jueves, 30 de marzo de 2017

-TERCERA SESIÓN

Hoy trataremos dos elementos técnicos:
Escribir con Narrador Externo Alter Ego, y
Narrar en presente.

Te animo a que a continuación leas el magnífico relato de Tobias Wolff titulado “El otro Miller”. Cuando lo leas te lo comentaré y pondremos la siguiente tarea.

El otro Miller, de Tobias Wolf



TOBIAS WOLFF

El otro Miller



Miller lleva dos días de pie bajo la lluvia esperando, junto al resto de la Compañía Bravo, que unos hombres de otra compañía aparezcan tambaleantes en la pista forestal donde ellos, los de la Bravo, aguardan emboscados. Cuando suceda esto, si llega a suceder, Miller sacará la cabeza del agujero donde está escondido y disparará todo el cargador de fogueo en dirección a la pista. Y lo mismo hará el resto de la Compañía Bravo. Y una vez hecho, saldrán de sus agujeros, se subirán a los camiones y volverán a la base.
Ese es el plan.
Miller no cree que vaya a funcionar. Todavía no ha visto un plan que funcione, y éste tampoco lo hará. Su escondrijo tiene varios centímetros de agua. Ha de mantenerse de pie en unos pequeños salientes que ha excavado en las paredes, pero la tierra es muy arenosa y éstos se derrumban continuamente. Lo que significa que tiene las botas empapadas. Además sus cigarrillos están húmedos. Además la primera noche de maniobras, masticando uno de los caramelos que se había traído para combatir el agotamiento, se le rompió el puente que tiene en los molares. Le ataca los nervios cómo se levanta y rechina cuando lo toca con la lengua, pero anoche perdió toda su fuerza de voluntad y ahora no puede evitar estar todo el rato tocándolo.
Cuando piensa en la otra compañía, sobre la que se supone que van a caer ellos, Miller ve una columna de hombres secos, recién comidos, alejándose del agujero donde él los aguarda. Los ve moverse fácilmente con unos ligeros macutos a la espalda. Los ve parándose a descansar y a fumar un pitillo, estirándose sobre fragantes hojas de pino, bajo los árboles, y el murmullo de sus voces haciéndose más y más tenue conforme se van quedando dormidos.
Esta es la pura verdad, por Dios que es verdad. Miller lo sabe igual que sabe que va a pescar un resfriado, porque siempre tiene esa mala suerte. Si él estuviera en la otra compañía, serían ellos los que estarían metidos en estos agujeros.
Miller hurga con la lengua en el puente roto y siente una punzada de dolor. Se pone rígido, le arden los ojos, aprieta los dientes contra el aullido que intenta escaparse de su garganta. Lo domina y observa a los hombres a su alrededor. Los pocos que alcanza a ver están aturdidos y pálidos. Del resto sólo distingue las capuchas de los ponchos, que sobresalen del suelo como si fueran rocas con forma de proyectil.
En este momento, con la mente en blanco a causa del dolor, Miller oye cómo rebota la lluvia en su propio poncho. Y luego oye el zumbido estridente de un motor. Un jeep se acerca por la pista, salpicando, patinando de lado a lado y lanzando una estela de goterones de barro. El propio jeep está cubierto de barro. Se desliza hasta detenerse frente a la posición de la Compañía Bravo y toca el claxon dos veces.
Miller mira alrededor para ver qué hacen los otros. Nadie se ha movido. Todos siguen de pie en sus agujeros.
El claxon vuelve a sonar.
Una pequeña figura emerge de entre unos árboles un poco más allá. Miller sabe que es el sargento por su estatura, tan corta que el poncho le llega casi hasta los tobillos. El sargento camina lentamente hacia el jeep; sus botas están completamente embarradas. Cuando llega junto al vehículo, introduce la cabeza por la ventanilla; un momento después la saca. Mira al suelo y da un puntapié a uno de los neumáticos, como si se hubiera concentrado para hacerlo. Luego alza la vista y grita el nombre de Miller.
Miller se lo queda mirando. Hasta que el sargento no vuelve a gritar su nombre, Miller no empieza la dura tarea de salir del escondrijo. Los otros hombres alzan sus pálidas caras para verlo cuando él pasa renqueante junto a sus agujeros.
—Acércate, muchacho —le dice el sargento. Se aleja un poco del jeep y le hace un gesto con la mano.
Miller lo sigue. Pasa algo. Miller lo sabe porque el sargento lo ha llamado «muchacho» en lugar de «pedazo de animal». Ya ha empezado a sentir un ardor en el lado izquierdo, donde tiene la úlcera.
El sargento mira al suelo.
—El caso es —empieza a decir. Se para y se vuelve hacia Miller—. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Carajo! ¿Sabías que tu madre estaba enferma?
Miller no dice nada, se limita a apretar los labios.
—Debía de estar enferma, ¿no?
Miller sigue callado y el sargento continúa:
—Falleció anoche. Te acompaño en el sentimiento.
Alza la vista y mira a Miller con tristeza, y Miller ve que la mano derecha del sargento empieza a elevarse por debajo del poncho y luego vuelve a caer al lado del cuerpo. Miller se da cuenta de que el sargento quiere darle unas varoniles palmadas en la espalda, pero el movimiento no llega a cuajar. Sólo se puede hacer esto si se es más alto o al menos se tiene la misma estatura que el otro.
—Estos chicos te llevarán a la base —le dice el sargento señalando al jeep con la barbilla—. Cuando llegues, llamas a la Cruz Roja y ellos se encargarán del resto. Intenta descansar un poco —añade, y luego se aleja en dirección a los árboles.
Miller recupera su equipo. Uno de los hombres junto a los que pasa en su camino de vuelta al jeep le dice:
—¡Eh, eh, Miller! ¿Qué ha sucedido?
Miller no contesta. Teme que si abre la boca empezará a reírse y lo echará todo a perder. Se sube al jeep con la cabeza gacha y los labios apretados y no levanta la vista hasta que no han dejado atrás la compañía, como a un kilómetro o así. El grueso cabo que va sentado al lado del conductor lo observa.
—Siento lo de tu madre —dice—. Eso sí que es un buen bajón.
—Lo que más —dice el conductor, que también es cabo. Le lanza una rápida mirada por encima del hombro.
Por un instante Miller ve su propia cara reflejada en las gafas de sol del conductor.
—Algún día tenía que suceder —susurra, y vuelve a bajar la vista.
A Miller le tiemblan las manos. Se las mete entre las rodillas y mira a través del plástico de la ventanilla los árboles que van dejando atrás. La lluvia tamborilea en la lona del techo. Él está a cubierto, y el resto sigue ahí fuera. Miller no puede dejar de pensar en los otros, de pie, empapándose bajo la lluvia, y ese pensamiento le da ganas de reírse y de golpearse la pierna. Nunca había tenido tanta suerte en su vida.
—Mi abuela murió el año pasado —dice el conductor—. Pero, claro, no es lo mismo que perder a una madre. Lo siento, Miller.
—No os preocupéis por mí —dice Miller—. Lo superaré.
El cabo gordo le dice:
—Mira, no creas que tienes que reprimirte por nosotros. Si tienes ganas de llorar o cualquier cosa, no te cortes. ¿No es verdad, Leb?
El conductor asiente con la cabeza.
—Suéltalo todo.
—No os preocupéis —dice Miller.
Le gustaría dejarles claro a estos tíos que no tienen que sentirse en la obligación de mostrarse afligidos todo el camino hasta Ford Ord. Pero si les contara lo que ha sucedido, darían la vuelta y lo devolverían a su agujero.
Miller sabe lo que ha sucedido. Hay otro Miller en el batallón con las mismas iniciales que él, W. P., y a este Miller es al que se le ha muerto la madre. Siempre están confundiendo su correo, y ahora la han liado con esto. Miller se hizo una idea clara del asunto en cuanto el sargento empezó a preguntarle por su madre.
Por una vez, todo el mundo está fuera y él está a cubierto. A cubierto, camino de una buena ducha, ropa seca, una pizza y un catre caliente. Ni siquiera ha tenido que hacer algo malo para conseguirlo. Ha hecho lo que le han dicho. El error era de ellos. Mañana descansará como le ha dicho el sargento que haga, irá a la enfermería por lo del puente y, tal vez, por qué no, al cine a la ciudad. Luego llamará a la Cruz Roja. Para cuando se aclare todo, será demasiado tarde para mandarlo de vuelta a las maniobras. Y lo mejor de todo es que el otro Miller no lo sabrá. El otro Miller tendrá todo un día más para pensar que su madre está viva. Incluso se podría decir que le está haciendo el favor de mantenerla viva.
El hombre sentado al lado del conductor se vuelve de nuevo y observa a Miller. Tiene unos ojos pequeños y oscuros en una cara grande, blanca, perlada de sudor. En su placa dice que se apellida Kaiser. Mostrando unos dientes pequeños y cuadrados, infantiles, dice:
—Lo estás llevando muy bien, Miller. La mayoría de los tíos se derrumban al enterarse.
—Yo también me derrumbaría —dice el conductor—. Cualquiera se derrumbaría. Es humano, Kaiser.
—Claro —dice Kaiser—. No estoy diciendo que yo sea diferente. Ése será el peor día de mi vida, el día que muera mi madre. —Parpadea rápidamente, pero no antes de que Miller vea cómo se empañan sus ojos diminutos.
—Todos tenemos que irnos —dice Miller—, antes o después. Esa es mi filosofía.
—Qué fuerte —dice el conductor—. Profundo de verdad.
Kaiser lo mira fijamente y le dice:
—Tranquilo, Lebowitz.
Miller se inclina sobre el asiento delantero. Lebowitz es un apellido judío. Eso significa que Lebowitz debe de ser judío. A Miller le gustaría preguntarle por qué está en el ejército, pero teme que Lebowitz se lo tome a mal. En su lugar le pregunta con un tono informal:
—No se ven muchos judíos hoy en día en el ejército.
Lebowitz mira al retrovisor. Sus gruesas cejas se arquean sobre las gafas de sol, luego mueve la cabeza y dice algo que Miller no llega a percibir.
—Tranquilo —repite Kaiser. Se vuelve hacia Miller y le pregunta que dónde tendrá lugar el funeral.
—¿Qué funeral? —dice Miller.
Lebowitz se echa a reír.
—¡Joder, tío! —exclama Kaiser—. ¿Es que nunca has oído hablar de eso que se llama stock?
Lebowitz se queda callado un momento. Luego vuelve a mirar al retrovisor y dice:
—Lo siento, Miller. Se me ha ido la olla.
Miller se encoge de hombros. En sus prospecciones bucales, la lengua presiona el puente con demasiada fuerza, y eso le obliga a contraerse súbitamente.
—¿Dónde vivía tu madre? —pregunta Kaiser.
—En Redding —contesta Miller.
Kaiser asiente.
—Redding —repite.
No deja de mirar a Miller, lo mismo que Lebowitz, que tiene la vista dividida entre el retrovisor y la carretera. Miller se da cuenta de que esperaban un tipo de actuación diferente a la que él les está ofreciendo, más emotiva y todo eso. Ya han visto a otros soldados perder a sus madres mientras estaban movilizados y tienen unos estándares a los que él no parece conformarse. Mira por la ventanilla. Están atravesando un puerto. A la izquierda de la carretera se ven parches de azul entre los árboles; luego llegan a una zona sin árboles y Miller ve el mar abajo, despejado hasta el horizonte bajo un intenso cielo azul. Salvo por algunos jirones de niebla en las copas de los árboles, han dejado las nubes atrás, en las montañas, sobre los soldados allí apostados.
—No me malinterpretéis —dice Miller—. Me apena mucho que haya muerto.
—Eso es lo que tienes que hacer. Echarlo fuera —dice Kaiser.
—Sencillamente no la conocía muy bien —dice Miller, y tras esta monstruosa mentira le invade una sensación de ingravidez. Al principio le resulta incómoda, pero casi inmediatamente empieza a disfrutarla. A partir de este momento puede decir cualquier cosa. Pone cara de tristeza—. Supongo que estaría más deshecho y todo eso si no nos hubiera abandonado como lo hizo. A mitad de la cosecha. Se largó sin más.
—Oigo un montón de rabia en tus palabras —le dice Kaiser—. Venga, sácalo todo. Reconócelo.
Miller lo ha sacado todo de una canción, pero ya no se acuerda de más. Baja la cabeza y se mira la puntera de las botas.
—Acabó con mi padre —dice pasado un rato—. Le rompió el corazón. Y me quedé yo con cinco hermanos, todavía chicos, que criar, además de atender la granja.
Miller cierra los ojos. Ve el sol poniéndose por detrás de un campo labrado y una banda de chavales avanzando entre los surcos con rastrillos y azadones al hombro. Mientras el jeep traza las cerradas curvas de la bajada del puerto, él les va describiendo las dificultades por las que tuvo que pasar como hermano mayor de la familia. Cuando llegan a la autopista de la costa y giran en dirección norte, pone fin a su historia. El jeep deja de traquetear y de colear. Ganan velocidad. Los neumáticos susurran suavemente en el asfalto. El aire silba una sola nota contra la antena de la radio.
            —En cualquier caso —dice Miller—, hace dos años que no recibo una carta de ella.
            —Parece de película —dice Lebowitz.
            Miller no está muy seguro de cómo tomárselo. Espera a ver qué más dice, pero Lebowitz se queda callado. Igual que Kaiser, que hace ya varios minutos que le he dado la espalda. Los dos tienen la vista clavada en la carretera. Miller se da cuenta de que han perdido interés. Se queda muy decepcionado, porque él se lo estaba pasando en grande tomándoles el pelo.
            Una de las cosas que les contó es cierta: hace dos años que no recibe una carta de su madre. Al principio de entrar en el ejército le escribió mucho, al menos una vez por semana, a veces dos, pero Miller le enviaba todas las cartas de vuelta sin abrir, y pasado un año, ella desistió. Intentó telefonearlo unas cuantas veces, pero él no se ponía al teléfono, de modo que también desistió de llamar. Miller quiere que entienda que su hijo no es de los que ponen la otra mejilla. Es un hombre serio. Si lo enfadas, lo pierdes.
            La madre de Miller lo enfadó al casarse con un hombre con el que no debería haberse casado. Phil Dove. Dove era el profesor de biología del instituto. Miller tenía problemas en clase y su madre fue a hablar con Dove y terminó prometida con él. Cuando Miller intentaba hacerla entrar en razón, ella se negaba a escuchar. Por su forma de actuar se diría que había pescado a un pez gordo en lugar de a alguien que tartamudeaba al hablar y se pasaba la vida diseccionando cangrejos.
            Miller hizo todo lo que pudo para impedir la boda, pero su madre estaba ciega. No quería darse cuenta de lo que tenía, de lo bien que estaban los dos sin necesidad de nadie más. A él esperándola infaliblemente en casa, con una cafetera recién hecha, cuando ella volvía del trabajo. Los dos tomándose el café y charlando de cualquier cosa o, tal vez, sin decir nada, sencillamente sentados hasta que la cocina se quedaba en penumbra y sonaba el teléfono o el perro empezaba a quejarse para que lo sacaran. Pasear al perro por el depósito de agua. Volver y cenar lo que les apetecía, a veces nada, a veces lo mismo tres o cuatro días seguidos, viendo los programas de la tele que les gustaban y yéndose a la cama cuando querían y no porque lo quería otra persona. Sencillamente el hecho de estar los dos en su propia casa.
            Phil Dove confundió tanto a su madre que ésta olvidó lo buena que era su vida. Se negaba a ver que lo estaba echando todo a perder.
            "Tú terminarás yéndote, en cualquier caso", le decía ella. "Te irás el año que viene o el otro".
            Lo que mostraba lo equivocada que estaba con respecto a él, porque él nunca la habría dejado, nunca, por nada del mundo. Pero cuando él decía esto, ella se reía como si supiera algo que él no sabía, como si él no hablara en serio. Pero él hablaba en serio. Hablaba en serio cuando le prometía que no se iría y hablaba en serio cuando prometía que nunca volvería a dirigirle la palabra si se casaba con Phil Dove.
            Ella se casó. Miller se quedó en un motel esa noche y las dos siguientes, hasta que se le acabó el dinero. Entonces se alistó en el ejército. Sabía que eso iba a afectarla, porque todavía le faltaba un mes para terminar en el instituto y porque su padre había muerto estando en el ejército. No en Vietnam, sino en Georgia, en un accidente. Se le cayó encima el contenedor lleno de agua hirviendo en el que él y otro hombre estaban sumergiendo la loza del comedor. Miller tenía seis años por entonces. Después de eso, a la madre de Miller le entró un odio feroz por el ejército, no porque su marido hubiera muerto —ella sabía de la guerra a la que se iba él, sabía de las emboscadas y de los terrenos minados—, sino por la forma en que había sucedido. Decía que el ejército ni siquiera logra que los hombres mueran de una forma digna.
            Tenía razón, además. El ejército era exactamente tan malo como ella pensaba, o peor. Te pasabas todo el tiempo esperando. Llevabas una existencia completamente estúpida. Miller la detestaba, minuto a minuto, pero había cierto placer en ese odio porque pensaba que su madre debía de saber lo desgraciado que era. Y ese conocimiento le causaría un gran dolor. Nunca sería tanto, sin embargo, como el dolor que ella le había causado, un dolor que se expandía de su corazón a su estómago, a sus dientes y a todo el resto del cuerpo, pero era el peor dolor que él podía causarle y serviría para que ella lo tuviera siempre presente.

