jueves, 21 de marzo de 2019

ESPACIO-TIEMPO-PERSONAJE

Nota: Se sugieren varios ejercicios, pero sólo el EJERCICIO OBLIGATORIO es obligatorio para la próxima semana. El resto son optativos y no se corregirán en clase (aunque pueden comentarse en tutorías). 

ESPACIO

- El espacio puede no ser un mero decorado donde sucede la acción.
- Una descripción del mismo puede ser tan apasionante y significativa como una escena tensa entre personajes.

Personaje y espacio.
- Usar el espacio para caracterizar la personalidad y el estado emocional de un personaje.
- Es conveniente centrarnos en lo atípico, lo raro, lo elementos excepcionales o imprevistos que tiene ese espacio. “Efecto casita de chocolate”.

Ejemplo 1:
 Lo que estaba delante de mí era un recibidor alumbrado por la única y débil bombilla que quedaba sujeta a uno de los brazos de la lámpara, magnífica y sucia de telarañas, que colgaba del techo. Un fondo oscuro de muebles colocados unos sobre otros como en las mudanzas. Y en primer término la mancha blanquinegra de una viejecita decrépita, en camisón, con una toquilla echada sobre los hombros.

Nada. Carmen Laforet.



Ejemplo 2:

Se sirvió otra copa en la cocina y miró los muebles del dormitorio, situados en la parte delantera de su jardín. Excepto el colchón desnudo y las sábanas a vivas rayas, que descansaban junto a dos almohadas sobre el chiffonier, todo mostraba un aspecto muy semejante al que había tenido el dormitorio: mesilla de noche y pequeña lámpara a su lado de la cabecera, mesilla de noche y pequeña lámpara al otro lado, el de ella.
       Su lado y el lado de ella.
       Pensó en ello mientras bebía a sorbos el whisky.
     El chifonier se encontraba a unos pasos del pie de la cama. Aquella mañana vació los cajones, y en la sala aparecían las cajas de cartón donde había metido lo que contenían. Junto al chifonier había una estufa portátil. Y al pie de la cama, una silla de bejuco con un cojín de diseño exclusivo. Los muebles de cocina, de aluminio bruñido, ocupaban parte del camino de entrada. Un enorme mantel de muselina amarilla —era un regalo— cubría la mesa y colgaba a los lados. Sobre la mesa había un tiesto con un helecho, una vajilla de plata en su caja y un tocadiscos. También eran regalos. Un gran televisor de consola descansaba sobre una mesa baja, y a unos pasos había un sofá y una butaca y una lámpara de pie. El escritorio estaba colocado contra la puerta del garaje, y en el camino de entrada había una caja de cartón con tazas, vasos y platos envueltos por separado en papel de periódico. Aquella mañana vació los armarios, y todo lo que había en ellos estaba fuera de la casa, salvo las tres cajas de cartón de la sala. Mediante un cable alargador tendido al exterior había conectado lámparas y aparatos. Todo funcionaba igual que cuando había estado dentro de la casa.

Por qué no bailáis. Raymond Carver.

Ejercicio sugerido: Describir el espacio personal propio: nuestro escritorio, nuestro dormitorio…

Espacio como metáfora:
- El espacio tiene un valor simbólico y metafórico dentro de la historia.
- El espacio no es sólo un lugar donde suceden los hechos, cobra una fuerza temática importante.


Ejemplo:
Había girasoles grandes como flores de Marte, y gruesas flores crestas-de-gallo sangrando sus flecos rojo intenso de cortinas de teatro. Había abejas vertiginosas y moscas como moñitos dando saltos mortales y zumbando en el aire. Árboles de duraznos dulces dulces. Rosas de espinas y cardos y peras. Hierbajos como tantas estrellas tuertas y matorrales que te dan comezón y comezón en los tobillos hasta que te los lavas con agua y jabón. Había grandes manzanas verdes duras como rodillas. Y por todas partes el olor soñoliento de madera podrida, tierra empapada y gruesos y polvosos holly hocks perfumantes como el pelo rubiazuloso de los muertos.

El jardín del mono. Sandra Cisneros.

- A veces el espacio familiar, ante la emoción del personaje, se ve distorsionado y adquiere ese valor metafórico.

Ejemplo:

La cocina parecía un lugar que nunca había visto antes, un cuarto al que había escapado pero que no le servía ahora, que no iba a ayudarla. La ventana de la cocina nunca había tenido cortinas, aun después de tres años, y había platos en el fregadero que habían dejado para que ella lavara, probablemente, y si deslizabas la mano sobre la mesa, probablemente te encontraras con algo pegajoso.

¿Dónde vas? ¿Dónde estuviste? Joyce Carol Oates.

Ejercicio sugerido: Elegir un concepto abstracto (la felicidad, la muerte, el triunfo, la locura, la infancia, la adolescencia…). Describir un espacio que represente ese concepto, sin mencionar el concepto. Intentar evitar tópicos (muerte-> cementerio, locura -> manicomio).

EL TIEMPO

Escena y resumen:
Resumen
- Al resumir acortamos el tiempo, podemos dar mucha información, pero, normalmente, suele faltar potencia dramática.
- La clave para hacer un buen resumen es añadir detalles concretos.

Ejemplo:

Allí hizo uso de su innato don de gentes y trabó amistad con un comandante amante del jazz. El comandante era un americano de origen italiano, de Nueva Jersey, bastante buen clarinete. Como el comandante trabajaba en el departamento de abastecimiento, podía traerle de América todos los discos que necesitara. En sus ratos libres solían interpretar jazz juntos. Shózaburó Takitani frecuentaba también el cuartel del comandante y, mientras bebían cerveza, escuchaban discos de alegre jazz de Bobby Hackett, Jack Teagarden o Benny Goodman, y se esforzaban en copiar sus frases. El comandante le proporcionaba, en las cantidades que él quería, leche, chocolate y otros alimentos muy difíciles de conseguir en aquella época.

Tony Takitani. Haruki Murakami.

