sábado, 30 de noviembre de 2019

Introducción al Curso

Estimados alumnos:
He impartido este curso durante más de 20 años y sé que no se puede enseñar a escribir, pero creo que sí se puede aprender a escribir. Esto implica que no es tan fácil que te den unas recetas con las que ponerte a trabajar y triunfar, pero sí ocurre que cuando a una persona se le dan a conocer unas herramientas técnicas de funcionamiento estilístico y estructural de un relato y se pone a intentarlo –se pone a trabajar–, esa persona reelabora las enseñanzas, las individualiza y construye su propio estilo y su propia forma de escribir y sentir lo que para él es la literatura y el proceso compositivo.

Metodología
El Curso se organiza en 10 sesiones. En cada sesión se analizan relatos de célebres autores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX y de la actualidad que han de servir como pautas para orientar el análisis y el trabajo a desarrollar por el alumno para la siguiente sesión.
Después de la presentación del texto de cada autor, el alumno confeccionará un relato. En clase desmenuzaré alguno de ellos para la reflexión del autor y de todos. En esos análisis el lector podrá ver que los errores comentados a partir de los textos de cualquier alumno son absolutamente comunes y, por lo general, el lector podrá comprobar que lo que le pasa a él le pasa a cualquiera (lo que implica que todo proceso de enseñanza sigue unas pautas comunes y que, existiendo el proceso, sólo hay que seguirlo hasta el final para poder sacarle todo su contenido (como todos hemos hecho en otros ámbitos de la enseñanza).
El punto básico de la metodología orientado hacia la creatividad se sitúa en el elemento de la copia o imitación de estilos. Muchos autores han hecho referencia a esto a lo largo de la historia de la Literatura, pero más recientemente un par de autores muy cercanos lo han repetido. Antonio Muñoz Molina en su obra Pura alegría, en la que trata sobre su propio proceso de creación literaria muestra especial hincapié sobre este punto. Dice: “Tardará años en darse cuenta de que la imitación entusiasta es el único camino posible hacia la originalidad. El joven escritor, decía Stevenson, ha de ser sobre todo un simio diligente. Se aprende a escribir como se aprende a hablar o a caminar: fijándose y copiando con determinación y con paciencia, igual que copiaban estatuas clásicas los antiguos aprendices de pintores" (Muñoz Molina, 1998, 61). En semejantes términos se refiere Mario Vargas Llosa cuando dice en su libro Cartas a un joven novelista que él aprendió imitando, idea que repite de Flaubert de quien dice que tanto aprendió y a quien puede que también copiara en esta idea, porque el propio Flaubert lo refiere en sus cartas al decir “Lea encarnizadamente a los clásicos, chúpelos hasta el tuétano” (Flaubert, 1998, 232).
A nadie se le escapa que nada de esto es nuevo: los pintores y los compositores llevan practicando esta técnica toda la historia, pero quizás el orgullo de los escritores no ha dejado que esto sea planteado hasta el tiempo presente.
Los pintores, como decíamos, han aprendido, desde sus primeros pasos en las escuelas de pintura a copiar los modelos clásicos. Los estudiantes actuales no sólo han copiado los clásicos sino que han copiado también los distintos estilos de los últimos quinientos años para aprender sus distintas técnicas y para, dominándolas, poder construir la suya propia. Pero los estudiantes de Composición en los Conservatorios Superiores de nuestro país -quizás no lo sepan-, han aprendido a componer de similar manera: primero estudiaban Armonía básica y luego van imitando estilos desde el Renacimiento al Siglo XX.
En este Curso nos orientamos hacia la copia o imitación de estilos de importantes autores de la segunda mitad del siglo XX y la actualidad. Y se hace sobre este periodo por varias razones. En primer lugar, porque se da por conocido los periodos anteriores que todos han debido apreciar y estudiar en el bachillerato y en la Universidad y porque es fácilmente detectable la existencia de una enorme y preocupante laguna sobre los autores más contemporáneos y de otras lenguas que o no aparecen en los programas de estudio o no se imparten porque el tiempo académico nunca da para llegar a estos últimos temas. Y en segundo lugar, se trabaja sobre los autores del periodo más contemporáneo porque, indudablemente, si queremos formar a escritores que se inscriban en la siguiente generación han de ser superadores (después de conocedores) del periodo histórico literario más reciente.
En este sentido, el programa se despliega en un proceso que podríamos definir como el paso de técnicas narrativas en primera persona (narradores internos, primero protagonistas y después testigos) a técnicas narrativas en tercera persona (narradores externos, primero omniscientes y después deficientes), o sea, un paso de una manera de elaborar más intimista a una manera más externa de narrar.
La manera intimista, la que utiliza la primera persona se vincula más fácilmente a la forma de contar que podríamos llamar latina, más “nuestra” y que, pedagógicamente, es de gran utilidad en el comienzo del curso puesto que tiene más que ver con el sencillo bagaje con el que suelen acceder los alumnos al curso, ya que gran parte de ellos han practicado la escritura en primera persona por medio de sus diarios o cartas. En este tipo de técnica se trabajan en este Curso a John Cheever. Aunque al final, en un bucle en forma de salto mortal se vuelve a trabajar la primera persona en un texto de Raimond Carver.
A este primer bloque le seguirá uno de transición donde se trabajarán técnicas más omniscientes, narradores que desde fuera de la historia cuentan los sucesos. Este tipo de narradores está entroncando fundamentalmente con el estilo europeo decimonónico que ha sido actualizado a temáticas, entornos y tonos actuales. Con esta técnica se trabaja a Tobias Wolff y a Philip Roth.
Este bloque desemboca en las técnicas más novedosas que del narrador externo han hecho los grandes escritores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX, tendiendo a sustraer propiedades del narrador omnisciente clásico para dejarlo en el llamado narrador externo deficiente que aparece en paralelo al desarrollo del guión cinematográfico: el narrador narra desde fuera como si fuera una cámara que sólo dice lo que ve y lo que oye, que conoce a los personajes sólo por sus acciones y no por lo que piensan o sienten y que una vez salidos de plano no se puede saber nada de lo que ocurre en sus vidas. Los autores que manejan esta técnica, padres del estilo y que se estudian en el curso son Raymond Carver, J.D. Salinger y Charles Bukowski, representantes, además, del llamado “Realismo Sucio” norteamericano del que hablaremos más adelante.
Por último, comenzamos a cerrar el curso con una fantástica escritora norteamericana, Lorrie Moore, con la que trabajamos un tipo de narrador omnisciente muy especial, que conjuga casi todos los tipos de técnicas anteriores, para que el alumno también se plantee que en el progreso de la forma literaria debe haber una posición siguiente acorde con ese devenir de la historia del arte en el que él, el alumno, precisamente, va a estar situado y con quien ha de estar comprometido. En una última sesión muy interesante trabajaremos de nuevo con el padre de estos estilos, Raymons Carver, que dando un giro de 360 grados (esta vez sí se puede hacer el chiste de los 360º porquye es volver al comienzo del círculo pero por la otra cara de la moneda) nos presenta un narrador en primera persona pero que habla de sí mismo como narrador externo deficiente. Interesantísimo porque nos demuestra que experimentar no es hacer cosas raras, sino descabalgar los estilos. (Se explicará, tranquilos).
Esto en lo referente a los tipos de narradores. Pero es que el despliegue teórico del curso también lleva aparejado en paralelo otras consideraciones de carácter técnico y estilístico que serán de gran utilidad para los alumnos en la asunción de nuevas herramientas para construir su propia técnica.
Durante las primeras sesiones se trabaja el concepto de tono, considerando como tal ya no la posición técnica desde la que se sitúa el narrador sino la posición anímica (fingida o sentida) desde la que escribe el narrador y que no sólo afecta al contenido sino que afecta también a la selección de las palabras (“Lo más difícil en literatura es utilizar las palabras juntas”, como dice Daniel Múgica) y lo que ello conlleva consigo de fuente que facilita la emanación de nuevas líneas de trabajo, nuevas ideas, (nuevos contenidos, por tanto) y afecta al ritmo -del que hablaremos más adelante- y afecta, por tanto, a la concepción entera del relato. Se defiende que el tono, como decimos, es el vehículo donde debe montarse el autor para discurrir entre las ideas, los personajes y la trama, y el que permite, por tanto, ser capaz de atacar la construcción de una novela.
Otro aspecto que se trabaja seguidamente es el concepto de ritmo, analizando cuáles son las más típicas características para acelerar y desacelerar el ritmo. Solicitaré ejercicios en este sentido.
Por otra parte, y siguiendo en este juego de aprendizajes en paralelo, se trabaja durante los cuatro primeros textos la construcción de relatos sin diálogo y a partir del quinto, y por mor de la aparición, obviamente, del narrador externo, la construcción de relatos con diálogo.
Igualmente, en algunos textos se trabaja el contenido fantástico (las propuestas de escritura exigen que lo incorporen) y el resto de los relatos queda a la libre decisión aun cuando a partir de la quinta propuesta es absolutamente imprescindible que sean realistas.
En fin, un curso donde se intentarán tocar todos los elementos esenciales en la construcción de una obra. Elementos que se van introduciendo poco a poco para que los que quieran seguir este curso puedan ir asimilándolos de manera que los tengan todos presentes cuando escriban sus últimos relatos del curso. Son muchos elementos técnicos que deben ir recordándose y poniendo en práctica a la vez: acordarse de mantener el tono; utilizar los cambios de ritmos cuando sea de utilidad; recordar desde qué punto de vista se está narrando la historia y desde qué momento histórico (si lo hubiere) se está contando; hay que acordarse de distribuir pequeñas claves a lo largo del texto que sean familiares para los lectores; hay que justificar todo lo que aparece; hay que mantener los planos diferenciados (en su caso) entre lo que cuenta el narrador y lo que cuenta el personaje. Y muchas cosas más que debemos ir aportando al texto según lo vamos construyendo, es lo que ya hemos llamado “ingeniería de la construcción de la historia”.

Consejos previos
Cuando escribas estos relatos no los tomes como la obra más importante de tu vida de manera que te quedes bloqueado, trabájalos como textos de formación. Sin embargo, escribe pensando, imaginando, que se van a publicar y que los va a leer mucha gente: esto te dará mayor autoexigencia. Pero no entres en el perfeccionismo. El arte está reñido con el perfeccionismo: un perfeccionista cree que su obra nunca está terminada, pero nunca.
No consideres que del resultado de estos primeros relatos dependen tus posibilidades como escritor. Es una actividad similar al deporte: si practicas durante los próximos diez años de manera más o menos continuada es indudable que escribirás mejor.

Hay escritores de mapa y escritores de brújula.

jueves, 28 de marzo de 2019

DIÁLOGOS

2. DIÁLOGO y NARRADOR EXTERNO DEFICIENTE.

El diálogo se escribe con guiones largos.

·       Si detrás del guion va un verbo dicendi, éste irá en minúscula y el final de guion tendrá la puntuación acorde con la frase principal.
·       Si no, el guion irá precedido de punto y la frase empezará en mayúsculas. En este caso la puntuación después del guion de cierre será un punto, o dos puntos si viene precedido de verbo dicendi.

CARACTERÍSTICAS DE UN BUEN DIÁLOGO:

CARACTERIZA A LOS PERSONAJES: Como ya hemos visto el diálogo sirve para caracterizar personajes. Para ello es interesante observar:
·       Vocabulario que usa cada personaje: culto, jerga, sencillo, preciso, abstracto…
·       Estructura de las frases que construye: frases largas, cortas, tendencia a las preguntas, frases cortadas y con vacilaciones…
·       Punto de vista que muestra con sus palabras que muestran su estado y su condición: cómo ve el mundo un niño, cómo lo ve un alcohólico, alguien enamorado…
·       Muletillas personales: Termina las frases con una palabra, tiende a interrumpir…No abusar de este último aspecto.

