jueves, 18 de mayo de 2017

-OCTAVA SESIÓN

Llegamos al punto culminante de este curso con el análisis de la técnica que utiliza Lorrie Moore. Para comprenderlo lo mejor sería haber ido a clase. Pero podrías devanarte los sesos analizando, por ejemplo, el último párrafo de la página 150, que empieza diciendo: "-¡Fantástico!". Observa que en un sólo párrafo existen varios planos de información: lo que dice el personaje, la acción que realiza, lo que piensa, una frase de otro momento que nos hace verla en ese otro momento, la forma en que va vestida (y cómo le queda), otra frase del personaje, una acción y otra frase que cierra una anterior y concluye con su intervención. Todo eso no es intuición, ¡¡es técnica!! Y lo más importante de todo lo dicho anteriormente es la cita de otro momento, o sea, esa frase que había dicho en otro momento. El hecho de decirla, y no de describirnos ese momento, nos hace que, por el mero hecho de oír a un personaje hablar, lo "veamos". Lo oímos y lo imaginamos mucho mejor que si nos lo describieran: porque lo imaginamos. La voz del personaje nos obliga a verlo. Es un recurso parecido al flash back, pero mínimo, sólo de pinceladas de frases de los personajes en momentos anteriores.
Analízalo bien y lo verás.
Ahora lee el relato con detenimiento.

El cazador judío, de Lorrie Moore



EL CAZADOR JUDÍO


Del libro de relatos Como la vida misma, 
de Lorrie MOORE. 



Ocurrió en un lugar remoto. Había gimnasios, pero ni ironía ni cafeterías. La gente se tomaba las cosas literalmente, sin drogas. Laird, que quería que ella saliera con cierto tipo, la puso sobre aviso durante la clase de gimnasia.
            —Mira, Odette, tú eres poeta. Llevas en el mundo de la poesía… ¿cuánto?, ¿veinte años?
            —Sólo quince, estoy segura. –Acababa de superar los cuarenta y miró a Laird con el entrecejo fruncido por encima del hombro. Tenía una voz menopáusica cincelada por el whisky, una voz arruinada y trémula resultado del tabaco. Carecía de tonos medios, era grave, aunque tenía falsetes inesperados—. Odio esa expresión de «el mundo de la poesía».
            —Quince. De acuerdo. Ese tipo no tiene nada de literario. Es abogado de granjeros. Puede que defienda a un exhibicionista de vez en cuando, o a algún gitano del barrio serbio de Chicago, pero eso es lo máximo que tiene de artístico. Trata con granjeros y granjas. No distinguiría a T.S. Eliot de Pinky Eliot, pongamos por caso. Probablemente no ha estado en Minneapolis en su vida, y no digamos ya en Nueva York.
            —¿Quién es Pinky Eliot? –le preguntó ella. Estaban tumbados en el suelo el uno junto al otro, tratando de meter los brazos entre las rodillas levantadas para fortalecer los músculos abdominales. La música sonaba a todo volumen para que a nadie le avergonzara estar haciendo flexiones delante de unos casi completos desconocidos—. ¿Quién demonios es Pinky Eliot?
            —Uno que estudió conmigo en cuarto –contestó Laird, sofocado—. Decían que pesaba más que la profesora, que no era ningún fideo, créeme. –Laird estaba quedándose calvo, y en las clases de gimnasia la sangre le subía a la cabeza y los mechones de pelo rizados le caían sobre la orejas recordando las cintas ornamentales de los regalos. Había vivido en la ciudad hasta los diez años; luego su familia se trasladó al este, a Nueva Jersey, donde ella lo conoció años atrás. Y había regresado, como un salmón, para criar allí a sus hijos. Él y su esposa tenían dos. Los llamaban «Little y Moist»—. Mira, estás en el quinto pino. Tienes a Pinky Eliot o a un tipo que nunca ha oído hablar ni de Pinky ni de Eliot.
            Ya había estado en el quinto pino antes. Para costearse el piso de Nueva York, solía acogerse a las becas de la biblioteca: cuatro mil dólares por vivir seis semanas en una ciudad pequeña, escribir poemas no publicables y ofrecer una conferencia en la biblioteca. El problema de vivir en el quinto pino es que nadie la besaba. La miraban de arriba abajo, pero nunca la besaban.
            Aunque de vez en cuando podía conseguir un beso.
            Pero luego tenía que marcharse. Y con tanto hacer maletas y desaparecer, con tantos desgarros y vacilaciones, acababa sintiéndose como una mala combinación de Odiseo y Penélope. Acababa sintiéndose rara.
            —De acuerdo —dijo Odette—. ¿Cómo se llama?
            Laird suspiró.
            —Pinky Eliot –respondió, hundiendo los brazos entre las rodillas—. Me parece que debo de haberte confundido en algún momento de esta exposición tan resumida.