Escena
- Por otro lado la escena visualizamos en tiempo real (más o menos) los hechos.
- Suele tener una gran potencia dramática y suele reservarse para momentos claves de nuestra narración (desenlaces, descubrimientos…).
- En una buena escena se necesita responder a las siguientes preguntas: ¿Dónde están los personajes? ¿Cuándo? (En qué momento) ¿Quiénes están involucrados en la escena? ¿Qué están haciendo?


Crucé el vestíbulo y giré a la izquierda. La puerta estaba abierta. Me detuve. Sentado en la barra de la ducha, sobre la bañera había un loro. Y en la alfombra un tigre adulto tumbado. El loro me ignoró y el tigre me otorgó una mirada indiferente y aburrida. Volví rápidamente a la habitación principal.
—¡Carol! ¡Dios mío, hay un tigre en el baño!
—Oh, es Dopey Joe. Dopey Joe no te hará nada.
—Sí, pero no puedo cagar con un tigre mirándome.
—Oh, que tonto. ¡Vamos, ven conmigo!
Seguí a Carol por el vestíbulo. Entró en el baño y dijo al tigre:
—Vamos, Dopey, muévete. El caballero no puede cagar si tú le miras. Cree que quieres comerle.
El tigre se limitó a mirar a Carol con indiferencia.
—¡Dopey, bastardo, que no tenga que repetírtelo! ¡Contaré hasta tres! ¡Venga! Vamos:
uno... dos... tres...
El tigre no se movió.
—¡De acuerdo, tú te lo has buscado!
Cogió a aquel tigre por la oreja y tirando de ella lo obligó a levantarse. El bicho bufaba, escupía; pude ver los colmillos y la lengua, pero Carol parecía ignorarle. Sacó a aquel tigre de allí por una oreja y se lo llevó al vestíbulo.

Animales hasta en la sopa. Charles Bukowski.



Flashbacks.
- Los flashbacks o escenas retrospectivas, pueden tener mucha fuerza en una narración ya que sirven para dar información sobre la vida pasada de los personajes y descubrir hechos ocultos.
- Sin embargo suelen tener problemas. Existen muchas otras formas de dar información sobre el pasado de nuestros protagonistas.
- En general, damos estas recomendaciones:
·        Que el flashback sea significativo y dramático, que vaya a aportar tensión a la narración y no ser un mero recurso para dar información. Ver, si se puede evitar el flashback.
·        Evitar, casi siempre, flashback dentro del flashback.
·        Cuidar que, en todo momento, sepa el lector en qué momento temporal se haya la narración, para no desorientarle. Demasiados saltos temporales suelen ser confusos.
·        Entrar y salir del flashback de forma suave y no de forma brusca.
·        Cuidar los tiempos verbales: si escribimos en presente, el flashback irá en pasado. Si la narración está en pasado, el flashback irá en pretérito pluscuamperfecto al principio y luego podemos cambiar al pasado al cabo de unas líneas.

PERSONAJE
- Para caracterizar a un personaje se puede usar:
La descripción: cómo viste, cómo huele…
La voz: Lo que dice y la forma de decirlo.
Los pensamientos: Lo que piensa el personaje.
La acción: Lo que hace el personaje.
La opinión del autor: Lo que nos cuenta directamente el autor del personaje.
- Es recomendable que basemos la caracterización del personaje en detalles plásticos, visibles, mostrar en vez de contar. Así la descripción, la voz y la acción suelen ser los métodos más eficaces de caracterización.
- Es conveniente usar más de un método de caracterización para enriquecer al personaje.

Ejemplo:
Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

A mí me parecía muy extraño que un hombre que amaba tanto el cielo pudiera amar también la tierra.

Crónicas de motel. Sam Shepard.