Ejemplo:
—¡Ven aquí, chico! —le dijo—. Déjame verte más de cerca.
El chiquillo saltó del sofá y corrió al canapé.
—Bueno —comenzó Beliayev, poniéndole una mano en el hombro—. ¿Cómo te va?
—Le diré a usted… Antes me iba mejor.
—¿Y eso?
—Es muy sencillo. Antes, mi hermana y yo leíamos y tocábamos el piano, y ahora nos obligan a aprendernos de memoria poesías francesas… ¿Se ha cortado usted el pelo hace poco?
—Sí, hace unos días.
—¡Ya lo veo! Tiene usted la perilla más corta. ¿Me deja usted tocársela?… ¿No le hago daño?… ¿Por qué cuando se tira de un solo pelo duele y cuando se tira de todos a la vez casi no se siente?

Una pequeñez. Antón Chejov.


HACE AVANZAR LA TRAMA:
·       Un buen diálogo propulsa la trama hacia delante.
·       Se tiende a dialogar aquello que resulte tenso, importante, dramático (las revelaciones, el conflicto, el momento en que dos personajes se encuentran por primera vez…), no se dialoga lo que es obvio o se presupone (los saludos entre viejos amigos, cuando un personaje cuenta algo que el lector ya conoce…)
·       Es por ello que se dice que el diálogo tiene que empezar tarde y acabar pronto.


Ejemplo:
—La cerveza está buena y fresca —dijo el hombre.
—Es preciosa —dijo la muchacha.
—En realidad se trata de una operación muy sencilla, Jig —dijo el hombre—. En realidad no es una operación.
La muchacha miró el piso donde descansaban las patas de la mesa.
—Yo sé que no te va a afectar, Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire.
La muchacha no dijo nada.
—Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Sólo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural.
—¿Y qué haremos después?
—Estaremos bien después. Igual que como estábamos.
—¿Qué te hace pensarlo?
—Eso es lo único que nos molesta. Es lo único que nos hace infelices.

Colinas como elefantes blancos. Ernest Hemmingway.

UN BUEN DIÁLOGO TIENE RITMO:
·       El diálogo puede tener, por ejemplo, un ritmo rápido, casi naturalista, intentando imitar el habla común. En este caso las frases son cortas, picadas, con alguna interjección.
·       El diálogo puede tener un ritmo lento, cada personaje dedica largas frases para hablar. Entre un personaje y otro no hay apenas interrupciones.
·       Por supuesto se puede alternar entre estos ritmos anteriores para conseguir determinados efectos.
·       Se recomienda leer en voz alta los diálogos para escuchar como suenan.

Ejemplo 1:
—Ya está borracho —dijo.
—Se emborracha todas las noches.
—¿Por qué quería suicidarse?
—¿Cómo puedo saberlo?
—¿Cómo lo hizo?
—Se colgó de una cuerda.
—¿Quién lo bajó?
—Su sobrina.
—¿Por qué lo hizo?
—Por temor de que se condenara su alma.
—¿Cuánto dinero tiene?
—Muchísimo.
—Debe tener ochenta años.
—Sí, yo también diría que tiene ochenta.

Un lugar limpio y bien iluminado. Ernest Hemmingway.


Ejemplo 2:
—En serio —continuó la señora Carrington—, si esta tarde no me hubiese marchado corriendo de la partida de bridge de Ángela para venir aquí literalmente pitando, yo... pues no sé lo que habría hecho.
—No hace falta que me lo expliques —dijo la señora Crane—. Lo sé muy bien. No tienes que explicármelo.
La señora Carrington se vio en la necesidad de confesarle a su amiga:
—Cuánta vacuidad. Cuánta tontería. Cuántos cotilleos. Coti­lleos, cotilleos, eternos cotilleos. No paran de hablar de la ropa que tienen y de la ropa que se van a comprar y de lo que hacen para no engordar. ¿Sabes qué? Que estoy harta y ya está. No, gracias, queri­da, no me atrevo a servirme otro sándwich; tal como están las cosas, mañana tendré que pasarme el día entero haciendo abdominales.
—A mí hacer abdominales no me sirve de nada —comentó la señora Crane—. Lo que yo hago por las mañanas es flexionar las piernas por encima de la cabeza treinta y cinco veces, y después, si no salgo de casa, me salto el almuerzo.
—¡Uy! A mí ese plan me mataría —dijo la señora Carrington—. Me dejaría literalmente muerta. Si me salto el almuerzo, a la hora de la cena, pierdo el control por completo. Me lo como todo. Pa­tatas incluidas. Ángela está haciendo una nueva dieta; ya sabes, una de esas en las que no importa tanto cuánto comes, sino con qué comes cada cosa. Ha perdido cuatro kilos.

La señora Carrington y La señora Crane. Dorothy Parker.

Ejemplo 3:

—Bueno, Nelson, ¡dime qué te dijo!
—¿Follawski?
—¿Quién va a ser?
—Bueno, Harold, ¡se rió de mí! Dijo que yo nunca lo lograría.
—¿De veras?
—De veras. Imagínatelo sentado con sus tejanos rotos, descalzo, con una camiseta sucia. Vive en esa casa enorme, con 2 coches nuevos en el garaje. Está detrás de una gran cerca. Tiene un sistema de seguridad carísimo. Y vive con esa chica tan guapa que es 25 años menor que él...
—No sabe escribir, Nelson. No tiene vocabulario, no tiene estilo. Nada.
—Sólo vomitar y follar y putear, Harold, eso es todo...
—Y odia a las mujeres, Nelson.
—Pega a sus mujeres, Harold.
Harold se rió.
—¿Dios mío! ¿No has leído nunca ese poema en el que se lamenta de que las mujeres nazcan con intestinos?

Los escritores. Charles Bukowsky.

SUBTEXTO:
·       El subtexto se produce cuando un personaje quiere decir algo diferente con sus palabras a lo que éstas manifiestan.
·       Ejemplos típicos de subtextos serían cuando un personaje cuenta una historia a modo de metáfora, manifiesta algo que no es pertinente para el momento, lanza una indirecta…
·       El subtexto puede contribuir a mejorar la tensión de la escena, pero hay que tener cuidado, si el subtexto es demasiado oscuro el lector puede perderse.
·       Resulta interesante cuando un personaje habla con subtexto y el otro no.

Ejemplo:
Y ahora, ese mismo ciego venía a dormir a mi casa.
—A lo mejor puedo llevarle a la bolera —le dije a mi mujer. Estaba junto al fregadero, cortando patatas para el horno. Dejó el cuchillo y se volvió.
—Si me quieres —dijo ella—, hazlo por mí. Si no me quieres, no pasa nada. Pero si tuvieras un amigo, cualquiera que fuese, y viniera a visitarte, yo trataría de que se sintiera a gusto.
Se secó las manos con el paño de los platos.
—Yo no tengo ningún amigo ciego.
—Tú no tienes ningún amigo. Y punto. Además —dijo—, ¡maldita sea, su mujer acaba de morirse! ¿No lo entiendes? ¡Ha perdido a su mujer!
No contesté. Me había hablado un poco de su mujer. Se llamaba Beulah. ¡Beulah! Es nombre de negra.
—¿Era negra su mujer? —pregunté.
—¿Estás loco? —replicó mi mujer—. ¿Te ha dado la vena o algo así?
Cogió una patata. Vi cómo caía al suelo y luego rodaba bajo el fogón.
—¿Qué te pasa? ¿Estás borracho?
—Sólo pregunto —dije.

Catedral. Raymond Carver.


ACCIÓN Y DIÁLOGO.
·       Resulta interesante acompañar el diálogo con las acciones de los personajes, dichas acciones pueden contradecir, matizar o ampliar el significado de las palabras.

LA HISTORIA DENTRO DE LA HISTORIA.
·       A menudo, el diálogo puede usarse para que un personaje cuente una historia.
·       En este caso, resulta importantísimo que dicha historia tenga impacto en los personajes principales de la narración para que sea significativa.
·       Cuando la historia se extienda varios párrafos deberán usarse comillas invertidas al comienzo de los mismos.

Ejemplo:
–Por supuesto, el padre Wes no es nada comparado con monseñor Strauss –dijo George–. Monseñor Stauss estaba positivamente loco.
–¿Straus? –dijo Truman–. ¿Quién es Strauss? El único Strauss que conozco es Johann.
Truman miró a su mujer y se rió.
–Perdona –dijo George–. Estaba siendo críptico. George a veces se olvida de lo elemental. Cuando conoces a alguien como monseñor Strauss supones que todo el mundo ha oído hablar de él. Monseñor fue nuestro director durante cinco años, antes de la toma de posesión del padre Wes. Le dio un ataque de religiosidad y se fue al subcontinente justo antes de que Audrey se uniera a nosotros, así que, naturalmente, no tenías por qué conocer el nombre.
–¿El subcontinente? –dijo Truman–. ¿Qué es eso? ¿La Atlántida?
–Por Dios santo, Truman –dijo Audrey–. A veces me avergüenzas.
–La India –dijo George–. Calcuta. La Madre Teresa y todo eso.
Audrey le puso una mano en el brazo a George.
–George –dijo–, cuéntale a Truman esa maravillosa historia que me contaste a mí acerca de monseñor Strauss y el filipino.
George sonrió para sí.
–Ah, sí –dijo–, Miguel. Es una larga historia, Audrey. Quizá sería mejor dejarla para ota noche.
–Si es tan larga… –dijo Truman.
–No lo es –dijo Audrey. Golpeó con los nudillos sobre la mesa–. Cuenta la historia, George.
George miró a Truman y se encogió de hombros.
–No le eches la culpa a George –dijo. Se bebió lo que quedaba de coñac–. De acuerdo. Aquí empieza nuestra historia. Monseñor Strauss tenía algún dinero y todos los años viajaba a lugares exóticos. Al regresar a casa siempre traía algún recuerdo extraño que había adquirido en sus viajes. De Argentina se trajo unas semillas que se convirtieron en plantas cuyas flores olían a, con perdón, merde. Las había comprado en una tienda argentina de artículos de broma, si te puedes imaginar semejante cosa. Cuando volvió de Kenya pasó de contrabando un lagarto que cazaba moscas con la lengua a una distancia a metro y medio. Monseñor llevaba este lagarto a todas partes sobre un dedo, y cuando una mosca se ponía a tiro decía: “¡Mirad esto!”, y apuntaba al lagarte como si fuera una pistola, y paf… se acabó la mosca.
Audrey apuntó a Truman con un dedo y dijo:
–Paf.

Aquí empieza nuestra historia. Tobias Wolff.

RELATO.

