa key around your neck on a cheap gold chain, hoping someone will spot you for a promotion. Unfortunately, you have lost the respect of all but one of your co-workers and many of your superiors as well, who are working in order to send their daughters to universities so they won’t have to be secretaries, and who, therefore, hold you in contempt for having a degree and being a failure anyway. It is like having a degree in failure. Hilda, however, likes you. You are young and remind her of her sister, the professional skater.

“But I hate to skate,” you say.

And Hilda smiles, nodding. “Yup, that’s exactly what my sister says sometimes and in that same way.”

“What way?”

“Oh, I don’t know,” says Hilda. “Your bangs parted on the side or something.”

Ask Hilda if she will go to lunch with you. Over Reuben sandwiches ask her if she’s ever had an affair with a married man. As she attempts, mid-bite, to complete the choreography of her chomp, Russian dressing spurts out onto her hands.

“Once,” she says. “That was the last lover I had. That was over two years ago.”

Say: “Oh my god,” as if it were horrible and tragic, then try to mitigate that rudeness by clearing your throat and saying, “Well, actually, I guess that’s not so bad.”

“No,” she sighs good-naturedly. “His wife had Hodgkin’s disease, or so everyone

thought. When they came up with the correct diagnosis, something that wasn’t nearly so

awful, he went back to her. Does that make sense to you?”

“I suppose,” say doubtfully.

“Yeah, maybe you’re right.” Hilda is still cleaning Reuben off the backs of her hands with a napkin. “At any rate, who are you involved with?”

“Someone who has a wife that makes lists. She has Listmaker’s disease.”

“What are you going to do?”

“I don’t know.”

“Yeah,” says Hilda. “That’s typical.”


CLIENTS TO SEE

Tomatoes, canned

Health food toothpaste

Health food deodorant

Vit. C on sale, Rexall


Check re: other shoemaker, 32nd St.

“Patricia’s really had quite an interesting life,” he says, smoking a cigarette.

“Oh, really?” you say, stabbing one out in the ashtray.

Make a list of all the lovers you’ve ever had.

Warren Lasher

Ed “Rubberhead” Catapano

Charles Deats or Keats

Alfonse


Tuck it in your pocket. Leave it lying around, conspicuously. Somehow you lose it. Make

“mislaid” jokes to yourself. Make another list.

Whisper, “Don’t go yet,” as he glides out of your bed before sunrise and you lie there on your back cooling, naked between the sheets and smelling of musky, oniony sweat.

Feel gray, like an abandoned locker room towel. Watch him as he again pulls on his pants, his sweater, his socks and shoes. Reach out and hold his thigh as he leans over

and kisses you quickly, telling you not to get up, that he’ll lock the door when he leaves.

In the smoky darkness, you see him smile weakly, guiltily, and attempt a false, jaunty wave from the doorway. Turn on your side, toward the wall, so you don’t have to watch

the door close. You hear it thud nonetheless, the jangle of keys and snap of the bolt lock,

the footsteps loud, then fading down the staircase, the clunk of the street door, then nothing, all his sounds blending with the city, his face passing namelessly uptown in a bus or a badly heated cab, the room, the whole building you live in, shuddering at the windows as a truck roars by toward the Queens-boro Bridge.

Wonder who you are.

“Hi, this is Attila,” he says in a false deep voice when you pick up your office phone.

Giggle. Like an idiot. Say: “Oh. Hi, Hun.”

Hilda turns to look at you with a what’s-with-you look on her face. Shrug your

shoulders.

“Can you meet me for lunch?”

Say: “Meet? I’m sorry, I don’t eat meat.”

“Cute, you’re cute,” he says, not laughing, and at lunch he gives you his tomatoes.

Drink two huge glasses of wine and smile at all his office and mother-in-law stories. It makes his eyes sparkle and crinkle at the corners, his face pleased and shining. When the waitress clears the plates away, there is a silence where the two of you look down then back up again.

“You get more beautiful every day,” he says to you, as you hold your wine glass over your nose, burgundy rushing down your throat. Put your glass down. Redden. Smile. Fiddle with your Phi Beta Kappa key.

When you get up to leave, take deep breaths. In front of the restaurant, where you

will stride off in different directions, don’t give him a kiss in the noontime throng.

Patricia’s office is nearby and she likes to go to the bank right around now; his  back will stiffen and his eyes dart around like a crazy person’s. Instead, do a quick shuffle-ballchain like you saw Barbra Streisand do in a movie once. Wave gigantically and say:

“Till we eat again.”

In your office building the elevator is slow and packed and you forget to get off at the tenth floor and have to ride all the way back down again from the nineteenth. Five

minutes after you arrive dizzily back at your desk, the phone rings.