RELATO
Reunión John Cheever

La última vez que vi a mi padre fue en la Estación Gran Central. Yo iba de la casa de mi abuela, en los Adirondack, a una casa de campo en el Cabo alquilada por mi madre, y escribí a mi padre que estaría en Nueva York, entre dos trenes, durante hora y media, y le pregunté si podíamos almorzar juntos. Su secretaria me escribió diciendo que él se encontraría conmigo a mediodía frente al mostrador de información, y a las doce en punto lo vi venir entre la gente. Para mí era un desconocido —mi madre se había divorciado de él hace tres años y desde entonces no lo había visto— pero apenas lo vi sentí que era mi padre, un ser de mi propia sangre, mi futuro y mi condenación. Supe que cuando creciera me parecería a él; tendría que planear mis campañas ateniéndome a sus limitaciones. Era un hombre alto y apuesto, y me complació enormemente volver a verlo. Me palmeó la espalda y me estrechó la mano.
Hola, Charlie –dijo—. Hola, hijo. Me agradaría llevarte a mi club, pero está en la calle 60, y si tienes que tomar el tren será mejor que comamos aquí.
Me pasó el brazo sobre los hombros, y yo olí a mi padre del mismo modo que mi madre huele una rosa. Era una intensa mezcla de whisky, loción de afeitar, pomada de zapatos, lanas y el olor de un varón maduro. Abrigué la esperanza de que alguien nos viera juntos. Deseé que pudiéramos fotografiarnos. Quería conservar un recuerdo de nuestra reunión. Salimos de la estación y entramos por una calle lateral, y entramos en un restaurante.  Aún era temprano y el local estaba vacío. El cantinero estaba disputando con un repartidor, y al lado de la puerta de la cocina había un camarero muy viejo con una chaqueta roja. Nos sentamos y mi padre llamó en alta voz al camarero.
—¡Kellner! —gritó—. ¡Garçon! ¡Cameriere! ¡Usted! —en el restaurante vacío su estridencia parecía fuera de lugar—. ¡Alguien que pueda atendernos! —gritó—. Chop—chop —después, batió palmas. Así atrajo la atención del camarero, que arrastrando los pies se acercó a nuestra mesa.
—¿Usted golpeó las manos para llamarme? —preguntó.
—Cálmese, cálmese, sommelier —dijo mi padre—. Si no es demasiado pedirle… si no significa imponerle una obligación excesiva, desearíamos un par de Gibsons.
—No me gusta que me llamen golpeando las manos —dijo el camarero.
—Tendría que haber traído mi silbato —dijo mi padre—. Tengo un silbato que es audible solo para los camareros viejos. Bien, prepare su anotador y su lapicito y vea si puede escribirlo bien: dos Gibsons. Repita conmigo: dos Gibsons.
—Será mejor que vaya a otro lugar —dijo en voz baja el camarero.
—Esa —dijo mi padre— es una de las sugerencias más brillantes que he oído jamás—. Vamos, Charlie, salgamos de esta covacha.
Salí del restaurante con mi padre y entramos en otro. Esta vez no se mostró tan ruidoso. Llegaron las bebidas y me interrogó acerca de la temporada del campeonato de béisbol. Después, golpeó con el cuchillo el borde de la copa vacía y de nuevo empezó a gritar.
—¡Garçon! ¡Kellner! ¡Cameriere! ¡Usted! Puede molestarse en traernos dos más de lo mismo.
—¿Qué edad tiene el muchacho? —preguntó el camarero.
—Eso —dijo mi padre— qué mierda le importa.
—Lo siento, señor —dijo el camarero— pero no le serviré otra bebida al muchacho.
—Bien, tengo algo que decirle —dijo mi padre—. Tengo algo muy interesante que decirle. Ocurre que no es el único restaurante en Nueva York. Abrieron otro en la esquina. Vamos, Charlie.
Pagó la cuenta y salimos de ese restaurante y entramos en otro. Aquí, los camareros tenían chaquetas rosadas, como cazadores, y de las paredes colgaban diferentes arreos. Nos sentamos, y mi padre empezó a gritar otra vez.
—¡Perrero mayor! Iujuuú y todo eso. Queremos beber algo para el estribo. A saber, dos Bibsons.
—¿Dos Bibsons? —preguntó el camarero, sonriendo.
—Maldito sea, sabe muy bien lo que deseo —dijo irritado mi padre—. Quiero dos Gibsons, y de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Así me dice mi amigo el duque. Veamos qué puede darnos Inglaterra cuando pedimos un coctel.
—No estamos en Inglaterra —dijo el camarero.
—No discuta conmigo —replicó mi padre—. Haga lo que le ordenan.
—Pensé que tal vez desearía saber dónde está —dijo el camarero.
—Si hay algo que no puedo tolerar —dijo mi padre—, es a los criados insolentes. Vamos, Charlie.
El cuarto lugar era italiano.
—Buon giorno —dijo mi padre—. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti, forti. Molto gin, poco vermut.
—No entiendo italiano —dijo el camarero.
—Oh, vamos —dijo mi padre—. Entiende italiano, y claro que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.
El camarero se retiró y habló con su jefe, que se acercó a nuestra mesa y dijo:
—Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.
—Muy bien —dijo mi padre—. Denos otra mesa.
—Todas las mesas están reservadas —dijo el jefe de camareros.
—Entiendo —dijo mi padre—. No desean servirnos. ¿Es así? Bien, váyase a la mierda.  Vada all´inferno. Vamos, Charlie.
—Tengo que tomar mi tren —dije.
—Lo siento, hijito —dijo mi padre—. Lo siento muchísimo —me pasó el brazo sobre los hombros y me apretó contra su cuerpo —te acompañaré a la estación. Si  hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club.
—Está bien, papá —dije.
—Te compraré un diario —dijo—. Te compraré un diario, para que leas en el tren.
Se acercó a un puesto de periódicos y dijo:
—Amable señor, ¿tendría la bondad de hacerme el favor de venderme uno de sus malditos diarios vespertinos, esos que no sirven para nada y cuestan diez centavos?
El empleado se apartó de él y miró fijamente la tapa de una revista.
—¿Es mucho pedir, bondadoso señor —dijo mi padre—, es mucho pedir que me venda de esos asquerosos especímenes del periodismo amarillo?
—Tengo que irme, papá —dije—. Es tarde.
—Vamos, espera un momento, hijito —dijo—. Nada más que un segundo. Quiero que este tipo me conteste.
—Adiós, papá —dije, y bajé la escalera y abordé mi tren, y fue la última vez que vi a mi padre.
FIN

Otros métodos de caracterización:
- A través de objetos, al igual que el espacio, los objetos que posee un personaje pueden servir para decir quién es. (Ejemplo: Qué lleva en el bolso, en la mochila, qué esconde en los cajones…)


Un último detalle:
- Es conveniente introducir una contradicción en el personaje, para evitar que sea un personaje tópico. Ejemplo: Es una drogadicta pero tiene un doctorado, un boxeador aficionado a la poesía…

Relato:

Un durwan de verdad. Jhumpa Lahiri.