LINDA BOQUITA Y VERDES MIS OJOS.
J. D. Salinger

Cuando sonó el teléfono el hombre de pelo entrecano le preguntó a la chica, con cierta deferencia, si por alguna razón prefería que no atendiera. La chica lo oyó como desde lejos, y dio vuelta la cara hacia él, con un ojo —el que estaba del lado de la luz— totalmente cerrado, y el ojo abierto, aunque capcioso, muy grande, y tan azul que parecía casi violeta. El hombre canoso le pidió que se diera prisa, y ella se incorporó sobre el brazo derecho apenas con la presteza necesaria como para que el movimiento no pareciera negligente. Se apartó el pelo de la frente con la mano izquierda y dijo:
—Por Dios. Quiero decir, ¿a ti qué te parece?
El hombre canoso dijo que a su juicio no había mucha diferencia entre una cosa y la otra, y pasó la mano izquierda por debajo del brazo en que se apoyaba la chica, deslizando los dedos paulatinamente hacia arriba, por entre las tibias superficies de su pecho y su antebrazo. Extendió la mano derecha hacia el teléfono. Para alcanzarlo sin tantear, tuvo que erguirse un poco más, lo que hizo que su cabeza rozara la pantalla del velador. En ese instante, la luz fue especialmente, netamente halagüeña para su pelo gris, casi totalmente blanco. Aunque desordenado en ese momento, era evidente que se lo había hecho cortar hacía poco, o, más bien, recortar. La nuca y las patillas tenían el corte convencional pero en los costados y arriba el pelo era más bien largo, y resultaba, en realidad, hasta casi “distinguido”.
—¿Hola? —dijo, con voz sonora. La chica permaneció semiincorporada sobre el antebrazo y lo observó. Sus ojos, simplemente abiertos, más que alerta o pensativos, reflejaban sobre todo su propio tamaño y su color.
Una voz de hombre —remota, de una ligereza brusca, dadas las circunstancias— llegó desde el otro lado:
—¿Lee? ¿Te desperté?
El hombre canoso echó una rápida mirada hacia su izquierda, a la chica.
—¿Quién habla? —preguntó—. ¿Arthur?
—Sí… ¿te desperté?
—No, no. Estoy acostado, leyendo. ¿Pasa algo?
—¿Estás seguro de que no te desperté? ¿Lo juras?
—No, no, en absoluto —dijo el hombre canoso—. La verdad es que apenas si duermo un promedio de cuatro horas miserables…
—Te llamo, Lee, porque… ¿No te fijaste a qué hora salió Joanie? ¿No sabes si se fue con los Ellenbogen, por casualidad?
El hombre canoso miró otra vez a la izquierda, pero ahora más alto, más allá de la chica, que lo observaba como podría hacerlo un joven policía irlandés de ojos azules.
—No, Arthur, no vi nada —dijo, con los ojos fijos en la penumbra del otro lado de la habitación donde se juntaban la pared y el cielo raso—. ¿No se fue contigo?
—No, diablos, no. Entonces ¿no la viste salir?
—Bueno, no, en realidad, no la vi, Arthur —dijo el hombre de pelo entrecano—. La verdad es que no vi un comino en toda la noche. Apenas entré me envolvieron en una discusión con ese rufián francés, o vienés, o de dónde demonios sea. Estos infelices de extranjeros siempre están tratando de conseguir un consejo jurídico gratuito. ¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Se perdió Joanie?
—¡Dios mío! ¡Vaya a saber! Yo no sé. Tú la conoces, cuando empieza a tomar y a querer divertirse. Yo no sé. A lo mejor casualmente…
—¿Llamaste a los Ellenbogen? —preguntó el hombre canoso.
—Sí. Todavía no llegaron. No sé. Diablos, ¡ni siquiera estoy seguro de que se haya ido con ellos! Pero te digo una cosa, una sola cosa. Basta de romperme la cabeza. En serio. Esta vez lo digo en serio. Estoy harto. Cinco años. ¡Dios mío!
—Bueno, Arthur, ahora trata de tomarlo con un poco de calma —dijo el hombre canoso—. Para empezar, ya sabes cómo son los Ellenbogen. Seguramente se metieron todos en un taxi y se fueron al Village por un par de horas. Es probable que los tres caigan…
—Estoy seguro de que se le empezó a arrimar a algún desgraciado en la cocina. Ya me lo imagino. En cuanto se emborracha empieza a restregarse contra cualquier infeliz en la cocina. Pero basta. Juro por Dios que esta vez va en serio. Cinco años del…
—¿Dónde estás ahora, Arthur? —preguntó el hombre canoso—. ¿En tu casa?
—Sí. En casa. Hogar dulce hogar. C…
—Bueno, trata de tomarlo con calma … ¿Qué te pasa? ¿Estás un poco borracho o qué?
—Qué sé yo. ¿Cómo diablos voy a saberlo?
—Bueno, está bien. Ahora escúchame. Tranquilízate, Quédate tranquilo —dijo el hombre canoso—. Tú sabes cómo son los Ellenbogen, por Dios. Lo que sucedió, posiblemente, es que perdieron el último tren. Seguro que en cualquier momento van a caer por ahí los tres, muertos de risa, después de haber estado en algún…
—Se fueron en automóvil.
—¿Cómo lo sabes?
—Por la chica que va a cuidar a los niños. Tuvimos una conversación muy brillante. Toda una comunión espiritual. Como dos asquerosas sardinas en una misma lata.
—Bueno. Bueno. ¿Y eso qué tiene? ¿Te calmarás, ahora? —dijo el hombre canoso—. Casi seguro que en cualquier momento llegan los tres juntos. Créeme. Tú sabes cómo es Leona. No sé qué demonios le pasa… en cuanto llegan a Nueva York se llenan de esa horrible alegría digna de Connecticut. Tú los conoces bien.
—Sí, ya sé. Ya sé. Aunque no sé nada.
—Claro que sabes. Piénsalo un poco. Seguro que los dos se llevaron a Joanie por la fuerza…
—Oye. Nunca hubo que llevar a Joanie por la fuerza a ningún lado. No me vengas ahora con esa teoría.
—Nadie te viene con ninguna teoría, Arthur —dijo el hombre entrecano con calma.
—¡Ya sé! ¡Ya sé! Discúlpame. Diablos, me estoy volviendo loco. Dime la verdad, ¿estás seguro de que no te desperté?
—Si fuera así, te lo diría, Arthur —dijo el hombre canoso. Distraídamente, sacó la mano izquierda de entre el pecho y el brazo de la chica—. Escucha, Arthur. ¿Quieres un consejo? —dijo. Tomó el cable del teléfono entre los dedos, muy cerca del micrófono—: Te lo digo en serio. ¿Quieres un consejo?
—Sí. No sé. Cristo. No te dejo dormir. Lo mejor sería que fuera y me cortara de una vez por todas la…
—Escúchame un momento —dijo el hombre de pelo entrecano—. Primero, y esto te lo digo en serio, métete en la cama y tranquilízate. Prepárate un vaso bien grande de alguna bebida fuerte, y acués…
—¡Bebida! ¿Hablas en serio? Dios. En estas dos malditas horas me he bebido casi un litro… ¡Un vaso! Estoy tan tomado ahora que apenas…
—Bueno. Bueno. Acuéstate, entonces —dijo el hombre canoso—. Y tranquilízate… ¿me oyes? Dime la verdad. ¿Vas a ganar algo enloqueciéndote de esa forma y dando vueltas por ahí?
—Sí, ya sé. Ni siquiera tendría que preocuparme, pero, cuernos, ¡no se puede confiar en ella! Te lo juro por Dios, juro por Dios que no se puede. Se puede confiar en ella tanto como se puede confiar en un… bueno, no sé en qué. ¡Oh! ¿Para qué sirve todo? ¡Estoy volviéndome loco!
—Bueno. Olvídate, ahora. Olvídate. ¿Quieres hacerme el favor y borrar todo esto de tu cabeza? —dijo el hombre canoso—. Después de todo, seguro que estás exagerando… creo que estás haciendo una montaña de…
—¿Sabes a qué he llegado? Me da vergüenza contártelo, pero ¿sabes qué estoy a punto de hacer todas las noches, cuando llego a casa? ¿Quieres saberlo?
—Escúchame, Arthur, no es esto lo que…
—Espera un segundo, te lo diré… !Coño! Prácticamente tengo que contenerme para no abrir todas las puertas de los armarios del departamento… te lo juro por Dios. Todas las noches cuando llego a casa estoy casi seguro de encontrarme con un montón de hijos de puta, escondidos por todos lados… Ascensoristas. Repartidores. Policías.
—Bueno, bueno. Tratemos de tomar las cosas con un poco más de calma, Arthur —dijo el hombre de pelo entrecano. Miró de pronto a su derecha donde un cigarrillo, prendido un momento antes, hacía equilibrio en el borde de un cenicero. Por lo visto se había apagado, y no hizo ademán de tomarlo—. Para empezar —dijo en el teléfono—, te lo he dicho ya infinidad de veces, Arthur, ese es justamente el error más grande que puedes cometer. ¿Sabes cuál es? ¿Quieres que te lo diga? Haces todo lo posible, te lo digo en serio, ahora te esfuerzas por torturarte. En realidad, eres tú quien incita a Joanie —calló—. Tienes la suerte de que ella sea una chica maravillosa. En serio. Y para ti carece en absoluto de buen gusto… y de inteligencia. Diablos, y entonces, si vamos al caso…
—¡Inteligencia! ¿Estás bromeando? ¡No tiene ni pizca de cerebro! ¡Es una animal!
El hombre entrecano respiró hondo, y sus fosas nasales se dilataron:
—Animales somos todos —dijo—. En el fondo, todos somos animales.
—Cuernos. Yo no soy ningún animal. Seré un imbécil, un engañado hijo de mala madre del siglo veinte, pero animal no soy. No me vengas con esas, un animal no soy.
—Escúchame, Arthur. Esto no nos conduce a…
—¡Inteligencia! ¡Dios Santo! Si supieras lo cómica que resulta. Ella se considera toda una intelectual. Eso es lo que da más risa. Lee la página de los teatros, y mira televisión hasta quedarse prácticamente ciega. Y por eso se cree intelectual. ¿Sabes con quién me he casado? ¿Quieres saber con quién me he casado? Estoy casado con la más grande actriz en cierne todavía sin descubrir, la más grande novelista, psicoanalista y genio no apreciado de Nueva York. No lo sabías ¿verdad? Cristo, es para morirse de risa. Madame Bovary en la Columbia Extension School. Madame…
—¿Quién? —preguntó el hombre canoso, con un tono de fastidio.
—Madame Bovary sigue un curso de Apreciación de la Televisión. Dios santo, si supieras cómo…
—Está bien, está bien. Te das cuenta de que así no vamos a ninguna parte —dijo el hombre canoso. Se volvió y acercándose dos dedos a la boca le indicó a la chica que quería un cigarrillo—. En primer lugar —dijo en el teléfono—, siendo un tipo tan inteligente careces en absoluto de tacto. —Se enderezó para que la chica pudiera alcanzar los cigarrillos por detrás de él.— Te lo digo en serio. Se ve en tu vida particular, se ve en tu…
—Inteligencia, ¡Dios santo! ¡Qué risa que me da! ¡Dios santo! ¿Alguna vez la escuchaste describir a alguien… a un hombre, quiero decir? Alguna vez, cuando no tengas nada que hacer, hazme el favor y pídele que te describa a un hombre. Para ella, todo hombre que ve es “terriblemente atractivo”. Puede ser el más viejo, el más gordo, el más grasiento…
—Está bien, Arthur —dijo el hombre de pelo entrecano con rudeza—. Así no vamos a ninguna parte. A ninguna parte. —Le quitó un cigarrillo encendido a la chica que había prendido dos. – Entre paréntesis —dijo, exhalando humo por la nariz—, ¿cómo te fue hoy?
—¿Qué?
—¿Cómo te fue hoy? —repitió el hombre canoso—. ¿Cómo siguió el pleito?
—¡Diablos! No sé. Un asco. Dos minutos antes de que yo empezara mi alegato final, el letrado de la parte actora, Lissberg, se aparece con esa camarera chiflada y un montón de sábanas como prueba… todas manchadas de chinches. ¡Al diablo!
—¿Entonces, qué pasó? ¿Perdiste? —preguntó el hombre de pelo entrecano, aspirando otra bocanada de humo.
—¿Sabes quién estaba en el estrado? Madre Vittorio. Nunca sabré qué coño tiene ese hombre contra mí. No puedo ni abrir la boca sin que me salte encima. Con un tipo así no se puede razonar. Es imposible.
El hombre canoso volvió la cabeza para ver qué hacía la chica. Había tomado el cenicero y lo colocaba entre los dos.
—¿Entonces, perdiste o qué? —dijo en el teléfono.
—¿Cómo?
—Te pregunto si perdiste.
—Sí. Iba a decírtelo. En la fiesta no tuve oportunidad, con todo ese barullo. ¿Crees que Junior va a hacer un escándalo? Me importa un cuerno, pero ¿qué piensas? ¿Crees que hará escándalo?
Con la mano izquierda, el hombre canoso quitó la ceniza del cigarrillo en el borde del cenicero.
—No creo que necesariamente arme un escándalo, Arthur —dijo con calma—. Aunque no hay muchas probabilidades de que le provoque una gran alegría. ¿Sabes cuánto hace que nos encargamos de esos tres hoteles de porquería? El propio viejo Shanley empezó todo…
—Ya sé. Ya sé. Junior me lo dijo por lo menos cincuenta veces. Es una de las mejores historias que he escuchado en toda mi vida. Bueno, está bien, perdí ese asqueroso pleito. En primer lugar, no fue culpa mía. Primero, el chiflado de Vittorio me persiguió durante todo el juicio. Después esa camarera mongólica viene y empieza a exhibir sábanas llenas de manchitas de chinches…