• • •

Pinky Eliot había perdido peso, aunque a buen seguro seguía superando a su profesora. Tendría unos cuarenta y cinco años de edad y el cabello sin una sola cana. No tenía mal aspecto, nariz de duende y ojos de gato, aunque su cara recordaba en algo la forma de un balón de fútbol al llegar a la barbilla y las mejillas, que unidas constituían una esfera blanca con una cicatriz grisácea que las rodeaba repentinamente. Además, lucía el tipo de bigote que, según decía una compañera de habitación de Odette de la época universitaria, parece arrastrarse hacia arriba en busca de un lugar cálido donde morir.
            Cenaron en el único restaurante italiano de la ciudad. Ella bebió dos copas de vino, y su fresco calor le recorrió el cuerpo como aceite de Gaultheria. Sabía que un día de ésos tendría que dejar de salir con hombres. Había practicado frente al espejo. «No salgo. Lo siento. No salgo con nadie.»
            —Siempre me ha gustado bastante la comida de este sitio –dijo Pinki.
            Ella observó su cara redonda sintiéndose mientras tanto un poco mal por él y un poco mal por ella, porque la comida no era buena: había vesículas de pasta insípidas que pasaban por tortellini, y chuletas harinosas y empapadas en una salsa de tomate, inconsciente, derrotadamente naranja. El pobre Pinky no distinguía un ajo de un muñeco.
            —Sí –dijo ella, en un intento de mostrarse amable—, pero ¿crees que es italiana de verdad? Sabe como si hubiera llegado hasta las Islas Canarias y luego se hubiera caído al agua.
            —Una esnob de la costa Este. –Sonrió. Hablaba con la lentitud de la pradera, con la densidad de los Grandes Lagos—. Una esnob vestida completamente de negro que odia el Medio Oeste. ¿Eres judía?
            A Odette se le pusieron los pelos de punta. Un nazi. Un nazi rústico y gastronómicamente idiota.
            —No, no soy judía –contestó con malicia, mirándolo de arriba abajo, para enseñarle, para enseñarle lo siguiente—: ¿Y tú?
            —Sí –dijo. Le estudió los ojos.
            —Oh –dijo ella.
            —En esta parte del mundo somos pocos, por eso se me ha ocurrido preguntártelo.
            —Ya.
            Notaba una sensación de pérdida que la hacía sentirse incómoda, como si la policía, legalmente, la hubiera despojado de algo que debía haber sido suyo pero que no lo era. Dejó caer la mirada hasta sus manos, que habían empezado a moverse con nerviosismo, independientes, como los pequeños roedores que se tienen como mascotas. El vino le calentaba las mejillas, y cuando se precipitó a beber más, el borde de la copa chocó contra ese diente que sobresalía por encima de los demás.
            Pinky alargó una mano por encima de la mesa y le acarició el cabello. La semana anterior Odette se había hecho una permanente que lo había dejado ondulado como la cabeza de un carnero.
            —Siempre es agradable contemplar unos rizos étnicos –dijo—. ¿Qué eres, metodista?