“Meet me tomorrow at seven,” he says, “in front of Florsheim’s and I’ll carry you off to my castle. Patricia is going to a copyright convention.”

Wait freezing in front of Florsheim’s until seven-twenty. He finally dashes up, gasping apologies (he just now got back from the airport), his coat flying open, and he takes you in tow quickly uptown toward the art museums. He lives near art museums. Ask him what a copyright convention is.

“Where leisure is a suit and a suite,” he drawls, long and smiling, quickening his pace and yours. He kisses your temple, brushes hair off your face.

You arrive at his building in twenty minutes.

“So, this is it?” The castle doorman’s fly is undone. Smile politely. In the elevator, say:

“The unexamined fly is not worth zipping.”

The elevator has a peculiar rattle, for all eight floors, like someone obsessively

clearing her throat.

When he finally gets the apartment door unlocked, he shows you into an L-shaped

living room bursting with plants and gold-framed posters announcing exhibitions you are too late for by six years. The kitchen is off to one side—tiny, digital, spare, with a small army of chrome utensils hanging belligerent and clean as blades on the wall. Walk nervously around like a dog sniffing out the place. Peek into the bedroom: in the center, like a giant bloom, is a queen-sized bed with a Pennsylvania Dutch spread. A small photo of a woman in ski garb is propped on a nightstand. It frightens you.

Back in the living room, he mixes drinks with Scotch in them. “So, this is it,” you say again with a forced grin and an odd heaving in your rib cage. Light up one of his cigarettes.

“Can I take your coat?”

Be strange and awkward. Say: “I like beige. I think it is practical.”

“What’s wrong with you?” he says, handing you your drink.

Try to decide what you should do:

1. rip open the front of your coat, sending the buttons torpedoing across the room in a series of pops into the asparagus fern;

2. go into the bathroom and gargle with hot tap water;

3. go downstairs and wave down a cab for home.

He puts his mouth on your neck. Put your arms timidly around him. Whisper into his ear: “There’s a woman, uh, another woman in your room.”

When he is fast asleep upon you, in the middle of the night, send your left arm out

slowly toward the nightstand like a mechanical limb programmed for a secret

intelligence mission, and bring the ski garb picture back close to your face in the dark

and try to study the features over his shoulder. She seems to have a pretty smile, short

hair, no eyebrows, tough flaring nostrils, body indecipherably ensconced in nylon and

down and wool.

Slip carefully out, like a shoe horn, from beneath his sleeping body—he grunts

groggily—and go to the closet. Open it with a minimum of squeaking and stare at her

clothes. A few suits. Looks like beige blouses and a lot of brown things. Turn on the

closet light. Look at the shoes. They are all lined up in neat, married pairs on the closet

floor. Black pumps, blue sneakers, brown moccasins, brown T-straps. They have been to

an expensive college, say, in Massachusetts. Gaze into her shoes. Her feet are much

larger than yours. They are like small cruise missiles.

Inside the caves of those shoes, eyes form and open their lids, stare up at you, regard

you, wink at you from the insoles. They are half-friendly, conspiratorial, amused at this

reconnaissance of yours, like little smiling men from the open hatches of a fleet of

military submarines. Turn off the light and shut the door quickly, before they start

talking or dancing or something. Scurry back to the bed and hide your face in his

armpit.

In the morning he makes you breakfast. Something with eggs and mushrooms and hot

sauce.

Use his toothbrush. The red one. Gaze into the mirror at a face that looks too puffy to

be yours. Imagine using her toothbrush by mistake. Imagine a wife and a mistress

sharing the same toothbrush forever and ever, never knowing. Look into the medicine

cabinet:

Midol

dental floss

Tylenol

Merthiolate

package of eight emory boards

razors and cartridges

two squeezed in the middle toothpaste tubes: Crest and

Sensodyne

Band-Aids

hand lotion

rubbing alcohol

three small bars of Cashmere Bouquet stolen from a hotel

On the street, all over, you think you see her, the boring hotel-soap stealer. Every

woman is her. You smell Cashmere Bouquet all over the place. That’s her. Someone

waiting near you for the downtown express: yup, that’s her. A woman waiting behind

you in a deli near Marine Midland who has smooth, hand-lotioned hands and looks like

she skis: good god, what if that is her. Break out in cold sweats. Stare into every pair of

flared nostrils with clinical curiosity and unbridled terror. Scrutinize feet. Glance

sidelong at pumps. Then look quickly away, like a woman, some other woman, who is

losing her mind.