Mamá Boori, la mujer que barría la escalera, llevaba dos noches sin dormir, así que en la mañana anterior a la tercera noche, sacudió la colcha de su cama y a continuación sacudió las sábanas, una vez bajo los buzones donde vivía y una segunda vez en la puerta del callejón, lo que ahuyentó a los cuervos que se aprovisionaban de restos de verduras.
Cuando comenzó a ascender los cuatro pisos hasta el tejado, Mamá Boori se llevó la mano a la rodilla que siempre se le hinchaba al comienzo de cada estación de las lluvias. El ademán la obligó a soportar en la otra mano el peso del cubo, las sábanas y el hatillo de juncos que le servía de escoba. En los últimos tiempos Mamá Boori comenzaba a pensar que la escalera se tornaba más empinada cada día; cuando la subía, le parecía estar subiendo por una escalera de pintor. Tenía sesenta y cuatro años, llevaba el cabello recogido en un moño no mayor que una nuez y parecía casi tan delgada de frente como de través.
De hecho, lo único que parecía tridimensional en Mamá Boori era su voz: quebradiza y lastimera, amarga como la leche cuajada, aguda y estridente como para rayar la pulpa de un coco. Era con esta voz como enumeraba, dos veces al día, mientras barría la escalera, las penalidades y pérdidas sufridas desde que fuera deportada a Calcuta durante la Partición. Fue entonces, aseguraba, cuando el caos político la separó de un marido, cuatro hijas, una casa de dos pisos construida en ladrillo, un almari de palisandro y varios cofres cuyas llaves todavía conservaba, junto con los ahorros de toda una vida, anudados al extremo libre de su sari.
Dificultades aparte, la otra cosa que Mamá Boori se complacía en relatar era lo buenos que habían sido los tiempos pasados. No es de extrañar que, cuando llegó al rellano del segundo, el edificio entero estuviera al corriente del menú servido en la boda de su tercera hija.
—La casamos con un director de escuela. El arroz fue cocido en agua de rosas. Hasta el alcalde se presentó. Los invitados se lavaban las manos en cuencos de peltre. —Aquí hizo una pausa, recuperó el aliento y reajustó sus herramientas de trabajo bajo el brazo. Tras aprovechar para espantar a una cucaracha de los palos de la balaustrada, añadió—: El banquete incluía gambas con mostaza hervidas en hojas de banano. Nadie se privó de los manjares más exquisitos. Nosotros nos lo podíamos costear sin problemas. En casa comíamos carne de cabra dos veces por semana y teníamos un estanque de nuestra propiedad, siempre rebosante de peces.
A estas alturas, Mamá Boori podía ver los primeros rayos de luz que iluminaban la escalera. Aunque no eran más que las ocho, el sol irradiaba con la suficiente potencia para calentar los últimos escalones de cemento bajo sus pies. Era un edificio muy antiguo, donde el agua corriente todavía se almacenaba en bidones, con ventanas sin cristales y retretes ocultos tras un andamiaje de ladrillos.
—Un hombre recogía los dátiles y las guayabas para nosotros. Había otro que venía a cortar el hibisco. Allí supe lo que era la vida. Cuando cenaba, me servía de una cacerola para el arroz. —En este punto de la rapsodia, a Mamá Boori comenzaron a arderle los oídos; el dolor mordió a través de su rodilla hinchada—. ¿Les he dicho ya que tuve que cruzar la frontera con nada más que dos brazaletes en la muñeca? Y sin embargo hubo un día en que mis pies no pisaban otra cosa que el mármol. Pueden creerme o no, como quieran, pero ustedes ni se atreven a soñar con lujos como aquellos.
Nadie sabía bien qué había de verdad en las letanías de Mamá Boori. Para empezar, el perímetro de su antigua mansión parecía duplicarse a cada nuevo día, como lo hacían los bienes atesorados en sus cofres y almari. Nadie dudaba de su condición de refugiada; el acento con que hablaba bengalí lo dejaba claro. Con todo, a los vecinos de este edificio de apartamentos les costaba reconciliar las aseveraciones de Mamá Boori relativas a su antigua fortuna y con el más prosaico relato de cómo atravesó la frontera oriental de Bengala, junto a millares de refugiados, en la caja de un camión cargado con sacos de cáñamo. Y aún más, algunos días Mamá Boori insistía en haber llegado a Calcuta en un carro tirado por bueyes.
—¿Cómo llegó, pues? ¿En carro o en camión? le preguntaban a veces los niños cuando salían a jugar a policías y ladrones en el callejón.
A eso Mamá Boori respondía, meneando el extremo libre de su sari, a fin de que las llaves tintinearan:
—¿Qué importan los detalles? ¿Para qué arrancar la lima de una hoja de betel? Pueden creerme o no. En mi vida he pasado por penalidades que no pueden ni soñar.
Era cierto que embrollaba las cosas. Que se contradecía. Que adornaba casi todo cuanto decía. Y sin embargo, sus peroratas eran tan persuasivas, su alteración tan evidente, que no era fácil saber con qué carta quedarse.
¿Qué clase de terrateniente acababa barriendo escaleras? Eso era lo que el señor Dalal, del tercer piso, se preguntaba siempre al pasar junto a Mamá Boori, cuando iba y volvía de la oficina donde llevaba los pedidos a un distribuidor mayorista de tubos de goma, cañerías y accesorios diversos en la sección de College Street donde se alineaban los fontaneros.
«Bechareh, lo más probable es que se invente todos esos cuentos como forma de lamentar la pérdida de su familia», era la conjetura común entre las mujeres casadas.
—La boca de Mamá Boori está llena de ceniza, pero no olvidemos que ella es víctima del cambio de los tiempos —repetía el señor Chatterjee. Era éste un vecino que no había salido de su balcón ni abierto un periódico desde la independencia, aunque —quizá por ello mismo— sus opiniones siempre eran tenidas en consideración.
Con el tiempo circuló la teoría de que Mamá Boori una vez había trabajado como ayudante de un próspero zamindar del este, lo que explicaría su capacidad para exagerar el pasado a lo largo y a lo ancho. Sus guturales pretensiones no hacían daño a nadie. Todos estaban de acuerdo en que su presencia constituía un entretenimiento de primer orden. A cambio de alojarse bajo los buzones de la escalera, Mamá Boori mantenía la retorcida escalera limpia como una patena. Y, sobre todo, a los vecinos les agradaba que Mamá Boori, que dormía cada noche junto a una puerta plegable, montara guardia entre ellos y el mundo exterior.