Kaiser y Lebowitz se describen uno al otro sus hamburguesas favoritas. Su idea de la hamburguesa perfecta. Miller intenta no escuchar, pero sus voces no desaparecen, y pasado un rato no puede pensar en nada más que en filetes de carne picada, tomate y mostaza y filetes de carne picada entrecruzados con las marcas de la plancha, humeantes, con cebolla dorada por encima. Está a punto de pedirles que cambien de tema cuando Kaiser se vuelve y dice:
            —¿Qué? ¿Hay “gusa”?
            —No sé —responde Miller—. Supongo que algo me entraría.
            —Estábamos pensando en hacer una paradita. Pero si quieres que continuemos, no tienes más que decirlo. Tú eres el dueño de la situación. Quiero decir, técnicamente, se supone que tenemos que llevarte directamente a la base.
            —Podría tomar algo —dice Miller.
            —Así se hace. En momentos como éstos hay que conservar las fuerzas.
            —Podría tomar algo —vuelve a decir Miller.
            Lebowitz alza la vista al retrovisor, mueve la cabeza y vuelve a mirar a la carretera.
            Toman el siguiente cambio de sentido y se dirigen tierra adentro hasta un cruce donde hay dos gasolineras enfrente de dos restaurantes. Uno de los restaurantes tiene los cierres echados, así que Lebowitz se mete en el aparcamiento del Dairy Queen, al otro lado de la carretera. Apaga el motor, y los tres hombres permanecen sentados, inmóviles en el repentino silencio. Entonces Miller oye a lo lejos el sonido de un metal golpeando otro metal, el graznido de un cuervo, el crujido de Kaiser rebulléndose en el asiento. Un perro ladra delante de un remolque medio oxidado aparcado al lado. Un perro flaco, blanco y con los ojos amarillos. Ladra y se rasca al mismo tiempo, levantando una pata temblorosa, contra un cartel que muestra la palma de una mano y bajo ésta la leyenda: “CONOZCA SU FUTURO”.
            Se bajan del jeep y Miller cruza el aparcamiento detrás de Kaiser Y Lebowitz. El aire es caliente y huele a combustible. En la gasolinera, al otro lado de la carretera, un hombre de piel rosada, en bañador, intenta hinchar las ruedas de una bicicleta, tirando de la goma y maldiciendo a voces. Miller mueve con la lengua el puente roto, lo levanta ligeramente. Considera si debe intentar comerse una hamburguesa y decide que mientras tenga el cuidado de masticar con el otro lado no tiene por qué dolerle.
            Pero le duele. Después de un par de bocados, Miller aparta su plato a un lado. Con la barbilla descansando en una mano, escucha a Lebowitz y a Kaiser discutir sobre si se puede de verdad predecir el futuro. Lebowitz habla de una chica que conocía que tenía poderes.
            —Por ejemplo. Íbamos en el coche —dice—, y de pronto ella me decía exactamente lo que yo estaba pensando. Era increíble.
            Kaiser se termina la hamburguesa y bebe un sorbo de leche.
            —No es para tanto. Yo también podría. —Arrastra hasta su lado de la mesa la hamburguesa de Miller y le da un bocado.
            —Pues venga —dice Lebowitz—. Inténtalo. No estoy pensando en lo que tú crees que estoy pensando.
            —Sí, sí que lo estás.
            —Ahora sí —dice Lebowitz—, pero antes no.
            —Yo no dejaría que una vidente se me acercara siquiera —dice Miller—. Cuanto menos sepas, mejor estás, al menos así lo veo yo.
            —Más filosofía casera de la cosecha privada de W. P. Miller —dice Lebowitz. Mira a Kaiser, que se está terminando la hamburguesa de Miller—. Venga, ¿por qué no? Yo estoy dispuesto, si tú quieres.
            Kaiser mastica como un rumiante. Traga y se limpia los labios con la lengua.
            —Pues sí —dice—. ¿Por qué no? Siempre que aquí al compañero no le importe.
            —Importarme ¿qué? —pregunta Miller.
            Lebowitz se levanta y se pone las gafas de sol.
            —No te preocupes por Miller. Miller es un hombre tranquilo. Miller mantiene la cabeza sobre los hombros cuando a su alrededor todo el mundo ha perdido la suya.
            Kaiser y Miller se levantan de la mesa y siguen a Lebowitz afuera. Lebowitz se endereza y los tres cruzan el aparcamiento.
            —En realidad yo casi preferiría que siguiéramos camino —dice Miller.
            Cuando llegan al jeep se para, pero Lebowitz y Kaiser continúan.
            —¡Eh, escuchad! Tengo que hacer muchas cosas —les dice sin que los otros se vuelvan—. Tengo que llegar a casa.
            —Ya sabemos lo destrozado que estás —le dice Lebowitz, y sigue andando.
            —No tardaremos nada —dice Kaiser.
            El perro ladra una vez y luego, cuando ve que pretenden ponerse al alcance de sus dientes, rodea el remolque corriendo. Lebowitz llama a la puerta. Ésta se abre y aparece una mujer de cara redonda con unos ojos oscuros y hundidos y unos labios carnosos. Tiene un ligero estrabismo; un ojo parece que está mirando algo situado a su lado, mientras que el otro mira a los tres soldados que están en la puerta. Tiene las manos cubiertas de harina. Es gitana; gitana de verdad. Es la primera vez que Miller ve gitanos de verdad, pero la reconoce como reconocería a un lobo si alguna vez se encontrara con uno. Su presencia le hace hervir la sangre en las venas. Si él viviera en este lugar, volvería por la noche con más hombres, gritando y con antorchas en la mano, y la echarían de allí.
            —¿Está de servicio ahora? —pregunta Lebowitz.
            Ella asiente, limpiándose las manos en la falda. Éstas dejan unos surcos blancos en el colorido patchwork.
            —¿Los tres? —pregunta.
            —¿Usted qué cree? —pregunta Kaiser. Habla en un tono extrañamente alto.
            La mujer vuelve a asentir y su ojo sano pasa de Lebowitz a Kaiser y de Kaiser a Miller. Se queda mirando a este último, sonríe, arroja una sarta de palabras inconexas e incomprensibles, o tal vez un hechizo, como si esperara que Miller lo entendiera. Tiene uno de los dientes delanteros completamente negro.
            —No —dice Miller—. Yo no, señora. Yo no. —Y niega con la cabeza.
            —Pasen —dice la mujer poniéndose a un lado. Lebowitz y Kaiser suben los escalones y desaparecen en el interior del remolque—. Pase —repite. Y moviendo sus manos todavía blanquecinas de harina le hace un gesto para que entre.
            Miller retrocede, sin dejar de agitar la cabeza.
            —Déjeme —le dice a la mujer, y antes de que ésta pueda contestar se vuelve y se aleja.
            Vuelve al jeep y se sienta al volante con las puertas abiertas para que entre el aire. Miller siente cómo el calor va absorbiendo la humedad de su ropa de faena. Huele a la lona mohosa del techo del jeep y a su cuerpo agrio. Al otro lado del parabrisas, que está cubierto de barro salvo por un par de sucios semicírculos situados en cada extremo, ve a tres chicos orinando solemnemente contra la pared de la gasolinera.