En su segunda cita fueron al cine. La película trataba de criaturas del espacio exterior que se metían en los terrícolas y los incitaban a cargar enormes sumas de dinero en sus tarjetas de crédito. Era una alegoría urbana muy elaborada, llena de dolor y desesperación, y a Odette le apetecía comentarla.
            —Una película entretenida –dijo Pinky lentamente. Había estado todo el rato removiéndose en el asiento y se había levantado dos veces para ir a beber a la fuente de agua. «Me acerco un momento a la máquina», había susurrado.
            Y ahora quería ir a bailar.
            —¿Y dónde se puede bailar aquí? –le preguntó Odette.
            Estaba pensando todavía en esa parte en la que los dos protagonistas intercambiaban equipos de audio portátiles y se enamoraban a partir de ahí. Quería que Pinky o ella dijeran algo incisivo o provocativo acerca de la visión del director o de los parámetros narrativos de la imaginería cinemática. Pero parecía que ninguno de los dos iba a hacerlo.
            —Hay un sitio después de la carretera de circunvalación del condado, a unos nueve kilómetros.
            Fueron al aparcamiento y él se inclinó y la besó en la mejilla (un gesto íntimo, prematuro, los restos de un enamoramiento reciente, sin duda) y ella se sonrojó. Era muy mala en cuestiones de amor. Hay gente buena en cuestiones de amor y gente mala. Y ella era mala. Antes solía pensar que era buena en cuestiones de amor y que era mala en la intimidad. Pero eran necesarias las dos cosas. Sabía que el amor sin intimidad es como una canción que no se canta. Se queda en la cabeza. Dices: «¡Escucha esto!», y te descubres cantando algo confuso, nada, algo amontonado. Se acordó de una cena en la que sirvieron los postres en platos que llevaban impresas letras de canciones francesas. Después de la cena todo el mundo debía cantar la canción de su correspondiente plato, pero cuando le tocó el turno a ella, aún no había terminado con la nata montada, así que recortó notas y palabras, obligada a retirar frenéticamente la nata con el tenedor para ver cómo seguía el compás. Era mala, así de mala, en cuestiones de amor.
            Una vez pasada la circunvalación, Pinky recorrió nueve kilómetros en dirección sur hasta un sitio llamado Humphrey Bogart’s. Se trataba de un antiguo pabellón de caza de madera de techos altos y vigas vistas. Sobre un escenario improvisado, un grupo de música country tocaba Tequila Sunrise con quince años de retraso, o tal vez de adelanto. ¿Quién podía adivinarlo? Pinky la cogió de la mano e improvisó un lento paso de jitterbug en dirección al contrabajo.
            —¿Y yo qué hago ahora? –le gritó Odette por encima de la música—. ¿Qué hago yo ahora?
            —Esto –respondió Pinky.
            Poseía la gracia esmerada de quien ha sido gordo, y la mano que había posado en su espalda le parecía grande y ligera. La cicatriz había desaparecido prácticamente bajo la luz de la pista de baile, y su sonrisa empujaba hacia arriba el bigote y creaba una sombra que le resultaba favorecedora. Odette siempre había sido delgada y tensa.
            —En Nueva York bailamos poco –observó.
            —¿Y qué hacéis entonces?
            —Nos limitamos a hacer cola en los cajeros automáticos.
            Pinky se inclinó hacia ella, le cogió la mano para colocársela en el hombro y empezó a dar vueltas. Le acercó la boca al oído.
            —Tienes mucha personalidad –le dijo.


El domingo por la tarde, Pinky la llevó a la Cueva de los Muchos Montículos.
            —Te gustará –le aseguró.
            —¡Fantástico! –dijo ella al subir al coche. Existía una especie de entusiasmo local por las cosas del que ella intentaba contagiarse. Se trata de adoptar una actitud positiva y hacer comentarios con un alegre sonsonete. «¿No sopla mucho el viento?» Llevaba gafas de sol y un jersey que le quedaba grande—. Estaba pensando en preguntarte lo que era la Cueva de los Muchos Montículos cuando me he dicho: «Odette, ¿de verdad quieres saberlo?» —Hurgó en el bolso—. Es que parece el nombre de un prostíbulo. No tendrás ningún cigarrillo, ¿no?
            Pinky le dio un golpecito con los dedos a las gafas de sol.
            —No vas a necesitarlas. La cueva es oscura. –Arrancó y partieron.
            —Bueno, avísame cuando lleguemos. –Fijó la vista hacia delante—. Apuesto a que no tienes ni un cigarrillo.
            —No –dijo Pinky—. ¿Fumas?




























































































































































































































Trabajo a realizar en la 8ª sesión

Las tareas para este relato son varias:

-Narrador externo omnisciente con personalidad (sin traspasar la frontera que lo convierta en un narrador en primera persona).