—Nadie dice que sea culpa tuya, Arthur —dijo el hombre canoso—. Tú me preguntaste si yo pensaba que Junior iba a armar un escándalo. Solo traté de contestarte lo más honestamente posible…
—Ya sé… Ya lo sé. ¡Qué coño! De todos modos, tal vez me reincorpore al ejército. ¿Te conté algo de eso?
El hombre de pelo entrecano volvió la cabeza hacia la chica como para que ella apreciara qué tolerante y aun qué estoica era su expresión. Pero la chica no lo advirtió. Acababa de volcar el cenicero con la rodilla y estaba recogiendo rápidamente las cenizas y haciendo un pequeño montón. Levantó sus ojos hacia él un segundo más tarde.
—No, Arthur, no me contaste —dijo en el teléfono.
—Sí, tal vez lo haga. Todavía no estoy seguro. Por supuesto que la idea no me enloquece y si puedo evitarlo no me iré. Pero tal vez no tenga más remedio, No sé. Por lo menos me olvidaré de todo. Si me devuelven mi lindo casco y mi gran escritorio y mi mosquitero, tal vez…
—Quisiera meterte algunas cosas en la cabeza, muchacho, eso es lo que me gustaría —dijo el hombre canoso—. Se supone que eres un tipo inteligente y hablas como un niño de pecho. Te lo digo con toda sinceridad. Dejas que un montón de cosas pequeñas se vayan acumulando como una bola de nieve hasta que ocupan tanto lugar en tu mente que eres completamente incapaz de cualquier…
—Tendría que haberla dejado. ¿Te das cuenta? Tendría que haber terminado el verano pasado, cuando realmente estaba decidido a hacerlo. ¿No piensas eso? ¿Sabes por qué no lo hice? ¿Realmente quieres saber por qué?
—Arthur, por Dios. Así no vamos a ninguna parte.
—Espera un segundo. ¡Déjame decirte por qué! ¿Quieres saber por qué no lo hice? Puedo decirte exactamente el motivo. Porque le tuve lástima. Esa es la pura verdad. Porque le tuve lástima.
—Bueno, no sé. Quiero decir que es algo que no me incumbe —dijo el hombre de pelo entrecano—. Sin embargo, creo que te olvidas de que Joanie es una mujer adulta. No sé, pero me parece…
—¿Mujer adulta? ¿Estás loco? ¡Es una niña que ha crecido, nada más! Por ejemplo, me estoy afeitando, escucha bien esto, me estoy afeitando, y de repente me llama desde la otra punta del departamento. Voy a ver qué pasa… así no más, en mitad de la afeitada, con toda la cara cubierta de jabón. ¿Y sabes qué diablos quiere? Preguntarme si yo creo que ella es inteligente. Te lo juro por Dios. Es patética. Yo la miro cuando duerme, y sé muy bien lo que te digo. Créeme.
—Bueno, es algo que conoces mejor que… quiero decir, que a mí no me incumbe —dijo el hombre canoso—. El asunto es que no haces nada constructivo para…
—No somos una buena pareja, eso es todo. No es más que eso. Hacemos una pareja asquerosa. ¿Sabes lo que le hace falta? Necesita un gran rufián taciturno que de cuando en cuando la deje tendida de un golpe, y después vuelva y siga leyendo el diario. Eso es lo que le hace falta. Soy un tipo demasiado débil para ella. Ya lo sabía cuando nos casamos, te lo juro por Dios. Quiero decir, tú eres un buen sujeto, nunca te casaste, pero a veces cuando uno se casa, uno tiene como un presentimiento de lo que va a ser su vida después. Yo no le hice caso. No hice ningún caso de esos presentimientos. Soy débil. Esa es la la historia, en definitiva.
—No eres débil. Solo que no procedes con inteligencia —dijo el hombre de pelo entrecano, aceptando un cigarrillo recién encendido que le extendía la chica.
—¡Sí que soy débil! ¡Claro que lo soy! ¡Diablos! ¡Yo sé muy bien si soy débil o no! Si no fuera débil, te imaginas que habría dejado que todo se… ¡Oh, para qué hablar! Claro que soy débil … Por Dios, te estoy impidiendo dormir… ¿Por qué no cuelgas y listo? Al demonio conmigo. Te lo digo sinceramente. Cuelga.
—No voy a cortar, Arthur. Quisiera ayudarte, en todo lo humanamente posible —dijo el hombre canoso—. En verdad, tú eres tu peor…
—Ella no me respeta. Ni siquiera me quiere. Dios mío. En el fondo, si lo analizamos, yo también la he dejado de querer. No sé. La quiero y no la quiero. Según. A veces sí, a veces no. ¡Cristo! Cada vez que me dispongo a terminar de una vez por todas, cenamos afuera, vaya a saber por qué, y nos encontramos en algún lugar y ella se viene con esos asquerosos guantes blancos o algo por el estilo, qué sé yo. O empiezo a acordarme de la primera vez que fuimos en auto a New Haven a ver el partido de Princeton. Pinchamos un neumático justo al salir de la autopista, y hacía un frío de morirse, y ella sostenía la linterna mientras yo cambiaba esa maldita goma… tú sabes lo que quiero decir. No sé. O empiezo a pensar en… Dios, me cuesta decirlo… empiezo a pensar en ese puerco poema que le escribí cuando empezamos a salir juntos. “Rosa es mi color y blanco, linda boquita y verdes mis ojos.” Diablos, qué broma… Hacía que me acordara de ella. No tiene ojos verdes… tiene ojos como apestosos caracoles marinos… pero, Cristo, igual hacía que me acordara de ella. No sé… ¿De qué sirve hablar? Me estoy volviendo loco. Cuelga, ¿quieres? Te lo digo en serio.
El hombre canoso carraspeó y dijo:
—No tengo ninguna intención de colgar, Arthur. Solo hay una…
—Una vez me compró un traje. Con su propio dinero. ¿Te lo había contado?
—No. Yo…
—Se fue nomás a Tripler, creo, y me lo compró. Yo ni siquiera la acompañé. Quiero decirte que tiene algunos gestos endiabladamente hermosos. Y lo más gracioso es que no me andaba tan mal. Solo tuve que hacerlo ajustar un poco en los fundillos de los pantalones y en el largo. Quiero decir que tiene algunos malditos gestos muy lindos.
El hombre del pelo entrecano escuchó unos instantes más. Luego se volvió de pronto hacia la chica. La mirada que le echó, aunque breve, la puso al tanto sobre todo lo que ocurría del otro lado de la línea.
—Bueno, Arthur, escúchame —dijo en el teléfono—. Así no vamos a ninguna parte. Te lo digo sinceramente. Escúchame. ¿Quieres desvestirte y acostarte, como un buen chico? ¿Y descansar un poco? Joanie seguramente va a llegar a casa dentro de dos minutos. No querrás que te vea así, ¿verdad? Es probable que caiga por ahí con los condenados Ellenbogen. No querrás que todos te vean asi, ¿no es cierto? —escuchó—, ¿Arthur? ¿Me oyes?
—Dios, te estoy echando a perder toda la noche. Todo lo que hago es…
—No me estás echando a perder nada —dijo el hombre de pelo entrecano—. Ni lo pienses. Ya te dije que de noche no duermo más de cuatro horas en total. Lo que sí me gustaría, sería ayudarte todo lo posible, chico —escuchó—. ¿Arthur? ¿Estás ahí?
—Sí, estoy aquí. Escúchame. Ya que no te dejo, ¿te incomodaría que fuera hasta tu casa para tomar un trago? ¿Te molestaría?
El hombre canoso se enderezó, colocó su mano libre de plano sobre la cabeza, y dijo:
—¿Ahora, quieres decir?
—Sí. Claro, si te parece bien. Me quedaría solo un minutito. Lo único que quiero es sentarme en algún lado y… qué sé yo. ¿Estás de acuerdo?
—Mira, lo que pasa es que no creo que debas hacerlo, Arthur —dijo el hombre canoso retirando la mano de la cabeza—. Por supuesto que puedes venir cuando quieras, pero sinceramente creo que ahora deberías descansar y tranquilizarte hasta que llegue Joanie. Te lo digo sinceramente. Lo que tú quieres es estar justo ahí cuando ella llegue a casa. ¿Estoy en lo cierto, o no?
—Si. No sé. Te lo juro por Dios, no sé.
—Bueno, pero yo sí. Sinceramente, yo sí —dijo el hombre canoso—. Escúchame. ¿Por qué no te vas a la cama ahora, y descansas, y más tarde, si tienes ganas, me llamas de nuevo? Claro, si es que tienes ganas de hablar. Y no te preocupes. Eso es lo principal. ¿Me oyes? ¿Harás lo que te digo?
—Bueno.
El hombre canoso mantuvo el receptor junto a su oído durante un momento y luego cortó.
—¿Qué dijo? —le preguntó en seguida la chica.
Él tomó su cigarrillo del cenicero, es decir, lo seleccionó entre un montón de colillas y de cigarrillos a medio fumar. Aspiró una bocanada de humo y dijo:
—Quería venir a tomar una copa.
—¡Dios! ¿Y qué le dijiste? —preguntó la chica.
—Ya me oíste —dijo el hombre canoso, y la miró—. ¿Podías escucharme o no? —apagó el cigarrillo.
—Estuviste maravilloso. Realmente maravilloso —dijo la chica, observándolo—. ¡Dios mío! Me siento molida.
—Bueno… —dijo el hombre canoso—. Es una situación difícil. No sé si estuve tan maravilloso.
—Sí, lo has estado. Has estado maravilloso —dijo la chica—. Me siento floja, totalmente floja. ¡Mírame!
El hombre de pelo entrecano la miré.
—Bueno, verdaderamente, la situación es imposible —dijo—. Quiero decir que todo es tan fantástico que ni siquiera…
—Querido… disculpa… —dijo de pronto la chica, y se inclinó hacia adelante—. Creo que te estás incendiando. —Rápidamente le pasó las puntas de los dedos por el dorso de la mano.— No, has estado maravilloso —dijo—. Dios ¡me siento cansada como un perro!
—Bien, la situación es muy, muy difícil. Evidentemente el tipo está pasando por un total…
De pronto sonó el teléfono.
El hombre canoso dijo.
—¡Cristo! —pero había levantado el tubo antes de que sonara por segunda vez—. ¿Hola? —dijo en el teléfono.
—¿Lee? ¿Dormías?
—No, no.
—Escucha. Pensé que te interesaría saberlo. Joanie acaba de llegar.
—¿Qué? —dijo el hombre de pelo entrecano, y con la mano izquierda se protegió los ojos, aunque la luz estaba a sus espaldas.
—Sí. Acaba de llegar. Diez segundos después de que hablé contigo. Aproveché para llamarte ahora que ella está en el baño. Escucha… un millón de gracias, Lee. Te lo digo en serio… sabes lo que quiero decir. No estabas dormido, ¿no es cierto?
—No, no, simplemente… no, no —dijo el hombre canoso, siempre con la mano sobre los ojos. Carraspeó.
—Sí. Lo que sucedió fue que al parecer Leona se pescó una borrachera de órdago y tuvo un ataque feroz de llanto, y Bob quiso que Joanie fuera con ellos a tomar un trago en alguna parte y suavizar las cosas. Yo no sé. ¿Te das cuenta? Todo es muy complicado. Lo importante es que ya llegó. Dios mío, qué porquería de vida es esta. Te lo juro por Dios, pienso que es esta maldita Nueva York. Creo que si todo sale bien vamos a comprarnos una casita, tal vez en Connecticut. No demasiado lejos, aunque sí lo bastante como para poder llevar una vida normal. Lo que quiero decir es que ella se vuelve loca por las plantitas y todas esas cosas por el estilo. Si tuviera un jardín propio y todo lo demás se chiflaría por completo. ¿Me entiendes? Porque aparte de ti, ¿a quién conocemos en Nueva York sino a un montón de neuróticos? A la larga hasta una persona normal termina por contagiarse. ¿Comprendes a qué me refiero?
El hombre canoso no contestó. Debajo del escudo de su mano, sus ojos estaban cerrados.
—De todos modos, le voy a hablar de todo esto esta misma noche. O tal vez mañana. Todavía está un poco mareada. Quiero decir que en el fondo es una chica formidable, y si se nos presenta una oportunidad para arreglarnos, seria estúpido de nuestra parte no aprovecharla. Y mientras tanto voy a tratar de solucionar también ese asunto de las chinches. Estuve pensando. Estuve diciéndome, Lee. ¿Crees que si yo fuera y hablara con Junior personalmente, podría…?
—Arthur, si no tienes inconveniente, yo preferiría…
—No vayas a pensar que te llamé de nuevo porque estoy preocupado por ese pleito del diablo ni nada parecido. De ningún modo. En el fondo, me importa un culo. Pensé simplemente que si podía hacerle entender las cosas a Junior sin romperme la cabeza, sería estúpido de mi parte…
—Escúchame, Arthur —dijo el hombre de pelo entrecano, retirando su mano de la frente—. De pronto me ha dado un terrible dolor de cabeza. No sé a qué demonios se debe. ¿Te molesta si lo dejamos para otro momento? Te llamaré por la mañana, ¿estás de acuerdo?
Escuchó un instante más y luego cortó.
Nuevamente la chica le dijo algo en seguida, pero él no contestó. Tomó un cigarrillo encendido —el de la chica— del cenicero y empezó a llevárselo a la boca, pero se le cayó de los dedos. La chica intentó ayudarle a encontrarlo antes que se quemara algo, pero él le dijo que se quedara quieta, por Dios, y ella retiró la mano.