Alone on lunch hours or after work, continue to look every female over the age of

twelve straight in the nose and straight in the shoes. Feel your face aquiver and twice

bolt out of Bergdorfs irrationally when you are sure it is her at the skirt sale rack

choosing brown again, a Tylenol bottle peeking out from the corner of her purse. Sit on

a granite wall in the GM plaza and catch your breath. Listen to an old man singing

“Frosty the Snowman.” Lose track of time.

“You’re late,” Hilda turns and whispers at you. “Carlyle’s been back here twice

already asking where you were and if the market survey report has been typed up yet.”

Mutter: “Shit.” You are only on the T’s: Tennessee Karma-Kola consumption per

square dollar-mile of investment market. Figures for July 1980–October 1981.

Texas—Fiscal Year 1980

Texas—Fiscal Year 1981

Utah.

It is like typing a telephone directory. Get tears in your eyes.

CLIENTS TO SEE

1. Fallen in love(?) Out of control. Who is this? Who am I? And who is this wife with

the skis and the nostrils and the Tylenol and does she have orgasms?

2. Reclaim yourself. Pieces have fluttered away.

3. Everything you do is a masochistic act. Why?

4. Don’t you like yourself? Don’t you deserve better than all of this?

5. Need: something to lift you from your boots out into the sky, something to make

you like little things again, to whirl around the curves of your ears and muss up your

hair and call you every single day.

6. A drug.

7. A man.

8. A religion.

9. A good job. Revise and send out resumes.

10. Remember what Mrs. Kloosterman told the class in second grade: Just be glad you

have legs.

“What are you going to do for Christmas?” he says, lying supine on your couch.

“Oh. I don’t know. See my parents in New Jersey, I guess.” Pause. “Wanna come?

Meet my folks?”

A kind, fatherly, indulgent smile. “Charlene,” he purrs, sitting up to pat your hand,

your silly ridiculous little hand.

He gives you a pair of leather slippers. They were what you wanted.

You give him a book about cars.

“Ma, open the red one first. The other package goes with it.”

“A coffee grinder, why thank you, dear.” She kisses you wetly on the cheek, a

Christmas mist in her eyes. She thinks you’re wonderful. She’s truly your greatest fan.

She is aging and menopausal. She stubbornly thinks you’re an assistant department

head at Karma-Kola. She wants so badly, so earnestly, to be you.

“And this bag is some exotic Colombian bean, and this is a chocolate-flavored decaf.”

Your father fidgets in the corner, looking at his watch, worrying that your mom

should be checking the crown roast.

“Decaf bean,” he says. “That’s for me?”

Say: “Yeah, Dad. That’s for you.”

“Who is he?” says your mom, later, in the kitchen after you’ve washed the dishes.

“He’s a systems analyst.”

“What do they do?”

“Oh … they get married a lot. They’re usually always married.”

“Charlene, are you having an affair with a married man?”

“Ma, do you have to put it that way?”

“You are asking for big trouble,” she says, slowly, and resumes polishing silver with a

vehement energy.

Wonder why she always polishes the silver after meals.

Lean against the refrigerator and play with the magnets.

Say, softly, carefully: “I know, Mother, it’s not something you would do.”

She looks up at you, her mouth trembling, pieces of her brown-gray hair dangling in

her salty eyes, pink silverware cream caking onto her hands, onto her wedding ring. She

stops, puts a spoon down, looks away and then hopelessly back at you, like a very

young girl, and, shaking her head, bursts into tears.

“I missed you,” he practically shouts, ebullient and adolescent, pacing about the living

room with a sort of bounce, like a child who is up way past his bedtime and wants to

ask a question. “What did you do at home?” He rubs your neck.

“Oh, the usual holiday stuff with my parents. On New Year’s Eve I went to a disco in

Morristown with my cousin Denise, but I dressed wrong. I wore the turtleneck and plaid

skirt my mother gave me, because I wanted her to feel good, and my slip kept showing.”

He grins and kisses your cheek, thinking this sweet.

Continue: “There were three guys, all in purple shirts and paper hats, who kept

coming over and asking me to dance. I don’t think they were together or brothers or

anything. But I danced, and on ‘New York City Girl,’ that song about how jaded and

competent urban women are, I went crazy dancing and my slip dropped to the floor. I

tried to pick it up, but finally just had to step out of it and jam it in my purse. At the

stroke of midnight, I cried.”

“I’ll bet you suffered terribly,” he says, clasping you around the small of your back.

Say: “Yes, I did.”

“I’m thinking of telling Patricia about us.”

Be skeptical. Ask: “What will you say?”