-Trabajar las acotaciones para que estas tengas diversos planos de contenido: La acción, la descripción física del personaje, descripción del entorno, miniflashback de diálogo, etc.

-Utilizar esos "miniflashback" de diálogo: pequeñas frases entrecomilladas que entran sin aviso previo de algo que algún personaje dijo en el pasado;

-Trabajar las metáforas y comparaciones para que no sean las de siempre.

-Utilizar elipsis bruscas: saltos en el tiempo que nos sitúen directamente en la siguiente escena.

-Utilizar metáforas y comparaciones originales (siglo XXI).

-No olvidemos que la temática sigue siendo urbana y, a ser posible, con cierta profundidad.


¡Mucho trabajo!, pero de calidad.


jueves, 11 de mayo de 2017

-SÉPTIMA SESIÓN

En el trabajo de hoy hay que mezclar dos tipos de narradores de los que hemos estudiado previamente. El trabajo consistirá en escribir un relato desde un narrador externo deficiente que cuente que un narrador interno protagonista cuenta una historia. Veréis el ejemplo perfectamente en el relato de Bukowski que podréis leer a continuación: un narrador externo cuenta que en la barra de un bar un tipo le cuenta al camarero una historia en la que él ha sido el protagonista y en la que hay diálogos. A veces estaremos asistiendo a un diálogo dentro de un diálogo. Porque dentro del diálogo entre el camarero y el parroquiano, éste cuenta un diálogo que tuvo con un tercer tipo. Veréis, cuando lo leáis, que no es tan complicado como en principio puede parecer.
Ahora os dejo con el magnífico (y terriblemente duro) relato de Bukowski (observad el título en el desarrollo de la historia, tiene mucha enjundia).

Decadencia y caída, de Charles Bukowski (del libro de relatos "Música de cañerías)