FIN

Ejercicio obligatorio: Escribir un relato en narrador externo deficiente de mínimo 1400 palabras. El narrador externo deficiente es como una cámara que observa la escena, no puede haber pensamientos de los personajes ni opiniones del narrador ni explicaciones del pasado de los personajes...Debe consistir en una unica escena. La parte central del relato debe ser el diálogo entre DOS personajes, sólo dos personajes. Debe haber subtexto y una historia dentro de la historia. Se debe mostrar alguna acción interesante de los personajes mientras dialogan. Uno de los personajes debe repetir una palabra o muletilla con relativa frecuencia. El relato será realista


jueves, 21 de marzo de 2019

ESPACIO-TIEMPO-PERSONAJE

Nota: Se sugieren varios ejercicios, pero sólo el EJERCICIO OBLIGATORIO es obligatorio para la próxima semana. El resto son optativos y no se corregirán en clase (aunque pueden comentarse en tutorías). 

ESPACIO

- El espacio puede no ser un mero decorado donde sucede la acción.
- Una descripción del mismo puede ser tan apasionante y significativa como una escena tensa entre personajes.

Personaje y espacio.
- Usar el espacio para caracterizar la personalidad y el estado emocional de un personaje.
- Es conveniente centrarnos en lo atípico, lo raro, lo elementos excepcionales o imprevistos que tiene ese espacio. “Efecto casita de chocolate”.

Ejemplo 1:
 Lo que estaba delante de mí era un recibidor alumbrado por la única y débil bombilla que quedaba sujeta a uno de los brazos de la lámpara, magnífica y sucia de telarañas, que colgaba del techo. Un fondo oscuro de muebles colocados unos sobre otros como en las mudanzas. Y en primer término la mancha blanquinegra de una viejecita decrépita, en camisón, con una toquilla echada sobre los hombros.

Nada. Carmen Laforet.



Ejemplo 2:

Se sirvió otra copa en la cocina y miró los muebles del dormitorio, situados en la parte delantera de su jardín. Excepto el colchón desnudo y las sábanas a vivas rayas, que descansaban junto a dos almohadas sobre el chiffonier, todo mostraba un aspecto muy semejante al que había tenido el dormitorio: mesilla de noche y pequeña lámpara a su lado de la cabecera, mesilla de noche y pequeña lámpara al otro lado, el de ella.
       Su lado y el lado de ella.
       Pensó en ello mientras bebía a sorbos el whisky.
     El chifonier se encontraba a unos pasos del pie de la cama. Aquella mañana vació los cajones, y en la sala aparecían las cajas de cartón donde había metido lo que contenían. Junto al chifonier había una estufa portátil. Y al pie de la cama, una silla de bejuco con un cojín de diseño exclusivo. Los muebles de cocina, de aluminio bruñido, ocupaban parte del camino de entrada. Un enorme mantel de muselina amarilla —era un regalo— cubría la mesa y colgaba a los lados. Sobre la mesa había un tiesto con un helecho, una vajilla de plata en su caja y un tocadiscos. También eran regalos. Un gran televisor de consola descansaba sobre una mesa baja, y a unos pasos había un sofá y una butaca y una lámpara de pie. El escritorio estaba colocado contra la puerta del garaje, y en el camino de entrada había una caja de cartón con tazas, vasos y platos envueltos por separado en papel de periódico. Aquella mañana vació los armarios, y todo lo que había en ellos estaba fuera de la casa, salvo las tres cajas de cartón de la sala. Mediante un cable alargador tendido al exterior había conectado lámparas y aparatos. Todo funcionaba igual que cuando había estado dentro de la casa.

Por qué no bailáis. Raymond Carver.

Ejercicio sugerido: Describir el espacio personal propio: nuestro escritorio, nuestro dormitorio…

Espacio como metáfora:
- El espacio tiene un valor simbólico y metafórico dentro de la historia.
- El espacio no es sólo un lugar donde suceden los hechos, cobra una fuerza temática importante.


Ejemplo:
Había girasoles grandes como flores de Marte, y gruesas flores crestas-de-gallo sangrando sus flecos rojo intenso de cortinas de teatro. Había abejas vertiginosas y moscas como moñitos dando saltos mortales y zumbando en el aire. Árboles de duraznos dulces dulces. Rosas de espinas y cardos y peras. Hierbajos como tantas estrellas tuertas y matorrales que te dan comezón y comezón en los tobillos hasta que te los lavas con agua y jabón. Había grandes manzanas verdes duras como rodillas. Y por todas partes el olor soñoliento de madera podrida, tierra empapada y gruesos y polvosos holly hocks perfumantes como el pelo rubiazuloso de los muertos.

El jardín del mono. Sandra Cisneros.

- A veces el espacio familiar, ante la emoción del personaje, se ve distorsionado y adquiere ese valor metafórico.

Ejemplo:

La cocina parecía un lugar que nunca había visto antes, un cuarto al que había escapado pero que no le servía ahora, que no iba a ayudarla. La ventana de la cocina nunca había tenido cortinas, aun después de tres años, y había platos en el fregadero que habían dejado para que ella lavara, probablemente, y si deslizabas la mano sobre la mesa, probablemente te encontraras con algo pegajoso.

¿Dónde vas? ¿Dónde estuviste? Joyce Carol Oates.

Ejercicio sugerido: Elegir un concepto abstracto (la felicidad, la muerte, el triunfo, la locura, la infancia, la adolescencia…). Describir un espacio que represente ese concepto, sin mencionar el concepto. Intentar evitar tópicos (muerte-> cementerio, locura -> manicomio).

EL TIEMPO

Escena y resumen:
Resumen
- Al resumir acortamos el tiempo, podemos dar mucha información, pero, normalmente, suele faltar potencia dramática.
- La clave para hacer un buen resumen es añadir detalles concretos.

Ejemplo:

Allí hizo uso de su innato don de gentes y trabó amistad con un comandante amante del jazz. El comandante era un americano de origen italiano, de Nueva Jersey, bastante buen clarinete. Como el comandante trabajaba en el departamento de abastecimiento, podía traerle de América todos los discos que necesitara. En sus ratos libres solían interpretar jazz juntos. Shózaburó Takitani frecuentaba también el cuartel del comandante y, mientras bebían cerveza, escuchaban discos de alegre jazz de Bobby Hackett, Jack Teagarden o Benny Goodman, y se esforzaban en copiar sus frases. El comandante le proporcionaba, en las cantidades que él quería, leche, chocolate y otros alimentos muy difíciles de conseguir en aquella época.

Tony Takitani. Haruki Murakami.

Escena
- Por otro lado la escena visualizamos en tiempo real (más o menos) los hechos.
- Suele tener una gran potencia dramática y suele reservarse para momentos claves de nuestra narración (desenlaces, descubrimientos…).
- En una buena escena se necesita responder a las siguientes preguntas: ¿Dónde están los personajes? ¿Cuándo? (En qué momento) ¿Quiénes están involucrados en la escena? ¿Qué están haciendo?


Crucé el vestíbulo y giré a la izquierda. La puerta estaba abierta. Me detuve. Sentado en la barra de la ducha, sobre la bañera había un loro. Y en la alfombra un tigre adulto tumbado. El loro me ignoró y el tigre me otorgó una mirada indiferente y aburrida. Volví rápidamente a la habitación principal.
—¡Carol! ¡Dios mío, hay un tigre en el baño!
—Oh, es Dopey Joe. Dopey Joe no te hará nada.
—Sí, pero no puedo cagar con un tigre mirándome.
—Oh, que tonto. ¡Vamos, ven conmigo!
Seguí a Carol por el vestíbulo. Entró en el baño y dijo al tigre:
—Vamos, Dopey, muévete. El caballero no puede cagar si tú le miras. Cree que quieres comerle.
El tigre se limitó a mirar a Carol con indiferencia.
—¡Dopey, bastardo, que no tenga que repetírtelo! ¡Contaré hasta tres! ¡Venga! Vamos:
uno... dos... tres...
El tigre no se movió.
—¡De acuerdo, tú te lo has buscado!
Cogió a aquel tigre por la oreja y tirando de ella lo obligó a levantarse. El bicho bufaba, escupía; pude ver los colmillos y la lengua, pero Carol parecía ignorarle. Sacó a aquel tigre de allí por una oreja y se lo llevó al vestíbulo.

Animales hasta en la sopa. Charles Bukowski.



Flashbacks.
- Los flashbacks o escenas retrospectivas, pueden tener mucha fuerza en una narración ya que sirven para dar información sobre la vida pasada de los personajes y descubrir hechos ocultos.
- Sin embargo suelen tener problemas. Existen muchas otras formas de dar información sobre el pasado de nuestros protagonistas.
- En general, damos estas recomendaciones:
·        Que el flashback sea significativo y dramático, que vaya a aportar tensión a la narración y no ser un mero recurso para dar información. Ver, si se puede evitar el flashback.
·        Evitar, casi siempre, flashback dentro del flashback.
·        Cuidar que, en todo momento, sepa el lector en qué momento temporal se haya la narración, para no desorientarle. Demasiados saltos temporales suelen ser confusos.
·        Entrar y salir del flashback de forma suave y no de forma brusca.
·        Cuidar los tiempos verbales: si escribimos en presente, el flashback irá en pasado. Si la narración está en pasado, el flashback irá en pretérito pluscuamperfecto al principio y luego podemos cambiar al pasado al cabo de unas líneas.

PERSONAJE
- Para caracterizar a un personaje se puede usar:
La descripción: cómo viste, cómo huele…
La voz: Lo que dice y la forma de decirlo.
Los pensamientos: Lo que piensa el personaje.
La acción: Lo que hace el personaje.
La opinión del autor: Lo que nos cuenta directamente el autor del personaje.
- Es recomendable que basemos la caracterización del personaje en detalles plásticos, visibles, mostrar en vez de contar. Así la descripción, la voz y la acción suelen ser los métodos más eficaces de caracterización.
- Es conveniente usar más de un método de caracterización para enriquecer al personaje.

Ejemplo:
Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

A mí me parecía muy extraño que un hombre que amaba tanto el cielo pudiera amar también la tierra.

Crónicas de motel. Sam Shepard.