Ninguno de los que vivían en ese edificio de apartamentos tenía grandes posesiones que merecieran ser robadas. La viuda del segundo piso, la señora Misra, era la única en disfrutar de teléfono. No obstante, los vecinos agradecían que Mamá Boori tuviera un ojo pendiente de cuanto pasaba en el callejón, filtrase a los vendedores ambulantes que acudían a vender peines o chales puerta a puerta, estuviera en disposición de llamar a un rickshaw en cosa de un momento y se las arreglara con cuatro escobazos para ahuyentar a cuanto personaje sospechoso se acercara a escupir, orinar o causar algún problema.
En pocas palabras, con el tiempo los servicios de Mamá Boori llegaron a asemejarse a los de un auténtico durwan. Aunque en circunstancias normales ésta no era ocupación de mujeres, Mamá Boori se tomaba a pecho su responsabilidad y mantenía una vigilancia no menos escrupulosa que la del mejor guardián casero a encontrar en Lower Circular Road, Jodhpur Park y demás barrios residenciales.
* * *
En el terrado, Mamá Boori colgó sus sábanas del alambre de tender. El alambre, extendido en diagonal de una esquina a la otra del parapeto, se interponía ante el panorama de antenas de televisión, anuncios comerciales y los distantes arcos del puente de Howrah. Mamá Boori consultó las cuatro esquinas del horizonte. A continuación abrió el grifo que había en la base de la cisterna. Se lavó la cara y los pies, y se pasó dos dedos por los dientes. Después comenzó a sacudir las sábanas por sus dos lados valiéndose de la escoba. De vez en cuando se detenía y echaba una mirada al cemento, en espera de identificar el bicho que le impedía dormir. Estaba tan absorta en su observación que tardó unos instantes en advertir la presencia de la señora Dalal, del tercer piso, que había subido para dejar secar al sol una bandeja de peladuras de limón.
—Hay algo en estas sábanas que no me deja dormir —anunció Mamá Boori—. Dígame, ¿ve usted alguna cosa?
La señora Dalal sentía debilidad hacia Mamá Boori y de vez en cuando le daba pasta de jengibre para que condimentara sus guisos.
—Yo no veo nada —dijo la señora Dalal al cabo de un momento. La señora Dalal tenía las pestañas casi transparentes y los dedos de los pies esbeltos y ornados de anillos.
—Entonces es que son bichos con alas —concluyó Mamá Boori, dejando la escoba para contemplar las nubes que pasaban en procesión—. Debe de echar a volar cuando voy a sacudirlos. Pero fíjese en mi espalda. Seguro que la tengo perdida de picaduras.
La señora Dalal alzó el pliegue del sari de Mamá Boori, una prenda barata y blanquecina, del color de una charca sucia. La mujer examinó la piel desnuda encima y debajo de su blusa, cuyo corte ya no se veía en ninguna tienda. Por fin dijo:
—Mamá Boori, me parece que son imaginaciones suyas.
—Le digo que esos bichos me están comiendo viva.
—Puede ser que el calor le produzca picazón —sugirió la señora Dalal.
Al oírlo, Mamá Boori sacudió el extremo libre de su sari e hizo tintinear sus llaves.
—Sé muy bien cuándo la picazón es culpa del calor —respondió. Esta picazón no es cosa del calor. Pero llevo tres noches sin dormir, quizá cuatro. ¿Quién sabe ya? Yo antes dormía en una cama limpísima, con sábanas de muselina. Me puede creer o no, pero teníamos unas mosquiteras suaves como la seda. Ustedes no pueden ni soñar con el lujo en que vivíamos.
—No puedo ni soñarlo —repitió la señora Dalal. Cerró sus pestañas transparentes y suspiró—. No puedo ni soñarlo, Mamá Boori. Lo que es yo, vivo en dos habitaciones desvencijadas, casada con un hombre que vende piezas de retrete.—La mujer volvió su rostro y examinó una de los sábanas. Su dedo repasó una de las costuras—. Mamá Boori, ¿cuánto tiempo lleva durmiendo en estas sábanas? —preguntó.
Mamá Boori se llevó un dedo a los labios antes de contestar que no lo recordaba.
—¿Y por qué no nos ha dicho nada hasta hoy? ¿Acaso piensa que no podemos darle unas sábanas limpias? ¿Aunque sea un hule? —La mujer tenía aspecto de sentirse insultada.
—No hace falta —respondió Mamá Boori—. Ahora ya están limpias. Por eso las sacudo con la escoba.
—No me venga con ésas —cortó la señora Dalal—. Necesita usted una cama nueva. Sábanas, una almohada. Una manta en invierno. —La señora Dalal enumeraba llevándose los dedos al pulgar.
—Los días de fiesta, dábamos de comer a los pobres del barrio —dijo Mamá Boori. Comenzó a llenar el cubo con el carbón apilado en el otro extremo del tejado.
—Ya hablaré con el señor Dalal cuando vuelva de la oficina —repuso la señora Dalal, enfilando la escalera—. Venga a verme por la tarde. Le daré unos pepinillos y algo de ungüento para la espalda.
—Esta picazón no es cosa del calor —respondió Mamá Boori.
Era cierto que el calor picajoso era frecuente durante la estación de las lluvias, pero Mamá Boori prefería pensar que lo que la irritaba en la cama, lo que le robaba el sueño, lo que picaba como guindillas en su piel y su cabeza de poco pelo, era de origen menos mundano.
Mamá Boori rumiaba estas cosas al ponerse a barrer —siempre barría la escalera de arriba abajo—, cuando de pronto comenzó a llover. La lluvia batió la superficie del terrado como un niño calzado con zapatillas demasiado grandes para sus pies, echando por el desagüe las peladuras de limón de la señora Dalal. Antes de que los peatones pudieran abrir sus paraguas, la lluvia se había colado por cuellos, bolsillos y zapatos. En todo el edificio, y en los edificios vecinos, las viejas persianas fueron cerradas y anudadas con cordón de enagua a los barrotes de las ventanas.
A todo eso, Mamá Boori ya estaba barriendo el rellano del segundo piso. La anciana alzó la mirada por las empinadas escaleras; el oprimente sonido del agua que se desplomaba le dijo que sus sábanas se estaban convirtiendo en yogur.
Pero en ese momento recordó la conversación sostenida con la señora Dalal. Así que continuó barriendo al mismo ritmo, el polvo, las puntas de cigarrillo y las papelinas de caramelo sembradas en los escalones, hasta que llegó a los buzones de la planta baja. A fin de impedir la entrada del viento, rebuscó entre sus cestas hasta encontrar unos periódicos que insertó en las aberturas en forma de diamante que había en la puerta plegable. A continuación puso el almuerzo a hervir sobre el cubo de carbón, graduando el fuego con ayuda de un abanico trenzado en palma.
* * *