He proceeds confidently: “I’ll go, ‘Dear, there’s something I have to tell you.’ ”

“And she’ll look over at you from her briefcase full of memoranda and say:

‘Hmmmmmm?’ ”

“And I’ll say, ‘Dear, I think I’m falling in love with another woman, and I know I’m

having sex with her.’ ”

“And she’ll say, ‘Oh my god, what did you say?’ ”

“And I’ll say: ‘Sex.’ ”

“And she’ll start weeping inconsolably and then what will you do?”

There is a silence, still as the moon. He shifts his legs, seems confused. “I’ll … tell her I

was just kidding.” He squeezes your hand.

Shave your legs in the bathroom sink. Philosophize: you are a mistress, part of a great

hysterical you mean historical tradition. Wives are like cockroaches. Also part of a great

historical tradition. They will survive you after a nuclear attack—they are tough and

hardy and travel in packs—but right now they’re not having any fun. And when you

look in the bathroom mirror, you spot them scurrying, up out of reach behind you.

An hour of gimlets after work, a quick browse through Barnes and Noble, and he looks

at his watch, gives you a peck, and says: “Good night. I’ll call you soon.”

Walk out with him. Stand there, shivering, but do not pout. Say: “Call you ‘later’

would sound better than ‘soon.’ ‘Soon’ always means just the opposite.”

He smiles feebly. “I’ll phone you in a few days.”

And when he is off, hurrying up Third Avenue, look down at your feet, kick at a dirty

cigarette butt, and in your best juvenile mumble, say: “Fuck you, jack.”

Some nights he says he’ll try to make it over, but there’s no guarantee. Those nights,

just in case, spend two hours showering, dressing, applying makeup unrecognizably,

like someone in drag, and then, as it is late, and you have to work the next day, climb

onto your bed like that, wearing perfume and an embarrassing, long, flowing, lacy

bathrobe that is really not a bathrobe at all, but a “hostess loungecoat.” With the glassed

candle by your bed lit and burning away, doze off and on, arranged with excruciating

care on top of the covers, the window lamp on in the living room, the door unlocked for

him in case he arrives in a passionate flurry, forgetting his key. Six blocks from

Fourteenth Street: you are risking your life for him, spread out like a ridiculous cake on

the bed, waiting with the door unlocked, thinking you hear him on the stairs, but no.

You should have a corsage, you think to yourself. You should have a goddamned orchid

pinned to the chest of your long flowing hostess coat, then you would be appropriately

absurd. Think: What has happened to me? Why am I lying like this on top of my covers

with too much Jontue and mascara and jewelry, pretending casually that this is how I

always go to bed, while a pervert with six new steak knives is about to sneak through

my unlocked door. Remember: at Blakely Falls High, Willis Holmes would have done

anything to be with you. You don’t have to put up with this: you were second runner-up

at the Junior Prom.

A truck roars by.

Some deaf and dumb kids, probably let out from a dance at the school nearby, are

gathered downstairs below your window, hooting and howling, making unearthly

sounds. You guess they are laughing and having fun, but they can’t hear themselves, and

at night the noises are scary, animal-like.

Your clock-radio reads 1:45.

Wonder if you are getting old, desperate. Believe that you have really turned into

another woman:

your maiden aunt Phyllis;

some vaporish cocktail waitress;

a glittery transvestite who has wandered, lost, up from the Village.

When seven consecutive days go by that you do not hear from him, send witty little

postcards to all your friends from college. On the eighth day, when finally he calls you

at the office, murmuring lascivious things in German, remain laconic. Say:

“Ja … nein … ja.”

At lunch regard your cream of cauliflower soup with a pinched mouth and ask what

on earth he and his wife do together. Sound irritated. He shrugs and says, “Dust, eat,

bicker about the shower curtain. Why do you ask?”

Say: “Gee, I don’t know. What an outrageous question, huh?”

He gives you a look of sympathy that could bring a dead cat back to life. “You’re

upset because I didn’t call you.” He reaches across the table to touch your fingers. Pull

your hand away. Say: “Don’t flatter yourself.” Look slightly off to one side. Put your

hand over your eyes like you have a headache. Say: “God, I’m sorry.”

“It’s okay,” he says.

And you think: Something is backward here. Reversed. Wrong. Like the something

that is wrong in “What is wrong with this picture?” in kids’ magazines in dentists’

offices. Toothaches. Stomachaches. God, the soup. Excuse yourself and hurry toward the

women’s room. Slam the stall door shut. Lean back against it. Stare into the throat of

the toilet.

Hilda is worried about you and wants to fix you up with a cousin of hers from

Brooklyn.

Ask wearily: “What’s his name?”