RELATO
Reunión John Cheever

La última vez que vi a mi padre fue en la Estación Gran Central. Yo iba de la casa de mi abuela, en los Adirondack, a una casa de campo en el Cabo alquilada por mi madre, y escribí a mi padre que estaría en Nueva York, entre dos trenes, durante hora y media, y le pregunté si podíamos almorzar juntos. Su secretaria me escribió diciendo que él se encontraría conmigo a mediodía frente al mostrador de información, y a las doce en punto lo vi venir entre la gente. Para mí era un desconocido —mi madre se había divorciado de él hace tres años y desde entonces no lo había visto— pero apenas lo vi sentí que era mi padre, un ser de mi propia sangre, mi futuro y mi condenación. Supe que cuando creciera me parecería a él; tendría que planear mis campañas ateniéndome a sus limitaciones. Era un hombre alto y apuesto, y me complació enormemente volver a verlo. Me palmeó la espalda y me estrechó la mano.
Hola, Charlie –dijo—. Hola, hijo. Me agradaría llevarte a mi club, pero está en la calle 60, y si tienes que tomar el tren será mejor que comamos aquí.
Me pasó el brazo sobre los hombros, y yo olí a mi padre del mismo modo que mi madre huele una rosa. Era una intensa mezcla de whisky, loción de afeitar, pomada de zapatos, lanas y el olor de un varón maduro. Abrigué la esperanza de que alguien nos viera juntos. Deseé que pudiéramos fotografiarnos. Quería conservar un recuerdo de nuestra reunión. Salimos de la estación y entramos por una calle lateral, y entramos en un restaurante.  Aún era temprano y el local estaba vacío. El cantinero estaba disputando con un repartidor, y al lado de la puerta de la cocina había un camarero muy viejo con una chaqueta roja. Nos sentamos y mi padre llamó en alta voz al camarero.
—¡Kellner! —gritó—. ¡Garçon! ¡Cameriere! ¡Usted! —en el restaurante vacío su estridencia parecía fuera de lugar—. ¡Alguien que pueda atendernos! —gritó—. Chop—chop —después, batió palmas. Así atrajo la atención del camarero, que arrastrando los pies se acercó a nuestra mesa.
—¿Usted golpeó las manos para llamarme? —preguntó.
—Cálmese, cálmese, sommelier —dijo mi padre—. Si no es demasiado pedirle… si no significa imponerle una obligación excesiva, desearíamos un par de Gibsons.
—No me gusta que me llamen golpeando las manos —dijo el camarero.
—Tendría que haber traído mi silbato —dijo mi padre—. Tengo un silbato que es audible solo para los camareros viejos. Bien, prepare su anotador y su lapicito y vea si puede escribirlo bien: dos Gibsons. Repita conmigo: dos Gibsons.
—Será mejor que vaya a otro lugar —dijo en voz baja el camarero.
—Esa —dijo mi padre— es una de las sugerencias más brillantes que he oído jamás—. Vamos, Charlie, salgamos de esta covacha.
Salí del restaurante con mi padre y entramos en otro. Esta vez no se mostró tan ruidoso. Llegaron las bebidas y me interrogó acerca de la temporada del campeonato de béisbol. Después, golpeó con el cuchillo el borde de la copa vacía y de nuevo empezó a gritar.
—¡Garçon! ¡Kellner! ¡Cameriere! ¡Usted! Puede molestarse en traernos dos más de lo mismo.
—¿Qué edad tiene el muchacho? —preguntó el camarero.
—Eso —dijo mi padre— qué mierda le importa.
—Lo siento, señor —dijo el camarero— pero no le serviré otra bebida al muchacho.
—Bien, tengo algo que decirle —dijo mi padre—. Tengo algo muy interesante que decirle. Ocurre que no es el único restaurante en Nueva York. Abrieron otro en la esquina. Vamos, Charlie.
Pagó la cuenta y salimos de ese restaurante y entramos en otro. Aquí, los camareros tenían chaquetas rosadas, como cazadores, y de las paredes colgaban diferentes arreos. Nos sentamos, y mi padre empezó a gritar otra vez.
—¡Perrero mayor! Iujuuú y todo eso. Queremos beber algo para el estribo. A saber, dos Bibsons.
—¿Dos Bibsons? —preguntó el camarero, sonriendo.
—Maldito sea, sabe muy bien lo que deseo —dijo irritado mi padre—. Quiero dos Gibsons, y de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Así me dice mi amigo el duque. Veamos qué puede darnos Inglaterra cuando pedimos un coctel.
—No estamos en Inglaterra —dijo el camarero.
—No discuta conmigo —replicó mi padre—. Haga lo que le ordenan.
—Pensé que tal vez desearía saber dónde está —dijo el camarero.
—Si hay algo que no puedo tolerar —dijo mi padre—, es a los criados insolentes. Vamos, Charlie.
El cuarto lugar era italiano.
—Buon giorno —dijo mi padre—. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti, forti. Molto gin, poco vermut.
—No entiendo italiano —dijo el camarero.
—Oh, vamos —dijo mi padre—. Entiende italiano, y claro que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.
El camarero se retiró y habló con su jefe, que se acercó a nuestra mesa y dijo:
—Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.
—Muy bien —dijo mi padre—. Denos otra mesa.
—Todas las mesas están reservadas —dijo el jefe de camareros.
—Entiendo —dijo mi padre—. No desean servirnos. ¿Es así? Bien, váyase a la mierda.  Vada all´inferno. Vamos, Charlie.
—Tengo que tomar mi tren —dije.
—Lo siento, hijito —dijo mi padre—. Lo siento muchísimo —me pasó el brazo sobre los hombros y me apretó contra su cuerpo —te acompañaré a la estación. Si  hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club.
—Está bien, papá —dije.
—Te compraré un diario —dijo—. Te compraré un diario, para que leas en el tren.
Se acercó a un puesto de periódicos y dijo:
—Amable señor, ¿tendría la bondad de hacerme el favor de venderme uno de sus malditos diarios vespertinos, esos que no sirven para nada y cuestan diez centavos?
El empleado se apartó de él y miró fijamente la tapa de una revista.
—¿Es mucho pedir, bondadoso señor —dijo mi padre—, es mucho pedir que me venda de esos asquerosos especímenes del periodismo amarillo?
—Tengo que irme, papá —dije—. Es tarde.
—Vamos, espera un momento, hijito —dijo—. Nada más que un segundo. Quiero que este tipo me conteste.
—Adiós, papá —dije, y bajé la escalera y abordé mi tren, y fue la última vez que vi a mi padre.
FIN

Otros métodos de caracterización:
- A través de objetos, al igual que el espacio, los objetos que posee un personaje pueden servir para decir quién es. (Ejemplo: Qué lleva en el bolso, en la mochila, qué esconde en los cajones…)


Un último detalle:
- Es conveniente introducir una contradicción en el personaje, para evitar que sea un personaje tópico. Ejemplo: Es una drogadicta pero tiene un doctorado, un boxeador aficionado a la poesía…

Relato:

Un durwan de verdad. Jhumpa Lahiri.