Por la tarde, como era su costumbre, Mamá Boori se reajustó el moño, liberó el extremo de su sari y contó los ahorros acumulados durante toda una vida. La anciana acababa de despertarse de una siesta de veinte minutos, disfrutada en un lecho provisional elaborado con periódicos. Ya no llovía; el olor amargo de las hojas de mango húmedas se enseñoreaba del callejón.
Algunas tardes, Mamá Boori tenía por costumbre visitar a los vecinos de la escalera. Disfrutaba entrando y saliendo de sus pisos. Los vecinos, por su parte, se aseguraban de que Mamá Boori siempre se sintiera bienvenida y nunca cerraban el pestillo hasta que llegaba la noche. Los vecinos seguían con sus ocupaciones del momento, ya fueran éstas regañar a los niños, repasar los gastos de la casa o limpiar de piedras el arroz de la cena. De vez en cuando alguien le pasaba un vaso de té o la lata de galletas mientras jugaba con los niños a ver quién tiraba la ficha más cerca del rodapié. Poco acostumbrada a los muebles, Mamá Boori se acuclillaba en umbrales o pasillos para observar gestos y costumbres con el mismo espíritu del recién llegado que observa el tráfico en una ciudad que es nueva para él.
Esa tarde, Mamá Boori decidió aceptar la invitación de la señora Dalal. La espalda todavía le picaba, a pesar de haber dormido sobre periódicos; la verdad era que un poco de ungüento no le vendría mal. Cogió su escoba —sin ella, se sentía medio desnuda— y se disponía a subir la escalera, cuando un rickshaw se detuvo ante la puerta plegable.
Era el señor Dalal. Los años transcurridos revisando facturas y pedidos le habían dejado círculos morados bajo los ojos. Sin embargo, hoy su mirada relucía de brillo. El ápice de su lengua jugueteaba entre los dientes mientras cargaba con dos pequeños fregaderos de cerámica.
—Mamá Boori, tengo un trabajo para usted. Ayúdeme a subir estos fregaderos. —El señor Dalal se llevó un pañuelo doblado a la frente y la garganta y entregó una moneda al conductor del rickshaw. A continuación, ayudado por Mamá Boori, subió los fregaderos al tercer piso. Hasta que no estuvieron en el interior del apartamento, no anunció lo siguiente a la señora Dalal, Mamá Boori y algunos vecinos que les habían seguido con curiosidad: que sus horas llevando los números del distribuidor de tubos de goma, cañerías y accesorios diversos habían terminado para siempre. Que ese distribuidor, ansioso de respirar aire más puro, y cuyos beneficios se habían duplicado, se disponía a abrir un segundo comercio en Burdwan. Y que, tras evaluar lo concienzudo de su labor de años, el distribuidor había decidido ascender al señor Dalal a encargado de la tienda en College Street. Excitado por la noticia, el señor Dalal había adquirido dos fregaderos mientras cruzaba el barrio de los fontaneros de camino a su hogar.
—¿Y qué vamos a hacer con dos fregaderos en un piso de dos habitaciones? —preguntó la señora Dalal, que ya estaba de mal humor desde la pérdida de las peladuras de limón—. ¿Quién ha oído semejante cosa? Todavía tengo que cocinar en un hornillo de petróleo. No quieres ni oír hablar de instalar el teléfono. Y todavía estoy esperando la nevera que me prometiste al casarnos. ¿Y crees que con dos fregaderos está todo arreglado?
La subsiguiente disputa tuvo lugar a gritos, lo bastante altos para ser oídos desde los buzones de la entrada. La discusión fue lo bastante enérgica y prolongada para elevarse sobre el segundo chaparrón que cayó después de que se hiciera de noche. Fue una discusión lo bastante fuerte para distraer a Mamá Boori mientras barría la escalera de arriba abajo por segunda vez en la jornada, razón que la llevó a guardarse el relato de sus penalidades y su pretérito esplendor. Mamá Boori pasó la noche en un lecho de periódicos.
La disputa entre el señor y la señora Dalal todavía se arrastraba a la mañana siguiente, cuando una cuadrilla de obreros descalzos se presentó a instalar los fregaderos. Tras dar vueltas al asunto toda la noche, el señor Dalal había decidido instalar un fregadero en la sala de estar de su apartamento y el otro en la escalera del edificio, en el rellano del primer piso.
—Así todo el mundo podrá usarlo —explicó, yendo de puerta en puerta. Los vecinos estaban encantados; llevaban años cepillándose los dientes en agua de bidón servida en tazones.
Además, el señor Dalal pensaba que un fregadero en la escalera no dejaría de impresionar a las visitas. Ahora que era encargado de la empresa, a saber quién vendría a visitarle.
Los obreros trabajaron varias horas, subiendo y bajando la escalera y comiendo el almuerzo apoyados en cuclillas contra los palos de la balaustrada. Los obreros martilleaban, escupían, gritaban y soltaban juramentos, secándose el sudor con el extremo de sus turbantes. Su presencia impidió que Mamá Boori pudiera barrer la escalera en todo el día.
A fin de matar el tiempo, Mamá Boori buscó refugio en el terrado. Mientras paseaba entre los parapetos, las caderas le dolieron por efecto de la noche pasada entre periódicos. Tras consultar los cuatro extremos del horizonte, rasgó sus sábanas en tiras y tomó la decisión de abrillantar los palos de la balaustrada más tarde.
A última hora de la tarde, los vecinos se congregaron para admirar el trabajo del día. Incluso Mamá Boori tuvo que lavarse las manos en el chorro de cristalina agua corriente.
—El agua con que nos bañábamos en nuestra casa se perfumaba con pétalos y esencia de rosas. Pueden creerme o no, pero era un lujo con el que no pueden ni soñar.
El señor Dalal se ocupó de mostrar las diversas posibilidades que ofrecía el lavamanos. Primero abrió al máximo y cerró cada uno de los grifos. Luego abrió ambos grifos a la vez para ilustrar la diferente presión del agua. Si uno accionaba una pequeña palanca situada entre los grifos era posible llenar de agua el lavamanos.
—El último grito en elegancia —concluyó el señor Dalal.
Con todo, el resentimiento no tardó en aparecer entre las mujeres casadas. Como tenían que guardar cola cada mañana para cepillarse los dientes, a todas les frustraba la espera de su turno, la obligación de limpiar los grifos después de cada uso y la imposibilidad de dejar su propio jabón y pasta de dientes en la estrecha periferia del fregadero. Los Dalal contaban con su propio lavamanos; ¿por qué razón tenían ellos que compartir uno entre todos?
—¿Es que no tenemos derecho a tener nuestro propio lavamanos? —estalló una de ellas cierta mañana.
—¿Es que los Dalal son los únicos que pueden mejorar las condiciones del edificio? —preguntó otra.