            Miller se inclina para aflojarse las botas. Peleando con los cordones húmedos se le agolpa la sangre en la cara y su respiración se acelera.
            —Joder con los cordones —dice—. Maldita lluvia.
            Consigue deshacer los nudos y se sienta derecho, jadeando. Mira al remolque. Maldita gitana.
            No puede creerse que esos dos idiotas hayan entrado de veras. Venga a largar y a hacer el tonto. Eso demuestra lo imbéciles que son, porque todo el mundo sabe que no se juega con los videntes. No hay forma de saber lo que podría decir un vidente, y una vez dicho ya no se puede impedir que suceda. Después de oír lo que te aguarda ahí fuera, deja de estar ahí fuera, está aquí dentro. Para eso también podrías abrirle la puerta a un asesino.
            El futuro. ¿Es que no sabía ya todo el mundo lo bastante del futuro sin tener que andar profundizando en los detalles? Sólo hay que saber una cosa sobre el futuro: todo va a peor. Sabido esto, lo sabes todo. Asusta pensar en los datos concretos.
            Miller no tiene intención de pensar en los datos concretos. Se quita los calcetines empapados y se da un masaje en los pies, cuya blanca piel está completamente arrugada por la humedad. De vez en cuando alza la vista y mira al remolque, en donde la gitana está vaticinando el destino de Kaiser y Lebowitz. Miller canturrea unas notas. No pensará en el futuro.
            Porque es verdad: todo va a peor. Un día estás sentado delante de tu casa metiendo palitos en un hormiguero, oyendo el tintineo de los cubiertos y las voces de tu madre y tu padre charlando en la cocina; y al día siguiente una de las voces ha desaparecido. Y no vuelves a oírla. El paso de hoy a mañana es una emboscada.
            Da miedo pensar en lo que te aguarda. Miller ya tiene una úlcera, y las muelas llenas de agujeros. Su cuerpo ha empezado a avisarlo. ¿Qué pasará cuando tenga sesenta años? ¿O incluso dentro de cinco? Hace unos días, Miller vio en un restaurante a un tío de su edad, más o menos, en una silla de ruedas; una mujer le daba cucharadas de sopa mientras hablaba con las otras personas sentadas a la mesa. Las manos del chico descansaban enroscadas sobre su regazo, como un par de guantes que alguien hubiera dejado allí por descuido. El pantalón se le había subido casi hasta la rodilla, dejando ver una pierna pálida, inservible, con la carne pegada al hueso. Apenas podía mover la cabeza. La mujer que le daba de comer estaba demasiado entretenida charloteando con sus amigos y apenas reparaba en dónde metía la cuchara. La mitad de la sopa iba a parar a la camisa del chico. Éste tenía, sin embargo, unos ojos brillantes y una mirada alerta. Miller pensó: «Eso podría sucederme a mí».
            Podías encontrarte estupendamente y de pronto un día, sin que hicieras nada especial, un fallo en la circulación sanguínea te afectaba una zona del cerebro. Dejándote así. Y si no te sucedía al instante, te acabaría sucediendo sin duda a la larga, lentamente. Ése era el fin al que estabas destinado.
            Miller moriría un día. Lo sabe y se enorgullece de saberlo cuando todos los demás sólo fingen que lo saben, porque en secreto creen que vivirán para siempre. Pero ésa no es la razón por la que cree que no se puede pensar en el futuro. Hay algo todavía peor que eso, algo que no se debe tener en cuenta y que él no tendrá en cuenta.
            No lo tendrá en cuenta. Miller se reclina en el asiento y cierra los ojos, pero todos sus esfuerzos por adormecerse fracasan; detrás de sus párpados está completamente espabilado, nervioso y triste, buscando en contra de su voluntad aquello que teme encontrar, hasta que no le sorprende encontrarlo. Una simple verdad. Su madre también va a morir. Como él. Y no se puede saber cuándo. Miller no puede dar por supuesto que estará esperándolo para recibir su perdón cuando él finalmente decida que ya la ha hecho sufrir bastante.
            Miller abre los ojos y mira las desnudas formas de los edificios al otro lado de la carretera, cuyos contornos se difuminan en la suciedad del parabrisas. Vuelve a cerrar los ojos. Oye su respiración y siente el dolor conocido, casi muscular, de saber que está fuera del alcance de su madre. Que se ha colocado donde su madre no puede verlo ni hablarle ni tocarlo de esa manera suya, poniéndole descuidadamente las manos en los hombros cuando pasa por detrás de donde está él sentado y le pregunta algo o sencillamente se para perdida en sus pensamientos. Se supone que ésta ha sido su forma de castigarla, pero en realidad se ha convertido en un castigo para él. Comprende que tiene que acabar con aquello. Lo está matando.
            Tiene que acabar con aquello, y como si llevara todo aquel tiempo planeando ese día, Miller sabe exactamente lo que hará. En lugar de dirigirse a la Cruz Roja al llegar a la base, preparará su petate y cogerá el primer autobús de vuelta a casa. Nadie le culpará por ello. Ni siquiera cuando descubran el error que han cometido, porque es lo natural en un hijo afligido por la muerte de su madre. En lugar de castigarlo, probablemente le pedirán disculpas por haberle dado semejante susto.
            Tomará el primer autobús, aunque no sea un exprés. Irá lleno de mexicanos y de soldados. Miller se sentará junto a una ventanilla y dormitará. De vez en cuando saldrá de sus ensoñaciones y contemplará las verdes colinas y la rica tierra de los sembrados y las estaciones en las que entra el autobús, unas estaciones envueltas en el humo de los tubos de escape y en el rugido de los motores, donde la gente al otro lado de la ventanilla le mirará atontada, como si también acabara de despertarse. Salinas. Vacaville. Red Bluff. Cuando llegue a Redding, Miller tomará un taxi. Le dirá al taxista que se pare en Schwartz y que le espere unos minutos mientras compra un ramo de flores, y luego continuará camino, bajando por Sutter hasta Serra, pasará por la discoteca, el instituto, la iglesia de los mormones. Torcerá a la derecha al llegar a Belmont. A la izquierda en Park. Inclinado entonces sobre el asiento delantero irá diciendo: «Un poco más allá, más allá, más allá, ahí, ésa de ahí es».
            El sonido de las voces en el interior cuando llama al timbre. Se abre la puerta, las voces se acallan. ¿Quién es toda esta gente? Hombres de traje, mujeres con guantes blancos. Alguien tartamudea su nombre; le suena extraño, casi olvidado. W-W-Wesley. Una voz masculina. Miller está en el umbral, huele a perfume. Entonces alguien le saca las flores de la mano y las deja con las otras en la mesita. Vuelve a oír su nombre. Es Phil Dove viniendo hacia él desde el otro extremo de la habitación. Avanza despacio, con los brazos extendidos, como un ciego.
            —Wesley —dice—. Gracias a Dios que ya has llegado.