Era un lunes por la tarde en El Diamante hambriento. Sólo había dos personas, Mel y el camarero. Estar en Los Ángeles un lunes por la tarde es como no estar en ninguna parte (incluso estar en Los Angeles un viernes por la noche es como no estar en ninguna parte; pero más todavía un lunes por la tarde). El camarero, que se llamaba Carl, bebía de algo que tenía debajo de la barra, y estaba allí, frente a Mel, que se encontraba lánguidamente acodado sobre una rancia y pálida cerveza.
—Tengo que contarte una cosa —dijo Mel.
—Adelante —dijo el camarero.
—Bueno, la otra noche me llamó por teléfono un tipo con el que trabajé en Akron... Se quedó sin trabajo, por la bebida, y se casó con una enfermera y la enfermera lo mantiene. No me gustan demasiado esos tipos..., pero ya sabes cómo es la gente, se cuelgan de ti.
—Sí —dijo el camarero.
—Pues el caso es que me telefoneó...
    >>Oye, ponme otra cerveza. Esta mierda sabe a rayos.
—Vale, pero basta con que la bebas un poco más de prisa. Al cabo de una hora, claro, empieza a perder cuerpo.
—Bien... Me dijeron que habían resuelto el problema de la carne... y yo pensé: “¿Qué problema de la carne...?” Me dijeron que fuera a verles. Yo no tenía nada que hacer, así que fui. Jugaban los Rams y el tipo, Al, pone la tele y nos sentamos a verla. Erica, así se llama la mujer, estaba en la cocina preparando una ensalada y yo había llevado un par de cajas de cerveza. Digo: "Oye, Al, abre unas botellas, se está bien aquí y hace buena temperatura, el horno está encendido".
»Bueno, se estaba cómodo. Parecía como si hubiesen tenido una discusión un par de días atrás y las relaciones estuvieran otra vez tranquilas. Al dijo algo sobre Reagan y algo sobre el paro, pero yo no tenía nada que decir; todo eso me aburre. Sabes, a mí me importa un carajo que el país esté o no esté podrido, mientras a mí me vaya bien.
—Natural —dijo el camarero, sacando el vaso de abajo de la barra y echando un trago.
—Pues bien, ella sale de la cocina, se sienta y se bebe una cerveza. La enfermera. Se puso a explicar que todos los médicos tratan a los pacientes como a ganado; que todos los malditos médicos van a lo suyo y nada más; creen que su mierda no apesta. Ella prefería tener a Al que a un doctor. Una estupidez, ¿no?
—No conozco a Al —dijo el camarero.
—En fin, nos pusimos a jugar a las cartas y los Rams iban perdiendo, y, al cabo de unas manos, Al me dijo: “Sabes, tengo una mujer muy rara. Le gusta que haya alguien mirando mientras lo hacemos”. “Así es” —dijo ella—, “eso es lo que más me excita”. Y Al va y dice: “Pero es tan difícil encontrar a alguien que mire. En principio parece muy fácil encontrar a alguien que mire, pero es dificilísimo”.
»Yo no dije nada. Pedí dos cartas y puse una moneda de cinco centavos. Ella dejó caer las cartas y Al dejó caer las cartas y los dos se levantaron. Y va ella y empieza a andar hacia el otro lado de la sala. Y Al detrás... “¡Eres una puta, una maldita puta!”, dice él. Aquel tipo, llamándola puta a su mujer. “¡So puta!”, gritaba. Y la arrincona en un extremo del cuarto y le pega un par de sopapos, le rasga la blusa. “¡So puta!”, grita él de nuevo, y le da otros dos sopapos y la tira al suelo. Luego le rasga la falda y ella patalea y chilla.
»Él la levanta y la besa, luego la lanza sobre el sofá. Se le echa encima, besándola y rasgándole la ropa. Luego le quita las bragas y se pone a darle al asunto. Mientras está dándole, ella mira desde abajo para ver si los miro. Ve que sí y empieza a retorcerse como una serpiente enloquecida. Así que se lanzan al asunto hasta el fin. Después, ella se levanta, se va al cuarto de baño, y Al a la cocina por más cerveza. “Gracias” –dice cuando regresa–, “ayudaste mucho”".
–¿Y luego qué pasó? –preguntó el camarero.
–Bueno, por fin los Rams remontaron el partido, y había mucho ruido en la tele y ella sale del baño y se va a la cocina.
»Al empieza otra vez con lo de Reagan. Dice que es el principio de la decadencia y caída de Occidente, lo mismo que decía Spengler. Todo el mundo es codicioso y decadente; la corrupción está por todas partes. Y sigue un buen rato con el mismo rollo.
»Luego, Erica nos llama a la cocina, donde está puesta la mesa, y nos sentamos. La comida huele bien: un asado adornado con rodajas de piña. Parece una pierna entera, tiene un hueso que parece casi el de una rodilla. “Al” –digo–, “esto parece una pierna humana de la rodilla para arriba”. “Eso es” –dice Al–. “Eso es exactamente lo que es”.
–¿Dijo eso? –preguntó el camarero, tomando un trago del vaso que tenía bajo la barra.
–Sí –contestó Mel–, y cuando oyes una cosa así, no sabes exactamente qué pensar. ¿Qué habrías pensado tú?
–Yo habría pensado que estaba bromeando –dijo el camarero.
–Claro. Así que dije: “Estupendo, córtame una buena tajada”. Y eso fue exactamente lo que Al hizo. Había también puré de patatas y salsa, puré de maíz, pan caliente y ensalada. En la ensalada había aceitunas rellenas. Y Al dijo: “Ponle a la carne un poco de esa mostaza picante, ya verás qué bien le va”. En fin, le eché un poco. La carne no estaba mala. “Oye, Al” –le dije–, “¿sabes que no está nada mal? ¿Qué es?”. “Lo que te dije, Mel” –me contesta–, “una pierna humana, la parte de arriba, el muslo. Es de un chaval de catorce años que encontramos haciendo auto-stop en Hollywood Boulevard. Lo recogimos, le dimos de comer y estuvo tres o cuatro días viéndonos a Erica y a mí hacerlo; luego nos cansamos de aquello, así que le degollamos, le limpiamos las tripas, las echamos a la basura y lo metimos en el congelador. Es muchísimo mejor que el pollo, aunque en realidad a mí me gusta más la carne de ternera”.