Los rumores empezaron a desatarse: que, a raíz de su discusión, el señor Dalal había hecho las paces con su mujer tras comprarle dos kilos de aceite de mostaza, un chal de Cachemira y una docena de pastillas de jabón de sándalo; que el señor Dalal había pedido la instalación del teléfono a la compañía; que la señora Dalal se pasaba el día entero lavándose las manos bajo el grifo. Por si no bastara con todo eso, a la mañana siguiente un taxi destinado a la estación de Howrah hizo chirriar sus ruedas en el callejón: los Dalal se marchaban diez días a Simia.
—Mamá Boori, no piense que he olvidado lo que le dije. Le traeremos una manta de lana de las montañas —prometió la señora Dalal por la abierta ventanilla del taxi. La mujer llevaba en su regazo un bolso de cuero a juego con el reborde turquesa de su sari.
—¡Le traeremos dos mantas! —exclamó el señor Dalal, que estaba sentado junto a su mujer, ocupado en revisar sus bolsillos para cerciorarse de que su cartera estaba donde tenía que estar.
De todos los vecinos del edificio, Mamá Boori fue la única que les deseó buen viaje desde la puerta plegable.
Nada más marcharse los Dalal, las demás mujeres comenzaron a planear sus propias reformas. Una de ellas se decidió a vender varios de sus brazaletes de boda y encargó a un pintor que diera una nueva capa a las paredes de la escalera. Otra empeñó su máquina de coser e hizo venir a un desparasitador. Una tercera fue a la platería y devolvió un juego de platillos; quería pintar las persianas de amarillo.
Los obreros comenzaron a ocupar el edificio día y noche. A fin de evitar el continuo tráfico, Mamá Boori optó por dormir en el terrado. Eran tantos los que entraban y salían por la puerta plegable, tantos los que se agolpaban en el callejón a según qué horas, que la vigilancia de la escalera ya no tenía ningún sentido.
Al cabo de unos días, Mamá Boori también se llevó al terrado sus cestas y su cubo para cocinar. No había necesidad de lavarse en el lavamanos del primer piso; ella podía lavarse en el grifo de la cisterna, como siempre había hecho. Todavía tenía previsto pulir los palos de la balaustrada con los trapos arrancados a sus sábanas. A todo eso, seguía durmiendo envuelta en periódicos.
Vinieron más lluvias. Bajo el toldo con goteras, con un periódico prendido en la cabeza, Mamá Boori se sentaba en cuclillas y observaba a las hormigas del monzón desfilar por la cuerda de tender con los huevos en la boca. Los vientos húmedos acariciaban su espalda. Ya no le quedaban muchos periódicos.
Las mañanas se le hacían largas, y las tardes, más largas todavía. Ya no recordaba cuándo había bebido un vaso de té por última vez. Sin pensar más en sus penalidades ni en su antiguo esplendor, se preguntaba cuándo volverían los Dalal con sus nuevas sábanas.
Aburrida de estar en el terrado, deseosa de hacer un poco de ejercicio, Mamá Boori comenzó a pasear por el barrio durante las tardes. Con la escoba de juncos en una mano, el sari manchado de tinta de imprenta, caminaba por los mercadillos, gastando en chucherías los ahorros de toda una vida: un paquete de arroz hinchado hoy, unos anacardos mañana, un vaso de zumo de caña de azúcar al día siguiente. Un día anduvo hasta los quioscos de libros usados que había en College Street. Al día siguiente caminó aún más lejos, hasta los mercadillos de verduras del Bow Bazaar. Fue allí, mientras examinaba los palosantos y jackfruits expuestos en un mostrador, donde sintió que unas manos rebuscaban en el extremo libre de su sari. Cuando se volvió, lo que quedaba de sus ahorros de toda una vida y el manojo de llaves habían desaparecido para siempre.
Los vecinos la estaban esperando esa tarde cuando volvió a la puerta plegable. Los gritos indignados resonaron por toda la escalera cuando le comunicaron la noticia: alguien había robado el lavamanos de la escalera. La pared recién pintada exhibía un gran agujero del que salía una maraña de tubos de goma y cañerías. El suelo estaba sembrado de pedazos de yeso. Mamá Boori apretó el mango de su escoba, sin responder.
Furiosos, los vecinos prácticamente la subieron en volandas al terrado, donde se quedó plantada a un lado de la línea de tender mientras los vecinos la increpaban desde el otro lado.
—Para eso sirve —chilló uno de ellos, señalando a Mamá Boori—. Seguro que ella misma está conchabada con los ladrones. ¿Dónde estaba cuando se suponía que debía vigilar la puerta?
—Lleva días paseándose por la calle y hablando con el primero que se presenta —informó un segundo vecino.
—Le hemos dado carbón, le hemos ofrecido un lugar para dormir... ¿Cómo ha podido traicionarnos de esa manera? —quiso saber un tercero.
Aunque ninguno de ellos se dirigía directamente a Mamá Boori, ésta no cesaba de repetir:
—Tienen que creerme... Tienen que creerme... Yo no conozco a ningún ladrón...
—Llevamos años aguantando sus mentiras —respondieron ellos—. ¿Y ahora quiere que la creamos?
Las recriminaciones no cesaban. ¿Cómo se lo explicarían ahora a los Dalal? Por fin decidieron consultar la opinión del señor Chatterjee, a quien encontraron sentado en el balcón, absorto en la contemplación de un atasco de tráfico.
Uno de los vecinos del segundo piso explicó:
—Mamá Boori ha puesto en peligro la seguridad del edificio. Y todos tenemos cosas de valor. La viuda, la señora Misra, vive sola y tiene teléfono. ¿Qué podemos hacer?
El señor Chatterjee consideró sus argumentos. Mientras pensaba, se ajustó el chal que envolvía sus hombros y contempló el andamiaje de bambú que recientemente rodeaba su balcón. Las persianas que tenía a la espalda, incoloras desde la noche de los tiempos, aparecían recién pintadas de amarillo.
Por fin, respondió:
—Mamá Boori tiene la boca llena de ceniza. Pero eso no es nada nuevo. Lo novedoso radica en el aspecto de este edificio. Un edificio así requiere emplear a un durwan de verdad.
En consecuencia, los vecinos cogieron el cubo y los trapos, las cestas y la escoba de juncos de Mamá Boori y los echaron escaleras abajo, más allá de los buzones y la puerta plegable, al callejón. A continuación echaron a Mamá Boori. Lo que necesitaban era un durwan de verdad.
De todas sus pertenencias, Mamá Boori sólo se quedó con la escoba.
—Tienen que creerme, tienen que creerme —insistía aún, mientras su silueta se alejaba. Su mano tiró del extremo libre de su sari, pero nada tintineó.