Traducción de Pilar Vázquez















Comentario a "El otro Miller"

Ahora que has leído el relato, quiero mostrarte sus claves técnicas para que, primero, lo apreciemos en su ingeniería de construcción y, segundo, intentes imitarlo.
Hablemos primero de un elemento sencillo pero básico que ha aparecido en este relato. Ya te dije en el primer trabajo que te propuse que hacer aparecer elementos que se repitan a lo largo de todo el relato le da mucha unidad a la obra. En este caso, te habrás dado cuenta, es el hecho de que Miller se hurgue con la lengua en el puente roto. A todos nos ha pasado alguna vez que algo te molesta en la boca y te pasas el rato tocándote con la lengua. Este es un buen elemento porque, además, todo el mundo se siente muy identificado con el hecho. Y como ves, no se olvida de utilizarlo a lo largo de todo el texto, diseminado, para que nos acordemos de su pequeño dolor pero, sobre todo, para dar unidad al texto.
Te animo, como ya te dije desde el primer relato a que utilices pequeños trucos como este. Pero “oblígate” a utilizarlos, no digas: “Lo repetiré cuando me acuerde”. Subraya un elemento que te aparezca al principio y repítelo varias veces a lo largo del texto. Eso produce familiaridad del personaje para con el lector, que ya lo siente suyo, como conocido.
Pero este detalle no es nada en relación a los recursos técnicos que despliega este texto, y que tiene que ver con el juego de las sensaciones que percibe el lector con relación a la información que el autor le va dando. Primero nos cuentan que la madre del muchacho ha muerto. Nosotros pensamos: “Vaya, pobre muchacho”. Pero al momento se nos da la información de que todo ha sido un error y nos sentimos aliviados: “Miller sabe lo que ha sucedido. Hay otro Miller en el batallón...”
Esta primera situación nos revela ya muchas cosas que tenemos que tener en cuenta.
Recuerdas que te dije que para empezar, la salsa de toda historia tiene que ver con “el conflicto”. Toda historia (relato, novela, teatro, película) debe plantear uno o varios conflictos. El primero que vemos es que el soldado no quiere estar en las maniobras militares entre el barro y la lluvia. El segundo es la contrariedad de que la madre haya muerto. Y el tercero es que en realidad no ha muerto y él tiene en sí el conflicto de si desvelar el error o irse a tomar una buena ducha, ponerse ropa seca, tomar una pizza y meterse en el catre. Esto nos hace estar enganchados a la historia con gran fidelidad. No dejaríamos de leer ahora.
Pero estos primeros párrafos establecen también para el lector las claves del juego de este narrador (me refiero al tipo de narrador, no al escritor). Este narrador habla en tercera persona (ya no es como los dos anteriores ejercicios que te encargué en los que escribías desde el “yo”, desde la primera persona), pero esta tercera persona no es la de un narrador omnisciente, este narrador no sabe todo lo que pasa, por ejemplo, en la cabeza de los soldados que acompañan al protagonista en el jeep. Este narrador sólo sabe lo que piensa y siente el personaje protagonista. Es un narrador externo (porque habla en tercera persona) alter ego, porque habla por medio de su cabeza.
Esta es la clave para que el relato funcione al final. Si estuviéramos ante un narrador omnisciente, o sea, que lo sabe todo, habría sabido también que la madre que había muerto realmente sí era la suya. Y si hubiera hecho el juego de engañarnos, los lectores, al final saldrían muy decepcionados porque pensarían que simplemente han sido engañados. No sé si conoces ese chiste tramposo en el que te dicen: “Un tipo llega a un bar. Pide un anís. Cuando el camarero se lo echa en el vaso, el tipo da tres golpecitos con el vaso en la barra del bar y de lo toma de un tirón. ¿Por qué sabemos que el tipo es un bombero?”. Entonces tú te pones a pensar: anís, tres golpecitos, de un tirón. Ni idea, no tienes ni idea. Se lo dices al que te está contando el chiste y él lo concluye diciéndote: “¡Hombre, porque va vestido de bombero y lleva su casco y su manguera”. Es un chiste del absurdo y, bueno, como chiste podría medio funcionar, pero en literatura ni podemos contar chistes ni podemos engañar a los lectores. Por eso el narrador del relato del que hablamos muestra al lector las reglas de su propio funcionamiento, que el lector acepta inconscientemente como reglas del juego.
Este tipo de narrador es el que tienes que utilizar para tu próximo trabajo: deberás hacer un relato con narrador externo alter ego, o sea ­—te lo repito—, un narrador que cuenta en tercera persona pero que sólo sabe lo que piensa y siente el protagonista. De los demás personajes sabe lo que ve y oye de ellos y, por supuesto lo que de ellos piensa el protagonista.
Pero aquí no queda ni el análisis ni tu tarea. La parte más importante del relato de Tobias Wolff es la utilización de los tiempos verbales. Como quizás hayas observado, todo el relato se cuenta en presente, los verbos se usan en presente: “Miller lleva dos días de pie bajo la lluvia...”. No ha dicho: “Miller llevaba dos días de pie bajo la lluvia”. La utilización de los verbos en presente da una sensación de mucha proximidad al lector (y también, a veces, nos recuerda al estilo de elaboración de los guiones de cine que están escritos siempre en ese tiempo verbal). Y te digo que es la clave de comprensión de este relato porque, como seguro que te has fijado, al final hay un cambio “mágico” al futuro que es el que permite la sorpresa final. Miller está sentado en el jeep pensando en su relación con su madre y de pronto comprende que debe dejar ese enfrentamiento con ella porque ya no tiene sentido. Entonces el narrador lo cuenta de la siguiente manera:
“Tiene que acabar con aquello (verbos en presente), y como si llevara todo aquel tiempo planeando ese día, Miller sabe (verbo en presente) exactamente lo que hará” (verbo en futuro que nos introduce en lo que imagina que hará y, por tanto, en un consecución de verbos en futuro). Y ahora empieza la lista de verbos en futuro: “preparará” su petate, “cogerá” el primer autobús, nadie le “culpará”, le “pedirán” disculpas, “tomará” el primer autobús, “irá” lleno de mexicanos, se “sentará” junto a una ventanilla”, “dormitará”, de vez en cuando “saldrá” de sus ensoñaciones, “contemplará” las verdes colinas... Es muy interesante que aquí deja por un momento de hablar de acciones y “nos despista” describiendo el paisaje, como para que no estemos muy concentrados en el tiempo verbal (y por lo tanto en la verdad de la acción o en el deseo de que tal acción ocurra). Luego continúa con los verbos en futuro: le “dirá” al taxista, “continuará” camino, “torcerá” a la derecha; inclinado entonces sobre el asiento “irá diciendo”. Y de pronto, el verbo en presente, el hachazo: “llama” al timbre (verbo en presente); se “abre” la puerta. Bueno, y lo demás ya lo sabes. De pronto el lector ha sido llevado hasta ese lugar y no se ha dado cuenta, de pronto está ahí, y la sorpresa es total.
Mira, Clara, si ese párrafo hubiera estado escrito en el mismo verbo en presente en el que se venía escribiendo: “prepara” su petate, “coge” el primer autobús, “toma” el primer autobús, “va” lleno de mexicanos, se “sienta” junto a una ventanilla”, “dormita”, de vez en cuando “sale” de sus ensoñaciones, “contempla” las verdes colinas... ¿Ves?, nosotros sentimos que se va acercando y podemos prever que algo va a pasar. Esta es una de las claves que todo escritor (sobre todo los escritores de guión) deben tener en cuenta: el lector siempre se va adelantando a los conocimientos “¿conquistará el chico a la chica?, “¿conseguirá meter un gol el jugador?” Siempre vamos completando, y el resultado de ese proceso da mayor o menor satisfacción a los lectores, según la reconstrucción de la que hayan sido capaces. Si un chico quiere conquistar a una chica y se lo pide y ella acepta, no hay historia. Siempre tiene que haber algo que lo dificulte. Son las claves de los conflictos, de los que antes hablamos.
En el relato, si lo hubiera escrito en el mismo tiempo verbal en el que venía contándolo, continuaría con los verbos en presente: le “dice” al taxista, “continúa” camino, “tuerce” a la derecha; inclinado entonces sobre el asiento “dice”. Y de pronto, el verbo en presente: “llama” (llama al timbre) y se “abre” la puerta, no tienen ya efecto alguno.
Esta, pues, debe ser la otra característica del relato que tienes que escribir: un relato con los verbos en presente. Y si ves la posibilidad, intenta jugar con esa misma estrategia de usar de pronto el futuro para volver después al presente. Pero esto sería ya para nota.
Cuando escribas en presente verás que todo el tono de tu relato se muestra absolutamente distinto a lo que hayas hecho antes. Esto te demostrará, una vez más, que lo que la gente llama “estilo” o “voz personal” no es más que un determinado tipo de técnica de contar (por más que a veces los escritores utilicen esas “técnicas” sin ser demasiado conscientes).
Esto por lo que respecta a tu tarea. Pero permíteme que siga analizando este relato. Analicemos sus partes temáticas, la manera en la que se suministra la información al lector.
1. El soldado recibe la noticia de la muerte de su madre y él sabe que es un error.
2. En el jeep Miller comienza a decir mentiras (se lo pasa bien diciéndolas) y eso sirve para informarnos a los lectores de que hace dos años que no recibe carta de su madre, porque al principio las recibía pero se las devolvía sin abrir. Y se nos cuenta el núcleo del enfado: ella se casó con otro (y ese otro, además, no era ni más ni menos que su profesor de biología). Y para mostrarle su enfado se alistó.
Bueno, esta información es demasiado potente, es el núcleo del conflicto principal de la obra. El autor del texto sabe que si pone mucho énfasis en este momento el lector puede concentrarse tanto en ello que puede empezar a dudar sobre si realmente quien ha muerto es su madre o la del otro. Si el lector llegara aquí a pensar que es realmente su madre la que ha muerto, el relato dejaría de tener efectividad. Permíteme un ejemplo: el otro día fui al cine con unos cuantos amigos. La película intentaba mostrar una cosa aunque en realidad al final se descubre que es otra. Una amiga mía (que además está terminando un máster en guión cinematográfico en Madrid, pero no sé si fue por eso), se dio cuenta en el minuto diez de la película de que todo era un engaño. Cuando salimos del cine comprobamos que los que habían caído en el engaño habían disfrutado de la película, los que se dieron cuenta de todo desde el principio no. Por eso este es el momento crucial del relato que estamos analizando. Y por eso Wolff juega al despiste de la acción principal con dos anzuelos muy buenos:
3. Primero: Las hamburguesas. El recurso a la comida me parece muy bueno porque posiblemente consigue generar en cualquier lector una alta capacidad de concentración en un objeto distinto del que venía hablándose. Y es curioso porque el propio autor dice que eso mismo es lo que le pasa al protagonista: “Pasado un rato no puede pensar en nada más que en filetes de carne picada”.
Piensa, por un momento, Clara, que tú estuvieras escribiendo ese relato y que realmente te lo estuvieses inventando (no es una historia que has oído o te han contado del servicio militar), y has llegado a ese punto: quieres despistar al lector porque ya estás pensando en darle la sorpresa final. ¡Es muy inteligente hablar de comida! y a la vez entra muy bien dentro de la lógica de los jóvenes militares: comer.
Ahora, pues, nos despistan del tema principal hablando de comida y parándose a comer. Esta parte argumental justifica, además, el tema al que pretendidamente tendría que estar enganchado todo lector: la suerte que ha tenido un soldado al que por un error le han librado de las maniobras y le va a permitir comerse una buena hamburguesa.
4. Segundo: temas esotéricos. Primero hablan de la posibilidad de saber lo que otro está pensando. Este tema es muy bueno, es muy atractivo, lleva al lector aún más lejos del asunto de si la madre ha muerto o no. Abre para nosotros como lectores distintas posibilidades de futuro. De hecho, cuando yo lo leí por primera vez me pregunté: “¿Hacia dónde va esta historia”. Con dos soldados medio descerebrados (se han construido muy bien estos dos caracteres con sus conversaciones sobre como consolar a Miller y sobre las hamburguesas y ahora sobre la chica que tenía poderes), y el Miller mentiroso que sigue el juego jugándosela, porque como le pillen le pueden arrestar, la historia parece que puede ir hacia algo inesperado (y quizás truculento). Y después, salen de la hamburguesería y se dirigen a la gitana pitonisa. Magnífico: cada vez pensamos menos en lo de la madre e ideamos nuevas resoluciones de la historia. Pero de pronto vuelve al jeep y se sienta. Y pensamos: “¿qué va a pasar?”. No sabemos. Y nos dejamos llevar. Vemos que comprende que lo de castigar a la madre es una tontería. Y pensamos: “quizás esta es la historia; todo este equívoco le va a servir para perdonar a la madre (que está viva)”. Y de pronto entra el juego del futuro que creemos que es sólo su pensamiento y cuando nos vamos a dar cuenta: ya ha llegado y es tarde. ¡Magistral!
Todo, como ves, desde mi punto de vista, está medido: es un creador de emociones, y como tal creador sabe manejarnos, darnos la información cuando quiere y como quiere para llevarnos a donde quiere que es a más emoción. Gran relato.