She looks at you, frowning. “Mark. He’s a banker. And what the hell kind of attitude

is that?”

Mark orders you a beer in a Greek coffee shop near the movie theater.

“So, you’re a secretary.”

Squirm and quip: “More like a sedentary,” and look at him in surprise and horror

when he guffaws and snorts way too loudly.

Say: “Actually, what I really should have been is a dancer. Everybody has always said

that.”

Mark smiles. He likes the idea of you being a dancer.

Look at him coldly. Say: “No, nobody has ever said that. I just made it up.”

All through the movie you forget to read the subtitles, thinking instead about whether

you should sleep with Mark the banker. Glance at him out of the corner of your eye. In

the dark, his profile seems important and mysterious. Sort of. He catches you looking at

him and turns and winks at you. Good god. He seems to be investing something in all of

this. Bankers. Sigh. Stare straight ahead. Decide you just don’t have the energy, the

interest.

“I saw somebody else.”

“Oh?”

“A banker. We went to a Godard movie.”

“Well … good.”

“Good?”

“I mean for you, Charlene. You should be doing things like that once in a while.”

“Yeah. He’s real rich.”

“Did you have fun?”

“No.”

“Did you sleep with him?”

“No.”

He kisses you, almost gratefully, on the ear. Fidget. Twitch. Lie. Say: “I mean, yes.”

He nods. Looks away. Says nothing.

Cut up an old calendar into week-long strips. Place them around your kitchen floor, a

sort of bar graph on the linoleum, representing the number of weeks you have been a

mistress: thirteen. Put X’s through all the national holidays.

Go out for a walk in the cold. Three little girls hanging out on the stoop are laughing

and calling to strange men on the street. “Hi! Hi, Mister!” Step around them. Think:

They have never had orgasms.

A blonde woman in barrettes passes you in stockinged feet, holding her shoes.

There are things you have to tell him.

CLIENTS TO SEE

1. This affair is demeaning.

2. Violates decency. Am I just some scampish tart, some tartish scamp?

3. No emotional support here.

4. Why do you never say “I love you” or “Stay in my arms forever my little tadpole”

or “Your eyes set me on fire my sweet nubkin”?

The next time he phones, he says: “I was having a dream about you and suddenly I

woke up with a jerk and felt very uneasy.”

Say: “Yeah, I hate to wake up with jerks.”

He laughs, smooth, beautiful, and tenor, making you feel warm inside of your bones.

And it hits you; maybe it all boils down to this: people will do anything, anything, for a

really nice laugh.

Don’t lose your resolve. Fumble for your list. Sputter things out as convincingly as

possible.

Say: “I suffer indignities at your hands. And agonies of duh feet. I don’t know why I

joke. I hurt.”

“That is why.”

“What?”

“That is why.”

“But you don’t really care.” Wince. It sounds pitiful.

“But I do.”

For some reason this leaves you dumbfounded.

He continues: “You know my situation … or maybe you don’t.” Pause. “What can I do,

Charlene? Stand on my goddamned head?”

Whisper: “Please. Stand on your goddamned head.”

“It is ten o’clock,” he says. “I’m coming over. We need to talk.”

What he has to tell you is that Patricia is not his wife. He is separated from his wife;

her name is Carrie. You think of a joke you heard once: What do you call a woman who

marries a man with no arms and no legs? Carrie. Patricia is the woman he lives with.

“You mean, I’m just another one of the fucking gang?”

He looks at you, puzzled. “Charlene, what I’ve always admired about you, right from

when I first met you, is your strength, your independence.”

Say: “That line is old as boots.”

Tell him not to smoke in your apartment. Tell him to get out.

At first he protests. But slowly, slowly, he leaves, pulling up the collar on his

expensive beige raincoat, like an old and haggard Robert Culp.

Slam the door like Bette Davis.

Love drains from you, takes with it much of your blood sugar and water weight. You

are like a house slowly losing its electricity, the fans slowing, the lights dimming and

flickering; the clocks stop and go and stop.

At Karma-Kola the days are peg-legged and aimless, collapsing into one another with

the comic tedium of old clowns, nowhere fast.

In April you get a raise. Celebrate by taking Hilda to lunch at the Plaza.

Write for applications to graduate schools.

Send Mark the banker a birthday card.

Take long walks at night in the cold. The blonde in barrettes scuttles timelessly by

you, still carrying her shoes. She has cut her hair.

He calls you occasionally at the office to ask how you are. You doodle numbers and

curlicues on the corners of the Rolodex cards. Fiddle with your Phi Beta Kappa key.

Stare out the window. You always, always, say: “Fine.