FIN

La estructura de este relato es clásica:
1.                Presentación de personajes (en este caso un único protagonista).
2.                Planteamiento del conflicto.
3.                El personaje intenta resolver el conflicto pero aparecen obstáculos. Generalmente la situación empeora.
4.                Momento climático final y desenlace.

- Además el relato está escrito en tercera persona omnisciente.


EJERCICIO OBLIGATORIO: Escribir un relato que siga la estructura anterior (presentación de personajes-conflicto-intento de solución de conflicto y obstáculos-momento climático-desenlace). En tercera persona omnisciente. El relato que sea sobre algo que conozcamos bien, personal (que nos importe) y realista. Usar una descripción del espacio como metáfora. Usar todas las técnicas posibles para caracterizar a los personajes, en especial al protagonista. Cuanto más largo mejor. Recomendamos, como mínimo, 1400 palabras. PROHIBIDO usar flashback.
 

Finalmente todas las reglas pueden saltarse porque no son reglas, son consejos, trucos que ayudan. Con ideas novedosas se pueden conseguir resultados potentes:

RELATO
Niña de Jamaica Kincaid.

Lava la ropa blanca los lunes y ponla a secar en la piedra; lava la ropa de color los martes y ponla en el tendedero; no camines sin sombrero bajo el sol; prepara las frituras de calabaza con aceite dulce caliente; remoja tu ropa pequeña en cuanto te la quites; cuando compres algodón asegúrate de que no tenga goma, sino no aguantara ni el primer lavado; deja remojando el pescado una noche antes de que lo cocines; ¿es verdad que cantas benna en la escuela dominical?; come siempre de manera en que no le dé asco a los demás; los sábados trata de caminar como una señorita y no como la puta en la que parece te convertirás; no cantes benna en la escuela dominical; no debes hablar con vagos ni siquiera si te preguntan una dirección; no comas fruta en la calle, las moscas te perseguirán; pero yo no canto benna los domingos y mucho menos en la escuela dominical; así se cosen los botones, así se cose el dobladillo cuando veas que se está descosiendo para que evites parecer la puta en la que estoy segura te convertirás; así se plancha la camisa caqui de tu padre para que no queden arrugas; así se planchan los pantalones caqui de tu padre para que no queden arrugas; así se cultiva okra  lejos de la casa porque los árboles de okra atraen hormigas rojas; cuando cultives dasheen , asegúrate de echarle agua sino hará que tu garganta pique cuando te la comas; así se barren las esquinas; así se barre toda la casa; así se barre el patio; así se sonríe a los que no te caen muy bien; así se sonríe a los que detestas; así se sonríe a los que te caen bien; así se pone la mesa para el té; así se pone la mesa para la cena; así se pone la mesa si vas a tener un invitado importante para cenar; así se pone la mesa para la comida; así se pone la mesa para el desayuno; así te debes comportar en presencia de hombres que no conoces bien; así no reconocerán tan rápido la puta en la que te he dicho no te conviertas; asegúrate de bañarte a diario, incluso si es con tu propia saliva; no bajes a jugar a las canicas —no eres niño, lo sabes; no recojas flores por ahí—, podrías contagiarte algo; no tires piedras a los mirlos, porque podría no ser un mirlo; así se prepara el pan, así se prepara la doukona (4); así se prepara un plato de pimientos; así se hace la buena medicina contra el catarro; así se hace la buena medicina para expulsar niños antes de que se conviertan en niños; así se atrapa un pez; así se devuelve un pez que no quieras, para que no te pase algo malo; así se engatusa un hombre; así te engatusa un hombre; así se ama a un hombre, y si eso no funciona hay otras maneras de hacerlo, y si esas no funcionan, no te sientas mal por renunciar; así se escupe si te dan ganas; y así te quitas para que no caiga sobre ti; así se hacen nudos; siempre toca el pan para asegurarte que está fresco; ¿pero qué tal si el panadero no me deja sentir el pan?; ¿quieres decir que después de todo serás del tipo de mujeres a las que el panadero no deja tocar el pan?