Esquema de funcionamiento del relato El otro Miller, de Tobías Wolff




Tercer trabajo a realizar

Pero tú sólo tienes dos elementos técnicos que practicar: Narrador externo alter ego (o narrador equisciente) y contar en presente.
Esta es tu tarea.
No olvides, además, utilizar elementos repetitivos que vayan apareciendo a lo largo de la trama y una última cosa:
Con el narrador externo empezarán a aparecer más diálogos. Dos consejos: equilibra la distribución de ellos en el texto: que no sean muy largos y que aparezcan diseminados por la pieza, no todos al final o en medio. Equilibra, piensa en la forma total.
El otro consejo: no utilices fórmulas muy estereotipadas y usadas de introducción del narrador como “dijo” o “dijo, mientras cerraba el libro” o “dijo, moviendo su mano en gesto despectivo”. Los “mientras... + acción” están muy vistos. Igual ocurre con los gerundios (“moviendo”, “insinuando”, “demostrando”, etc.). Ya verás como tienden a salirte mucho. ¿Qué debes hacer, entonces? Poner el guión y explicar la acción partiendo de cero. Te pongo un ejemplo:
Ejemplo tópico:
María le dio la llave.
—Haz una copia para mi madre —le dijo, con voz firme.
—Vale. Lo que tú digas —le contestó cogiendo la llave y guardándosela en el bolsillo.
—Pero no la pierdas —le dijo mientras se daba la vuelta y se dirigía a la puerta de la calle.
Una forma menos tópica:
María le dio la llave.
—Haz una copia para mi madre. —Su voz sonaba firme.
—Vale. Lo que tú digas. —Cogió la llave. Apartó su mirada de la de ella y metió la llave en el bolsillo.
—Pero no la pierdas. —Se dio la vuelta. Caminó decidida hacia la calle.
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Espero que lo entiendas y aprecies lo que te propongo.

jueves, 23 de marzo de 2017

EL CEMENTERIO DONDE ESTÁ ENTERRADO AL JOLSON




De Amy Hempel

De "Razones para vivir". 1985.
Traducción de Silvia Barbero.


—Cuéntame cosas que no me importe olvidar —dijo ella—. Que sean banalidades; de lo contrario, déjalo.
Empecé. Le conté que los insectos vuelan cuando llueve y que nunca se mojan porque no les cae una sola gota encima. Le conté que nadie en Estados Unidos había tenido un magnetófono antes de que Bing Crosby se comprase uno. Le conté que la luna tiene forma de plátano... que, cuando la vemos llena, la estamos viendo de canto.
La cámara hizo que me cohibiese y me callé. Nos enfocaba desde un soporte instalado en el techo, como esas cámaras que utilizan en los bancos para fotografiar a los ladrones. Nos enfocaba para dirigir la señal a las enfermeras que estaban al fondo del pasillo en la Unidad de Cuidados Intensivos.
—Sigue, chica —dijo—. Ya te acostumbrarás a ellas.
Tenía público. Seguí. ¿Sabía ella que Tammy Wynette había cambiado la letra de su canción? En serio. Que ahora canta «Apoya a tus amigos» en vez de «Apoya a tu hombre». Que Paul Anka había hecho lo mismo, le dije. Ahora canta «Vas a tener un hijo nuestro», en vez de «Un hijo mío». Que estaba ya harto de las quejas de las feministas.
—¿Qué más? —me preguntó—. ¿Sabes algo más?
Oh, sí.
Para ella siempre sabría algo más.
—¿Sabías que la primera vez que enseñaron a hablar a una chimpancé mintió? Cuando le preguntaron quién se lo había hecho en la mesa de trabajo, dio por señas el nombre del limpiador. Y cuando la presionaron, dijo que lo sentía mucho, que en realidad había sido el director del proyecto. Pero ella era madre, de modo que me imagino que tendría sus razones.
—Oh, eso está bien —asintió—. Una parábola.
—Hay más anécdotas sobre esa chimpancé —le dije—. Pero te romperían el corazón.
—No, gracias —y se rasca la mascarilla.

Parecemos dos forajidas buenas. Buenas o malas, yo aún no me acostumbro a la mascarilla. Siempre estoy tocando la parte caliente por donde sale, gracias a Dios, mi aliento. Ella está acostumbrada a la suya. Sólo se ata las cintas de arriba. Las otras —como buena profesional que es ya— las deja colgando.
Llamamos a este lugar Hospital Marcus Welby, en honor a la serie televisiva. Es ese edificio blanco con palmeras que aparecía como fondo de los títulos de crédito de aquella serie. Un hospital de Hollywood, aunque, en realidad, está varios kilómetros hacia el Oeste. Fuera del campo visual de la cámara, al otro lado de la calle, hay una playa.

Me presenta a una enfermera como la Mejor Amiga. El artículo es más íntimo que el pronombre posesivo. Me da a entender que ellas son las íntimas, la enfermera y mi amiga.
—Le contaba que en los viejos tiempos tomábamos ginger ale, de la marca Canadá Dry, y nos hacíamos a la idea de que estábamos en Canadá.
—Así de tontas éramos —digo.
—Podríais ser hermanas —dice la enfermera.
Me apuesto a que están preguntándose por qué he tardado tanto tiempo en llegar a este sitio tan glamuroso. Pero, ¿se lo preguntan?
No se preguntan nada.
Dos meses, y, ¿cuánto se tarda en llegar en coche?
La mejor explicación que puedo dar es la siguiente: tengo un amigo que trabajó durante un verano en un depósito de cadáveres. Me contaba anécdotas de ese lugar. La que más me impresionó no fue la más horripilante, pero fue la que más me impactó. Un hombre tuvo un accidente y destrozó su coche en la carretera 101, en dirección al Sur. No perdió el conocimiento. Pero se le había desgarrado un brazo hasta el hueso mismo y, cuando lo vio... le dio un susto de muerte.
Es decir, que se murió.
De modo que no me había atrevido a mirar más de cerca. Pero ahora lo hago, y espero sobrevivir.