–¿Dijo eso? –preguntó el camarero, sacando otra vez el vaso de abajo de la barra.
–Eso dijo –contestó Mel–. Dame otra cerveza.
El camarero le puso otra cerveza. Mel dijo:
–En fin, yo seguía pensando que todo era una broma, ¿comprendes? Así que dije: “Está bien, déjame ver el congelador”. Y Al va y dice: “Bueno... Ven”, y abre el congelador y allí estaba el torso, la pierna y media, dos brazos y la cabeza. Troceado así, como te digo. Todo parecía muy higiénico, pero, la verdad, a mí no me pareció del todo bien. La cabeza nos miraba, aquellos ojos azules abiertos, la lengua colgando..., estaba congelada hasta el labio inferior.
»”Dios mío, Al” –le digo–, “eres un criminal..., ¡esto es increíble, esto es repugnante!”
»”Espabila” –me dice–, “ellos matan a millones de personas en las guerras y reparten medallas por ello. La mitad de la gente de este mundo se está muriendo de hambre mientras nosotros estamos sentado viéndolo por la tele”.
»Te aseguro, Carl, que a mí empezaron a darme vueltas las paredes y no podía dejar de mirar aquella cabeza, aquellos brazos, aquella pierna troceada... Una cosa asesinada está tan callada, tan quieta; es como si pensases que una cosa asesinada debería estar chillando, no sé.
»En fin, lo cierto es que me acerqué al fregadero y vomité. Estuve vomitando mucho rato. Luego, de dije a Al que tenía que largarme. ¿No habrías querido tú largarte de allí, Carl?
–Rápidamente –dijo Carl–. A toda máquina.
–Bueno, pues el caso es que va Al y se planta delante de la puerta y dice: “Escucha..., no fue un asesinato. Nada es un asesinato. Lo único que hay que hacer es pasar de las ideas con que nos han cargado y te conviertes en un hombre libre..., libre, ¿entiendes?”
»”Quítate de delante de la puerta, Al... ¡Déjame salir de aquí!"
»Va y me agarra de la camisa y empieza a rasgármela... Le aticé en la cara, pero seguía rasgándome la camisa. Le atizo otra vez, y otra, pero era como si el tipo no sintiera nada. Los Rams seguían en la tele. Me aparté de la puerta y entonces llega su mujer corriendo, me agarra y empieza a besarme. No sabía qué hacer. Es una mujer corpulenta. Conoce muy bien todos esos trucos de las enfermeras. Intenté quitármela de encima, pero no pude. Noté su boca en la mía, está tan loca como él. Empecé a empalmarme, no podía evitarlo. De cara no es muy atractiva, pero tiene unas piernas y un culo de primera y llevaba un vestido ceñidísimo. Sabía a cebollas hervidas y tenía la lengua gorda y llena de saliba; pero se había cambiado, se había puesto aquel vestido (verde) y al alzárselo vi las bragas color sangre y eso me enloqueció y miré , y Al tenía la polla afuera y estaba mirando.
»La eché sobre el sofá y empezamos en seguida con el asunto, con Al allí pegado, jadeando. Lo hicimos los tres juntos, un verdadero trío, luego me levanté y empecé a arreglarme la ropa. Entré en el baño, me remojé la cara, me peiné y salí. Y al salir, allí estaban los dos sentados en el sofá viendo el partido. Al tenía una cerveza abierta para mí y me senté y la bebí y fumé un cigarrillo. Y eso fue todo.
»Me levanté y dije que me iba. Los dos dijeron: “Adiós, que te vaya bien”, y Al me dijo que les hiciese una visita de vez en cuando. Entonces me encontré fuera del apartamento, ya en la calle, y luego en el coche, alejándome de allí. Y eso fue todo.
–¿Y no fuiste a la policía? –preguntó el camarero.
–Bueno, sabes, Carl, es complicado..., en realidad, fue como si me adoptasen en la familia. Fueron sinceros conmigo, no quisieron ocultarme nada.
–Pues, tal como yo lo veo, eres cómplice de un asesinato.
–Mira, Carl, lo que yo pensé fue que esa gente, en realidad, no me acababa de parecer mala gente. He conocido gente que me cae muchísimo peor y a la que detesto muchísimo más, que nunca ha matado a nadie. No sé, en realidad, es desconcertante. Incluso pienso en aquel tipo de congelador como si fuera una especie de gran conejo congelado...
El camarero sacó la Luger de abajo de la barra y apuntó a Mel con ella.
–Está bien –dijo–, vas a quedarte ahí congelado mientras llamo a la policía.
–Mira, Carl..., tú no tienes por qué decidir en este asunto.
–¿Cómo que no? ¡Soy un ciudadano! No puedo permitir que gilipollas como tú y tipos como tus amigos anden por ahí congelando gente. ¡El próximo podría ser yo!
–¡Escucha, Carl, escúchame! Oyeme lo que te digo...
–¡Está bien, adelante!
–Es un cuento.
–¿Quieres decir que lo que me contaste es mentira?
–Sí, era un cuento. Una broma, hombre. Te lié. Ahora, guarda esa pistola y vamos a tomarnos un whisky cada uno.
–Lo que me contaste no era mentira.
–Te he dicho que sí.
–No, no era mentira... Diste demasiados detalles. Nadie cuenta una mentira así. No era una broma, no. Nadie gasta esas bromas.
–Te aseguro que es mentira, Carl.
–No, no puedo creerte.
Carl se inclinó hacia la izquierda para arrastrarse hasta el teléfono. El teléfono estaba allí, sobre la barra. Cuando Carl se inclinó hacia la izquierda, Mel agarró la botella de cerveza y le atizó con ella en la cara. Carl soltó la pistola y se llevó la mano a la cara y Mel saltó sobre la barra y volvió a atizarle (ahora detrás de una oreja) y Carl se desplomó. Mel cogió la Luger, apuntó cuidadosamente, apretó el gatillo una vez, luego metió el arma en una bolsa de papel marrón, saltó la barra, enfiló hacia la entrada y salió al Boulevard. El indicador del parquímetro junto a su coche ya estaba en rojo. Subió al coche y se alejó del lugar.