Mamá Boori, la mujer que barría la escalera, llevaba dos noches sin dormir, así que en la mañana anterior a la tercera noche, sacudió la colcha de su cama y a continuación sacudió las sábanas, una vez bajo los buzones donde vivía y una segunda vez en la puerta del callejón, lo que ahuyentó a los cuervos que se aprovisionaban de restos de verduras.
Cuando comenzó a ascender los cuatro pisos hasta el tejado, Mamá Boori se llevó la mano a la rodilla que siempre se le hinchaba al comienzo de cada estación de las lluvias. El ademán la obligó a soportar en la otra mano el peso del cubo, las sábanas y el hatillo de juncos que le servía de escoba. En los últimos tiempos Mamá Boori comenzaba a pensar que la escalera se tornaba más empinada cada día; cuando la subía, le parecía estar subiendo por una escalera de pintor. Tenía sesenta y cuatro años, llevaba el cabello recogido en un moño no mayor que una nuez y parecía casi tan delgada de frente como de través.
De hecho, lo único que parecía tridimensional en Mamá Boori era su voz: quebradiza y lastimera, amarga como la leche cuajada, aguda y estridente como para rayar la pulpa de un coco. Era con esta voz como enumeraba, dos veces al día, mientras barría la escalera, las penalidades y pérdidas sufridas desde que fuera deportada a Calcuta durante la Partición. Fue entonces, aseguraba, cuando el caos político la separó de un marido, cuatro hijas, una casa de dos pisos construida en ladrillo, un almari de palisandro y varios cofres cuyas llaves todavía conservaba, junto con los ahorros de toda una vida, anudados al extremo libre de su sari.
Dificultades aparte, la otra cosa que Mamá Boori se complacía en relatar era lo buenos que habían sido los tiempos pasados. No es de extrañar que, cuando llegó al rellano del segundo, el edificio entero estuviera al corriente del menú servido en la boda de su tercera hija.
—La casamos con un director de escuela. El arroz fue cocido en agua de rosas. Hasta el alcalde se presentó. Los invitados se lavaban las manos en cuencos de peltre. —Aquí hizo una pausa, recuperó el aliento y reajustó sus herramientas de trabajo bajo el brazo. Tras aprovechar para espantar a una cucaracha de los palos de la balaustrada, añadió—: El banquete incluía gambas con mostaza hervidas en hojas de banano. Nadie se privó de los manjares más exquisitos. Nosotros nos lo podíamos costear sin problemas. En casa comíamos carne de cabra dos veces por semana y teníamos un estanque de nuestra propiedad, siempre rebosante de peces.
A estas alturas, Mamá Boori podía ver los primeros rayos de luz que iluminaban la escalera. Aunque no eran más que las ocho, el sol irradiaba con la suficiente potencia para calentar los últimos escalones de cemento bajo sus pies. Era un edificio muy antiguo, donde el agua corriente todavía se almacenaba en bidones, con ventanas sin cristales y retretes ocultos tras un andamiaje de ladrillos.
—Un hombre recogía los dátiles y las guayabas para nosotros. Había otro que venía a cortar el hibisco. Allí supe lo que era la vida. Cuando cenaba, me servía de una cacerola para el arroz. —En este punto de la rapsodia, a Mamá Boori comenzaron a arderle los oídos; el dolor mordió a través de su rodilla hinchada—. ¿Les he dicho ya que tuve que cruzar la frontera con nada más que dos brazaletes en la muñeca? Y sin embargo hubo un día en que mis pies no pisaban otra cosa que el mármol. Pueden creerme o no, como quieran, pero ustedes ni se atreven a soñar con lujos como aquellos.
Nadie sabía bien qué había de verdad en las letanías de Mamá Boori. Para empezar, el perímetro de su antigua mansión parecía duplicarse a cada nuevo día, como lo hacían los bienes atesorados en sus cofres y almari. Nadie dudaba de su condición de refugiada; el acento con que hablaba bengalí lo dejaba claro. Con todo, a los vecinos de este edificio de apartamentos les costaba reconciliar las aseveraciones de Mamá Boori relativas a su antigua fortuna y con el más prosaico relato de cómo atravesó la frontera oriental de Bengala, junto a millares de refugiados, en la caja de un camión cargado con sacos de cáñamo. Y aún más, algunos días Mamá Boori insistía en haber llegado a Calcuta en un carro tirado por bueyes.
—¿Cómo llegó, pues? ¿En carro o en camión? le preguntaban a veces los niños cuando salían a jugar a policías y ladrones en el callejón.
A eso Mamá Boori respondía, meneando el extremo libre de su sari, a fin de que las llaves tintinearan:
—¿Qué importan los detalles? ¿Para qué arrancar la lima de una hoja de betel? Pueden creerme o no. En mi vida he pasado por penalidades que no pueden ni soñar.
Era cierto que embrollaba las cosas. Que se contradecía. Que adornaba casi todo cuanto decía. Y sin embargo, sus peroratas eran tan persuasivas, su alteración tan evidente, que no era fácil saber con qué carta quedarse.
¿Qué clase de terrateniente acababa barriendo escaleras? Eso era lo que el señor Dalal, del tercer piso, se preguntaba siempre al pasar junto a Mamá Boori, cuando iba y volvía de la oficina donde llevaba los pedidos a un distribuidor mayorista de tubos de goma, cañerías y accesorios diversos en la sección de College Street donde se alineaban los fontaneros.
«Bechareh, lo más probable es que se invente todos esos cuentos como forma de lamentar la pérdida de su familia», era la conjetura común entre las mujeres casadas.
—La boca de Mamá Boori está llena de ceniza, pero no olvidemos que ella es víctima del cambio de los tiempos —repetía el señor Chatterjee. Era éste un vecino que no había salido de su balcón ni abierto un periódico desde la independencia, aunque —quizá por ello mismo— sus opiniones siempre eran tenidas en consideración.
Con el tiempo circuló la teoría de que Mamá Boori una vez había trabajado como ayudante de un próspero zamindar del este, lo que explicaría su capacidad para exagerar el pasado a lo largo y a lo ancho. Sus guturales pretensiones no hacían daño a nadie. Todos estaban de acuerdo en que su presencia constituía un entretenimiento de primer orden. A cambio de alojarse bajo los buzones de la escalera, Mamá Boori mantenía la retorcida escalera limpia como una patena. Y, sobre todo, a los vecinos les agradaba que Mamá Boori, que dormía cada noche junto a una puerta plegable, montara guardia entre ellos y el mundo exterior.
Ninguno de los que vivían en ese edificio de apartamentos tenía grandes posesiones que merecieran ser robadas. La viuda del segundo piso, la señora Misra, era la única en disfrutar de teléfono. No obstante, los vecinos agradecían que Mamá Boori tuviera un ojo pendiente de cuanto pasaba en el callejón, filtrase a los vendedores ambulantes que acudían a vender peines o chales puerta a puerta, estuviera en disposición de llamar a un rickshaw en cosa de un momento y se las arreglara con cuatro escobazos para ahuyentar a cuanto personaje sospechoso se acercara a escupir, orinar o causar algún problema.
En pocas palabras, con el tiempo los servicios de Mamá Boori llegaron a asemejarse a los de un auténtico durwan. Aunque en circunstancias normales ésta no era ocupación de mujeres, Mamá Boori se tomaba a pecho su responsabilidad y mantenía una vigilancia no menos escrupulosa que la del mejor guardián casero a encontrar en Lower Circular Road, Jodhpur Park y demás barrios residenciales.
* * *
En el terrado, Mamá Boori colgó sus sábanas del alambre de tender. El alambre, extendido en diagonal de una esquina a la otra del parapeto, se interponía ante el panorama de antenas de televisión, anuncios comerciales y los distantes arcos del puente de Howrah. Mamá Boori consultó las cuatro esquinas del horizonte. A continuación abrió el grifo que había en la base de la cisterna. Se lavó la cara y los pies, y se pasó dos dedos por los dientes. Después comenzó a sacudir las sábanas por sus dos lados valiéndose de la escoba. De vez en cuando se detenía y echaba una mirada al cemento, en espera de identificar el bicho que le impedía dormir. Estaba tan absorta en su observación que tardó unos instantes en advertir la presencia de la señora Dalal, del tercer piso, que había subido para dejar secar al sol una bandeja de peladuras de limón.
—Hay algo en estas sábanas que no me deja dormir —anunció Mamá Boori—. Dígame, ¿ve usted alguna cosa?
La señora Dalal sentía debilidad hacia Mamá Boori y de vez en cuando le daba pasta de jengibre para que condimentara sus guisos.
—Yo no veo nada —dijo la señora Dalal al cabo de un momento. La señora Dalal tenía las pestañas casi transparentes y los dedos de los pies esbeltos y ornados de anillos.
—Entonces es que son bichos con alas —concluyó Mamá Boori, dejando la escoba para contemplar las nubes que pasaban en procesión—. Debe de echar a volar cuando voy a sacudirlos. Pero fíjese en mi espalda. Seguro que la tengo perdida de picaduras.
La señora Dalal alzó el pliegue del sari de Mamá Boori, una prenda barata y blanquecina, del color de una charca sucia. La mujer examinó la piel desnuda encima y debajo de su blusa, cuyo corte ya no se veía en ninguna tienda. Por fin dijo:
—Mamá Boori, me parece que son imaginaciones suyas.
—Le digo que esos bichos me están comiendo viva.
—Puede ser que el calor le produzca picazón —sugirió la señora Dalal.
Al oírlo, Mamá Boori sacudió el extremo libre de su sari e hizo tintinear sus llaves.
—Sé muy bien cuándo la picazón es culpa del calor —respondió. Esta picazón no es cosa del calor. Pero llevo tres noches sin dormir, quizá cuatro. ¿Quién sabe ya? Yo antes dormía en una cama limpísima, con sábanas de muselina. Me puede creer o no, pero teníamos unas mosquiteras suaves como la seda. Ustedes no pueden ni soñar con el lujo en que vivíamos.
—No puedo ni soñarlo —repitió la señora Dalal. Cerró sus pestañas transparentes y suspiró—. No puedo ni soñarlo, Mamá Boori. Lo que es yo, vivo en dos habitaciones desvencijadas, casada con un hombre que vende piezas de retrete.—La mujer volvió su rostro y examinó una de los sábanas. Su dedo repasó una de las costuras—. Mamá Boori, ¿cuánto tiempo lleva durmiendo en estas sábanas? —preguntó.
Mamá Boori se llevó un dedo a los labios antes de contestar que no lo recordaba.
—¿Y por qué no nos ha dicho nada hasta hoy? ¿Acaso piensa que no podemos darle unas sábanas limpias? ¿Aunque sea un hule? —La mujer tenía aspecto de sentirse insultada.
—No hace falta —respondió Mamá Boori—. Ahora ya están limpias. Por eso las sacudo con la escoba.
—No me venga con ésas —cortó la señora Dalal—. Necesita usted una cama nueva. Sábanas, una almohada. Una manta en invierno. —La señora Dalal enumeraba llevándose los dedos al pulgar.
—Los días de fiesta, dábamos de comer a los pobres del barrio —dijo Mamá Boori. Comenzó a llenar el cubo con el carbón apilado en el otro extremo del tejado.
—Ya hablaré con el señor Dalal cuando vuelva de la oficina —repuso la señora Dalal, enfilando la escalera—. Venga a verme por la tarde. Le daré unos pepinillos y algo de ungüento para la espalda.
—Esta picazón no es cosa del calor —respondió Mamá Boori.
Era cierto que el calor picajoso era frecuente durante la estación de las lluvias, pero Mamá Boori prefería pensar que lo que la irritaba en la cama, lo que le robaba el sueño, lo que picaba como guindillas en su piel y su cabeza de poco pelo, era de origen menos mundano.
Mamá Boori rumiaba estas cosas al ponerse a barrer —siempre barría la escalera de arriba abajo—, cuando de pronto comenzó a llover. La lluvia batió la superficie del terrado como un niño calzado con zapatillas demasiado grandes para sus pies, echando por el desagüe las peladuras de limón de la señora Dalal. Antes de que los peatones pudieran abrir sus paraguas, la lluvia se había colado por cuellos, bolsillos y zapatos. En todo el edificio, y en los edificios vecinos, las viejas persianas fueron cerradas y anudadas con cordón de enagua a los barrotes de las ventanas.
A todo eso, Mamá Boori ya estaba barriendo el rellano del segundo piso. La anciana alzó la mirada por las empinadas escaleras; el oprimente sonido del agua que se desplomaba le dijo que sus sábanas se estaban convirtiendo en yogur.
Pero en ese momento recordó la conversación sostenida con la señora Dalal. Así que continuó barriendo al mismo ritmo, el polvo, las puntas de cigarrillo y las papelinas de caramelo sembradas en los escalones, hasta que llegó a los buzones de la planta baja. A fin de impedir la entrada del viento, rebuscó entre sus cestas hasta encontrar unos periódicos que insertó en las aberturas en forma de diamante que había en la puerta plegable. A continuación puso el almuerzo a hervir sobre el cubo de carbón, graduando el fuego con ayuda de un abanico trenzado en palma.
* * *
Por la tarde, como era su costumbre, Mamá Boori se reajustó el moño, liberó el extremo de su sari y contó los ahorros acumulados durante toda una vida. La anciana acababa de despertarse de una siesta de veinte minutos, disfrutada en un lecho provisional elaborado con periódicos. Ya no llovía; el olor amargo de las hojas de mango húmedas se enseñoreaba del callejón.
Algunas tardes, Mamá Boori tenía por costumbre visitar a los vecinos de la escalera. Disfrutaba entrando y saliendo de sus pisos. Los vecinos, por su parte, se aseguraban de que Mamá Boori siempre se sintiera bienvenida y nunca cerraban el pestillo hasta que llegaba la noche. Los vecinos seguían con sus ocupaciones del momento, ya fueran éstas regañar a los niños, repasar los gastos de la casa o limpiar de piedras el arroz de la cena. De vez en cuando alguien le pasaba un vaso de té o la lata de galletas mientras jugaba con los niños a ver quién tiraba la ficha más cerca del rodapié. Poco acostumbrada a los muebles, Mamá Boori se acuclillaba en umbrales o pasillos para observar gestos y costumbres con el mismo espíritu del recién llegado que observa el tráfico en una ciudad que es nueva para él.
Esa tarde, Mamá Boori decidió aceptar la invitación de la señora Dalal. La espalda todavía le picaba, a pesar de haber dormido sobre periódicos; la verdad era que un poco de ungüento no le vendría mal. Cogió su escoba —sin ella, se sentía medio desnuda— y se disponía a subir la escalera, cuando un rickshaw se detuvo ante la puerta plegable.
Era el señor Dalal. Los años transcurridos revisando facturas y pedidos le habían dejado círculos morados bajo los ojos. Sin embargo, hoy su mirada relucía de brillo. El ápice de su lengua jugueteaba entre los dientes mientras cargaba con dos pequeños fregaderos de cerámica.
—Mamá Boori, tengo un trabajo para usted. Ayúdeme a subir estos fregaderos. —El señor Dalal se llevó un pañuelo doblado a la frente y la garganta y entregó una moneda al conductor del rickshaw. A continuación, ayudado por Mamá Boori, subió los fregaderos al tercer piso. Hasta que no estuvieron en el interior del apartamento, no anunció lo siguiente a la señora Dalal, Mamá Boori y algunos vecinos que les habían seguido con curiosidad: que sus horas llevando los números del distribuidor de tubos de goma, cañerías y accesorios diversos habían terminado para siempre. Que ese distribuidor, ansioso de respirar aire más puro, y cuyos beneficios se habían duplicado, se disponía a abrir un segundo comercio en Burdwan. Y que, tras evaluar lo concienzudo de su labor de años, el distribuidor había decidido ascender al señor Dalal a encargado de la tienda en College Street. Excitado por la noticia, el señor Dalal había adquirido dos fregaderos mientras cruzaba el barrio de los fontaneros de camino a su hogar.
—¿Y qué vamos a hacer con dos fregaderos en un piso de dos habitaciones? —preguntó la señora Dalal, que ya estaba de mal humor desde la pérdida de las peladuras de limón—. ¿Quién ha oído semejante cosa? Todavía tengo que cocinar en un hornillo de petróleo. No quieres ni oír hablar de instalar el teléfono. Y todavía estoy esperando la nevera que me prometiste al casarnos. ¿Y crees que con dos fregaderos está todo arreglado?
La subsiguiente disputa tuvo lugar a gritos, lo bastante altos para ser oídos desde los buzones de la entrada. La discusión fue lo bastante enérgica y prolongada para elevarse sobre el segundo chaparrón que cayó después de que se hiciera de noche. Fue una discusión lo bastante fuerte para distraer a Mamá Boori mientras barría la escalera de arriba abajo por segunda vez en la jornada, razón que la llevó a guardarse el relato de sus penalidades y su pretérito esplendor. Mamá Boori pasó la noche en un lecho de periódicos.
La disputa entre el señor y la señora Dalal todavía se arrastraba a la mañana siguiente, cuando una cuadrilla de obreros descalzos se presentó a instalar los fregaderos. Tras dar vueltas al asunto toda la noche, el señor Dalal había decidido instalar un fregadero en la sala de estar de su apartamento y el otro en la escalera del edificio, en el rellano del primer piso.
—Así todo el mundo podrá usarlo —explicó, yendo de puerta en puerta. Los vecinos estaban encantados; llevaban años cepillándose los dientes en agua de bidón servida en tazones.
Además, el señor Dalal pensaba que un fregadero en la escalera no dejaría de impresionar a las visitas. Ahora que era encargado de la empresa, a saber quién vendría a visitarle.
Los obreros trabajaron varias horas, subiendo y bajando la escalera y comiendo el almuerzo apoyados en cuclillas contra los palos de la balaustrada. Los obreros martilleaban, escupían, gritaban y soltaban juramentos, secándose el sudor con el extremo de sus turbantes. Su presencia impidió que Mamá Boori pudiera barrer la escalera en todo el día.
A fin de matar el tiempo, Mamá Boori buscó refugio en el terrado. Mientras paseaba entre los parapetos, las caderas le dolieron por efecto de la noche pasada entre periódicos. Tras consultar los cuatro extremos del horizonte, rasgó sus sábanas en tiras y tomó la decisión de abrillantar los palos de la balaustrada más tarde.
A última hora de la tarde, los vecinos se congregaron para admirar el trabajo del día. Incluso Mamá Boori tuvo que lavarse las manos en el chorro de cristalina agua corriente.
—El agua con que nos bañábamos en nuestra casa se perfumaba con pétalos y esencia de rosas. Pueden creerme o no, pero era un lujo con el que no pueden ni soñar.
El señor Dalal se ocupó de mostrar las diversas posibilidades que ofrecía el lavamanos. Primero abrió al máximo y cerró cada uno de los grifos. Luego abrió ambos grifos a la vez para ilustrar la diferente presión del agua. Si uno accionaba una pequeña palanca situada entre los grifos era posible llenar de agua el lavamanos.
—El último grito en elegancia —concluyó el señor Dalal.
Con todo, el resentimiento no tardó en aparecer entre las mujeres casadas. Como tenían que guardar cola cada mañana para cepillarse los dientes, a todas les frustraba la espera de su turno, la obligación de limpiar los grifos después de cada uso y la imposibilidad de dejar su propio jabón y pasta de dientes en la estrecha periferia del fregadero. Los Dalal contaban con su propio lavamanos; ¿por qué razón tenían ellos que compartir uno entre todos?
—¿Es que no tenemos derecho a tener nuestro propio lavamanos? —estalló una de ellas cierta mañana.
—¿Es que los Dalal son los únicos que pueden mejorar las condiciones del edificio? —preguntó otra.
Los rumores empezaron a desatarse: que, a raíz de su discusión, el señor Dalal había hecho las paces con su mujer tras comprarle dos kilos de aceite de mostaza, un chal de Cachemira y una docena de pastillas de jabón de sándalo; que el señor Dalal había pedido la instalación del teléfono a la compañía; que la señora Dalal se pasaba el día entero lavándose las manos bajo el grifo. Por si no bastara con todo eso, a la mañana siguiente un taxi destinado a la estación de Howrah hizo chirriar sus ruedas en el callejón: los Dalal se marchaban diez días a Simia.
—Mamá Boori, no piense que he olvidado lo que le dije. Le traeremos una manta de lana de las montañas —prometió la señora Dalal por la abierta ventanilla del taxi. La mujer llevaba en su regazo un bolso de cuero a juego con el reborde turquesa de su sari.
—¡Le traeremos dos mantas! —exclamó el señor Dalal, que estaba sentado junto a su mujer, ocupado en revisar sus bolsillos para cerciorarse de que su cartera estaba donde tenía que estar.
De todos los vecinos del edificio, Mamá Boori fue la única que les deseó buen viaje desde la puerta plegable.
Nada más marcharse los Dalal, las demás mujeres comenzaron a planear sus propias reformas. Una de ellas se decidió a vender varios de sus brazaletes de boda y encargó a un pintor que diera una nueva capa a las paredes de la escalera. Otra empeñó su máquina de coser e hizo venir a un desparasitador. Una tercera fue a la platería y devolvió un juego de platillos; quería pintar las persianas de amarillo.
Los obreros comenzaron a ocupar el edificio día y noche. A fin de evitar el continuo tráfico, Mamá Boori optó por dormir en el terrado. Eran tantos los que entraban y salían por la puerta plegable, tantos los que se agolpaban en el callejón a según qué horas, que la vigilancia de la escalera ya no tenía ningún sentido.
Al cabo de unos días, Mamá Boori también se llevó al terrado sus cestas y su cubo para cocinar. No había necesidad de lavarse en el lavamanos del primer piso; ella podía lavarse en el grifo de la cisterna, como siempre había hecho. Todavía tenía previsto pulir los palos de la balaustrada con los trapos arrancados a sus sábanas. A todo eso, seguía durmiendo envuelta en periódicos.
Vinieron más lluvias. Bajo el toldo con goteras, con un periódico prendido en la cabeza, Mamá Boori se sentaba en cuclillas y observaba a las hormigas del monzón desfilar por la cuerda de tender con los huevos en la boca. Los vientos húmedos acariciaban su espalda. Ya no le quedaban muchos periódicos.
Las mañanas se le hacían largas, y las tardes, más largas todavía. Ya no recordaba cuándo había bebido un vaso de té por última vez. Sin pensar más en sus penalidades ni en su antiguo esplendor, se preguntaba cuándo volverían los Dalal con sus nuevas sábanas.
Aburrida de estar en el terrado, deseosa de hacer un poco de ejercicio, Mamá Boori comenzó a pasear por el barrio durante las tardes. Con la escoba de juncos en una mano, el sari manchado de tinta de imprenta, caminaba por los mercadillos, gastando en chucherías los ahorros de toda una vida: un paquete de arroz hinchado hoy, unos anacardos mañana, un vaso de zumo de caña de azúcar al día siguiente. Un día anduvo hasta los quioscos de libros usados que había en College Street. Al día siguiente caminó aún más lejos, hasta los mercadillos de verduras del Bow Bazaar. Fue allí, mientras examinaba los palosantos y jackfruits expuestos en un mostrador, donde sintió que unas manos rebuscaban en el extremo libre de su sari. Cuando se volvió, lo que quedaba de sus ahorros de toda una vida y el manojo de llaves habían desaparecido para siempre.
Los vecinos la estaban esperando esa tarde cuando volvió a la puerta plegable. Los gritos indignados resonaron por toda la escalera cuando le comunicaron la noticia: alguien había robado el lavamanos de la escalera. La pared recién pintada exhibía un gran agujero del que salía una maraña de tubos de goma y cañerías. El suelo estaba sembrado de pedazos de yeso. Mamá Boori apretó el mango de su escoba, sin responder.
Furiosos, los vecinos prácticamente la subieron en volandas al terrado, donde se quedó plantada a un lado de la línea de tender mientras los vecinos la increpaban desde el otro lado.
—Para eso sirve —chilló uno de ellos, señalando a Mamá Boori—. Seguro que ella misma está conchabada con los ladrones. ¿Dónde estaba cuando se suponía que debía vigilar la puerta?
—Lleva días paseándose por la calle y hablando con el primero que se presenta —informó un segundo vecino.
—Le hemos dado carbón, le hemos ofrecido un lugar para dormir... ¿Cómo ha podido traicionarnos de esa manera? —quiso saber un tercero.
Aunque ninguno de ellos se dirigía directamente a Mamá Boori, ésta no cesaba de repetir:
—Tienen que creerme... Tienen que creerme... Yo no conozco a ningún ladrón...
—Llevamos años aguantando sus mentiras —respondieron ellos—. ¿Y ahora quiere que la creamos?
Las recriminaciones no cesaban. ¿Cómo se lo explicarían ahora a los Dalal? Por fin decidieron consultar la opinión del señor Chatterjee, a quien encontraron sentado en el balcón, absorto en la contemplación de un atasco de tráfico.
Uno de los vecinos del segundo piso explicó:
—Mamá Boori ha puesto en peligro la seguridad del edificio. Y todos tenemos cosas de valor. La viuda, la señora Misra, vive sola y tiene teléfono. ¿Qué podemos hacer?
El señor Chatterjee consideró sus argumentos. Mientras pensaba, se ajustó el chal que envolvía sus hombros y contempló el andamiaje de bambú que recientemente rodeaba su balcón. Las persianas que tenía a la espalda, incoloras desde la noche de los tiempos, aparecían recién pintadas de amarillo.
Por fin, respondió:
—Mamá Boori tiene la boca llena de ceniza. Pero eso no es nada nuevo. Lo novedoso radica en el aspecto de este edificio. Un edificio así requiere emplear a un durwan de verdad.
En consecuencia, los vecinos cogieron el cubo y los trapos, las cestas y la escoba de juncos de Mamá Boori y los echaron escaleras abajo, más allá de los buzones y la puerta plegable, al callejón. A continuación echaron a Mamá Boori. Lo que necesitaban era un durwan de verdad.
De todas sus pertenencias, Mamá Boori sólo se quedó con la escoba.
—Tienen que creerme, tienen que creerme —insistía aún, mientras su silueta se alejaba. Su mano tiró del extremo libre de su sari, pero nada tintineó.