Se sacude una mantita de verano, dejando al descubierto una pierna que no querrías ver por nada del mundo. Si exceptuamos eso, al mirarla comprendes que la ley exija que haya dos personas con el cuerpo en todo momento.
—He pensado en algo —dice—. Lo pensé anoche. Creo que aquí hace muchísima falta, y con urgencia. Ya sabes, que alguien lo haga por ti cuando no puedes hacerlo tú misma, pongamos por caso. Les llamas siempre que quieras... Por ejemplo, cuando no hay más remedio.
Coge el teléfono de la mesilla y se enrolla el cable alrededor del cuello.
—¡Mira! —exclama—. Fin del trayecto. —Sigue hablando, aunque aturdida por algo. Pero no sé por qué—. No consigo acordarme —me asegura—. Según la psiquiatra Kübler-Ross, ¿qué paso venía después de la Negación?
Creo recordar que el siguiente era la Ira. Después venían el Regateo, la Depresión y así sucesivamente. Pero me guardo mis suposiciones.
—Lo único que falta saber es... cuándo viene la Resurrección. Dios sabe que me gustaría hacerlo según mandan los cánones. Pero esa psiquiatra omitió la Resurrección.

Se ríe y me aferró a esa risa de la misma manera en que alguien colgado sobre un barranco se aterra a la cuerda que le lanzan.
—Cuéntame lo de la chimpancé que habla con las manos. ¿Qué hacen cuando el experimento termina y la chimpancé dice «No quiero volver al zoológico»? —como no contesto, añade—: Vale, entonces cuéntame otra historia de animales. Me gustan las historias de animales. Pero que no sea morbosa..., no quiero saber nada de perros guías que se quedan ciegos.
No, no pensaba contarle ninguna historia morbosa.
—¿Qué te parece una de perros para sordos? —le pregunto—. No están perdiendo audición, pero están volviéndose muy críticos. Por ejemplo, está la de ese perro labrador de Nueva Jersey que despierta a la madre sorda y la arrastra al dormitorio de su hija porque la niña está leyendo con una linterna debajo de las sábanas.
—Me estás matando —dice—. Sí, estás matándome del todo.
—Dicen que los perros inteligentes obedecen, pero que los más inteligentes saben cuándo deben desobedecer.
—Sí, los más inteligentes saben cuándo deben desobedecer. Ahora mismo, por ejemplo.

Está flirteando con el Buen Doctor, que acaba de entrar. A diferencia del Mal Doctor, que comprueba el gotero antes de dar los buenos días, el Buen Doctor dice cosas como «Dios no les dio a los epilépticos un tembleque elegante». El Buen Doctor se adjudica puntos por los minusválidos que podría haber atropellado en el aparcamiento. Como el Buen Doctor está un poco enamorado de ella, dice que quizás un año. Acerca una silla a la cama y sugiere que a lo mejor me gustaría pasar una hora en la playa.
—Cuando vuelvas, tráeme algo. De la playa o de la tienda de regalos —me dice—. Aunque sea feo.
El médico corre la cortina de la cama.
—¡Espera! —grita ella.
Me asomo.
—Cualquier cosa, salvo una suscripción a una revista.
El médico aparta la mirada.
Veo que su boca esboza una sonrisa.

Con frecuencia, lo que parece peligroso no lo es..., como, por ejemplo, las serpientes negras o las turbulencias en un cielo despejado. Mientras que las cosas que están ahí mismo, como esta playa, están cargadas de peligros. Un polvo amarillo que asciende de la tierra, el calor que hace madurar los melones por la noche... Son señales inequívocas que presagian terremotos. Puedes estar sentada aquí, trenzando tranquilamente los flecos de tu toalla, y la arena, de repente, te traga igual que un reloj de arena. El aire brama. En los apartamentos baratos de la costa, las bañeras se llenan solas y los jardines se levantan y se enrollan igual que olas verdes. Si no ocurre nada, el polvo irá a la deriva y el calor aumentará hasta que el temor se convierta en deseo. Sólo una catástrofe puede apaciguar esos nervios.

—Nunca se da cuando piensas en él, ¿verdad? —comentó una vez—. Terremoto, terremoto, terremoto.
—Terremoto, terremoto, terremoto —repetí yo.
Y no nos cansábamos de decirlo, como el aviofóbico que mantiene el avión en el aire con sus oraciones, hasta que una réplica resquebrajó el techo de la habitación.
Aquello ocurrió después del terremoto grande del 72. Estábamos en la universidad. Nuestro dormitorio se encontraba a ocho kilómetros del epicentro. Cuando terminó el corrimiento y mi pulso farfullero empezó a desacelerarse, ella hizo un bebedizo mezclando cinco partes de champán con una de zumo de naranja, y bromeó con la idea de vivir en Ocean View, Kansas. Le ofrecí llevarla en coche a Hawai, con arreglo a las teorías del nuevo mundo que, según pronosticaban los videntes, afloraría para la próxima vez, o la siguiente.
Ahora no podría decir esa palabra... siguiente.
—¿La siguiente de quién? —podría haberme preguntado ella.

¿Era yo la única en percibir que los expertos habían dejado de decir si y ahora hablaban de cuándo? Desde luego que no. Los temerosos podían contarse por miles. Observábamos a los escarabajos japoneses, a la busca de algún cambio en su comportamiento. Cualquier cambio podría significar una intensificación de la violencia natural.
Quería que ella tuviese tanto miedo como yo. Pero me decía:
—No sé, pero el caso es que no tengo miedo.
No le tenía miedo a nada, ni siquiera a volar.
Cuando tengo que viajar en avión, sueño que nos abrochamos el cinturón y que el avión avanza por la pista. Despega a unos cincuenta y cinco kilómetros por hora, y después ya estamos en el aire, rozando las copas de los árboles. Aun así, llegamos puntualmente a Nueva York.
Es muy agradable.
Una noche volé a Moscú de esa manera.

Sólo una vez había volado ella conmigo. Aquella vez que voló conmigo, comía nueces de macadamia mientras las alas pegaban botes. Sabe que la punta de las alas puede inclinarse nueve metros hacia arriba o hacia abajo sin que el avión se caiga. Ella se lo cree. Confía en las leyes de la aerodinámica. Mi mente se desbarajusta. Me cuesta trabajo aceptar que un buque de guerra flote, ya que todo el mundo sabe que el acero se hunde.
Ahora veo miedo en su cara, y no voy a procurar ahuyentárselo. Hace bien en tener miedo.
Después de un temblor, las noticias de las seis emiten la secuencia de una película en la que un grupo de alumnos de primer grado, a instancias de su maestra, amonestan al patio de recreo destrozado.
—Tierra mala —gritan, porque la ira es más fuerte que el miedo.

Pero hoy la playa está calma. Aquí todo el mundo está sedado, adormecido o parece indiferente. Las adolescentes se ponen unas a otras aceite de coco en las zonas del cuerpo a las que resulta difícil llegar por una misma. Huelen a esencia de copra. Abren con dificultad las polveras que parecen conchas de almejas. Los espejos atrapan el sol y arrojan un haz de rayos blancos sobre los hombres satinados. Las chicas se adornan el pelo húmedo con flores de seda con arreglo a lo que aprendieron en la revista Seventeen. Posan.
Unos tipos detienen sus coches tuneados para observarlas y de paso se toman unas cervezas. Se vuelven ruidosos cuando las chicas comprueban las líneas del bronceado. Cuando se les acaba la cerveza, se largan, alardeando de sus coches, bulevar arriba.
Sobre esta salud agresiva se alzan las terrazas gemelas de hierro forjado de Palm Royale —pintadas en un tono rosado igual que el de los flamencos—, donde cada vez que cambian las sábanas se muere alguien. Hay una ambulancia en la entrada de coches, y los residentes que aún quedan están asomados a los balcones, inquietos y en silencio, inclinados hacia adelante.
El océano que contemplan es peligroso, y no sólo por la resaca. Casi pueden verse los coletazos de los tiburones toros, acechantes.
Si ella mirase, podría verlo, podría ver parte de esto, desde la ventana. Sería la primera en decir que qué poco hace falta para que todo se eche a perder.