FIN

La estructura de este relato es clásica:
1.                Presentación de personajes (en este caso un único protagonista).
2.                Planteamiento del conflicto.
3.                El personaje intenta resolver el conflicto pero aparecen obstáculos. Generalmente la situación empeora.
4.                Momento climático final y desenlace.

- Además el relato está escrito en tercera persona omnisciente.


EJERCICIO OBLIGATORIO: Escribir un relato que siga la estructura anterior (presentación de personajes-conflicto-intento de solución de conflicto y obstáculos-momento climático-desenlace). En tercera persona omnisciente. El relato que sea sobre algo que conozcamos bien, personal (que nos importe) y realista. Usar una descripción del espacio como metáfora. Usar todas las técnicas posibles para caracterizar a los personajes, en especial al protagonista. Cuanto más largo mejor. Recomendamos, como mínimo, 1400 palabras. PROHIBIDO usar flashback.
 

Finalmente todas las reglas pueden saltarse porque no son reglas, son consejos, trucos que ayudan. Con ideas novedosas se pueden conseguir resultados potentes:

RELATO
Niña de Jamaica Kincaid.

Lava la ropa blanca los lunes y ponla a secar en la piedra; lava la ropa de color los martes y ponla en el tendedero; no camines sin sombrero bajo el sol; prepara las frituras de calabaza con aceite dulce caliente; remoja tu ropa pequeña en cuanto te la quites; cuando compres algodón asegúrate de que no tenga goma, sino no aguantara ni el primer lavado; deja remojando el pescado una noche antes de que lo cocines; ¿es verdad que cantas benna en la escuela dominical?; come siempre de manera en que no le dé asco a los demás; los sábados trata de caminar como una señorita y no como la puta en la que parece te convertirás; no cantes benna en la escuela dominical; no debes hablar con vagos ni siquiera si te preguntan una dirección; no comas fruta en la calle, las moscas te perseguirán; pero yo no canto benna los domingos y mucho menos en la escuela dominical; así se cosen los botones, así se cose el dobladillo cuando veas que se está descosiendo para que evites parecer la puta en la que estoy segura te convertirás; así se plancha la camisa caqui de tu padre para que no queden arrugas; así se planchan los pantalones caqui de tu padre para que no queden arrugas; así se cultiva okra  lejos de la casa porque los árboles de okra atraen hormigas rojas; cuando cultives dasheen , asegúrate de echarle agua sino hará que tu garganta pique cuando te la comas; así se barren las esquinas; así se barre toda la casa; así se barre el patio; así se sonríe a los que no te caen muy bien; así se sonríe a los que detestas; así se sonríe a los que te caen bien; así se pone la mesa para el té; así se pone la mesa para la cena; así se pone la mesa si vas a tener un invitado importante para cenar; así se pone la mesa para la comida; así se pone la mesa para el desayuno; así te debes comportar en presencia de hombres que no conoces bien; así no reconocerán tan rápido la puta en la que te he dicho no te conviertas; asegúrate de bañarte a diario, incluso si es con tu propia saliva; no bajes a jugar a las canicas —no eres niño, lo sabes; no recojas flores por ahí—, podrías contagiarte algo; no tires piedras a los mirlos, porque podría no ser un mirlo; así se prepara el pan, así se prepara la doukona (4); así se prepara un plato de pimientos; así se hace la buena medicina contra el catarro; así se hace la buena medicina para expulsar niños antes de que se conviertan en niños; así se atrapa un pez; así se devuelve un pez que no quieras, para que no te pase algo malo; así se engatusa un hombre; así te engatusa un hombre; así se ama a un hombre, y si eso no funciona hay otras maneras de hacerlo, y si esas no funcionan, no te sientas mal por renunciar; así se escupe si te dan ganas; y así te quitas para que no caiga sobre ti; así se hacen nudos; siempre toca el pan para asegurarte que está fresco; ¿pero qué tal si el panadero no me deja sentir el pan?; ¿quieres decir que después de todo serás del tipo de mujeres a las que el panadero no deja tocar el pan?