¡Cuando regresé a la habitación había una segunda cama!
El corazón me latió dos veces antes de comprender qué significaba aquello. Entonces se hizo tan patente como un ataúd abierto.
«Quiere que esté con ella en todo momento», pensé. «Quiere mi vida.»
—Acaba de irse Gussie, te la has perdido —me dijo nada más entrar.
Gussie es la criada de sus padres, ciento treinta y cinco kilos de narcolepsia. A menudo le dan los ataques ante la tabla de la plancha. Todas las fundas de las almohadas de la familia están ribeteadas de quemaduras.
—Ha tenido que ser un viaje duro para ella —le digo—. ¿Cómo está?
—Bueno, no se ha quedado dormida, si te refieres a eso. Gussie es fantástica. ¿Sabes lo que me ha dicho? Pues me ha dicho: «Cariño, déjate ya de tantas mortificaciones. Sigue rezando, arrodíllate ante el Señor...», yo, que ni siquiera puedo levantarme de la cama.
Se encogió de hombros.
—¿Me estoy perdiendo algo?
—El tiempo presagia terremoto —le contesté.
—Lo mejor que puede hacerse con los terremotos es no vivir en California.
—Un consejo muy útil —le dije—. Hablas igual que el reverendo Ike: «Lo mejor que puede hacerse por los pobres es no ser uno de ellos.»
El reverendo Ike nos vuelve locas.
Me di cuenta de que tenía la cara hinchada.
—¿Sabes una cosa? Me siento muy mal. Tengo la intención de dejar de divertirme.
—Los antiguos tenían un dicho: «Hay momentos en que los lobos callan y momentos en que la luna aúlla.»
—¿Qué es eso? ¿De los indios navajo? —me preguntó.
—Un graffiti en el vestíbulo de Palm Royale —le contesté—. He comprado el periódico. Te leeré algo.
—¿Aunque no me interese nada?
Lo abrí por la página de trivialidades. Le dije:
—¿Sabías que a los flamencos, cuantas más gambas comen, más rosadas se les ponen las plumas? ¿Sabías que los esquimales necesitan congeladores? ¿Sabías por qué los esquimales necesitan congeladores? ¿Sabías que los esquimales necesitan congeladores porque, si no, de qué otra manera iban a evitar que se les congelara la comida?
Me fui a la página tres, a una sección de noticias de agencia fechada en la ciudad de México. Le leí la noticia titulada HOMBRE ROBA BANCO CON POLLO. Trataba de un hombre que compró un pollo asado en un puesto callejero que había a una manzana del banco. Al pasar por delante del banco, tuvo una idea. Entró y se dirigió a una ventanilla. Apuntó con la bolsa de papel a la cajera y ella le dio los ingresos del día. El olor de la salsa de barbacoa facilitó su captura.

Dijo que la historia le había dado hambre. De modo que entré en el ascensor y bajé seis plantas para ir a la cafetería. Regresé con todo el helado que me había encargado. Me tumbé en la cama contigua a la suya. Ambas teníamos las camas regulables elevadas para disfrutar de una visión óptima del televisor. Desperdigamos por las sábanas los envoltorios de los helados y picoteamos almendras tostadas de entre las gasas. Éramos Lucy y Ethel, Mary y Rhoda in extremis. Las persianas estaban echadas para evitar reflejos en la pantalla.
Vimos una película protagonizada por unos hombres con los que antes creíamos que nos hubiera gustado acostarnos. El de ella era un poli duro que intentaba detener al mío, un violador despiadado que perseguía a camareras especializadas en recepciones.
—Es una buena película —dijo en la escena en que unos francotiradores abatían a los dos.
Yo ya la echaba de menos.

Una enfermera filipina entró de puntillas y le puso una inyección. Antes de irse, recogió de la mesita de noche los palos de los helados, suficientes para entablillar a un animal pequeño.
La inyección nos puso soñolientas a las dos. Nos dormimos.
Soñé que ella era una decoradora que estaba arreglándome la casa. Trabajaba en secreto, cantando para sus adentros. Cuando terminó, me condujo, orgullosa, hasta la puerta.
—¿Qué te parece? —me preguntó, mientras me empujaba delicadamente al interior.
Cada viga, alféizar, estante y pomo estaba adornado con banderitas alegres, y unas serpentinas de crespón de color pastel ribeteaban los brillantes espejos.

—Tengo que ir a casa —le dije cuando se despertó.
Creyó que por casa quería decir su casa en el Cañón, y tuve que decirle: No, mi casa. Me retorcí las manos de la manera convencional en que lo hace la gente que sufre. Se suponía que yo tendría que ofrecerle algo. La Mejor Amiga. Ni siquiera podía ofrecerle que regresaría.
Me sentí débil y pequeña y fracasada.
También eufórica.
En el aparcamiento me esperaba un descapotable. Una vez fuera de aquella habitación, bajaría a toda velocidad por la Autopista de la Costa, aspirando en el aire un olor a cangrejo. Una parada en Malibú para tomar sangría. La música en aquel lugar sería sensual y ruidosa. Tomaría papaya con gambas y helado de sandía. Después de la cena, reluciría de ansia, zumbaría de calor, vibraría de vida y me pasaría toda la noche despierta.

Sin articular palabra, se arrancó de un tirón la mascarilla y la tiró al suelo. Le dio una patada a la manta y se dirigió a la puerta. Debió de haberle dado mucho coraje tener que detenerse para respirar y mantener el equilibrio antes de salir, dando un portazo, de la zona de aislamiento y de la habitación contigua, esa donde había que desinfectarse y ponerse las mascarillas blancas.
Una voz alarmada gritó su nombre, y el personal corrió por el pasillo. Llamaron al Buen Doctor por el interfono. Abrí la puerta, y las enfermeras que estaban en el puesto de enfermería me lanzaron una mirada recriminatoria, como si esa huida hubiese sido idea mía.
—¿Dónde está? —pregunté, y señalaron con la cabeza el cuartito de las medicinas.
Me asomé. Dos enfermeras estaban arrodilladas junto a ella, hablándole en voz baja. Una le sujetaba una mascarilla sobre la nariz y la boca, la otra le masajeaba la espalda con lentos movimientos circulares. Las enfermeras levantaron la vista para ver si yo era el médico... y, como no lo era, siguieron con lo suyo.
—Cariño, ya ha pasado, ya ha pasado —le susurraban.

La misma mañana en que la llevaron al cementerio, aquel cementerio donde está enterrado Al Jolson, me matriculé en un cursillo para vencer el miedo a volar en avión.
—¿A qué le tiene más miedo? —me preguntó el instructor, y le respondí:— A que termine este curso y siga teniendo miedo.

Duermo con un vaso de agua encima de la mesilla de noche para así poder ver por el nivel si es el suelo de la costa el que está temblando o si soy yo la que sigue convulsionándose. ¿Qué recuerdo?
Sólo recuerdo las trivialidades que oigo: que la madre de Bob Dylan inventó el tipex, que en una habitación tienen que reunirse veintitrés personas para que haya un cincuenta por ciento de posibilidades de que dos de ellas cumplan año el mismo día. ¿A quién le importa que sea cierto o no? En mi cabeza hay toallas de baño que envuelven esas historias. Nada más se filtra.
Repaso los detalles que aparecerán cuando vuelva a contar todo aquello: un beso a través de una gasa quirúrgica, una mano pálida que corrige la posición de la peluca...
Tomé nota de todos esos gestos a medida que iban ocurriendo, no retrospectivamente..., aunque no sé por qué el hecho de mirar atrás debiera revelarnos más cosas que un simple mirar a.
Es posible que diga que me quedé a pasar la noche.
¿Hay alguien que pueda decir lo contrario?

Me acuerdo de la chimpancé, la de las manos parlantes.
En el transcurso del experimento, aquella chimpancé tuvo una cría. Imagínense el entusiasmo que debieron de sentir sus adiestradores cuando la madre, por iniciativa propia, empezó a hablar por señas a su cría recién nacida.
Cariño, bebe leche.
Cariño, juega a la pelota.

Y cuando la cría murió, la madre se inclinó sobre el cuerpo, moviendo sus manos arrugadas con una elegancia animal, formando una y otra vez las palabras: Cariño, dame un abrazo, expresándose con fluidez en el lenguaje del dolor.