jueves, 27 de abril de 2017

-SEXTA SESIÓN. Relato: "Un día perfecto para el pez plátano", de J. D. Salinger

Un día perfecto para el pez plátano

Por J. D. Salinger


En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y —ya era la cuarta o quinta llamada— levantó el auricular del teléfono.
—Diga —dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass —dijo la operadora.
—Gracias —contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás? —dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegasteis?
—No sé... el miércoles, de madrugada.
—¿Quién condujo?
—Él —dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
—Mamá —interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?
—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás..
—Muy bien —dijo la chica.
—¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
—No. Ahora tiene uno nuevo.
—¿Cuál?
—Mamá... ¿qué importancia tiene
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 —dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
—Mamá —interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
—Lo tienes tú.
—¿Estás segura? —dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
—¡Pero está en alemán!
—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia —dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos...
—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
—Un segundo, mamá —dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
—Muriel, mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Sí? —dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
—¿Y...? —dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
—Nunca lo he oído nombrar.
—De todos modos, dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma.
—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí —dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
—Me he quemado toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
—Bueno... sí... más o menos... —dijo la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
—Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
—¿Por que te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé —dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
—¿El verde?
—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
—Pero ¿qué dijo él? El médico.
—Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
—Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No entré en detalles —dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
—En realidad, no —dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le subí un poco las hombreras.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra —dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
—Sí, mamá —dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
—No, gracias —dijo la chica, y descruzó las piernas.
—Mamá, esta llamada va a costar una for...
—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que...
—Mamá —dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá —dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No he dicho nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien —dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida —dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
—Muriel, hazme caso.
—Sí, mamá —dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá —dijo la chica—. Besos a papá —y colgó.


***

—Ver más vidrio (1)—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
—Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
—No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
—Por lo que dice, debía de ser precioso —asintió la señora Carpenter.
—Estáte quieta, Sybil, cariño...
—¿Viste más vidrio? —dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
—Muy bien —dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio? —dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
—¡Ah!, hola, Sybil.
—¿Vas a ir al agua?
—Te esperaba —dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
—¿Qué? —dijo Sybil.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en un avión —dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
—No me tires arena a la cara, niña —dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
—¿Dónde está la señora? —dijo Sybil.
—¿La señora? —el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil —dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
—Es amarillo —dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
—¿Vas a ir al agua? —dijo Sybil.
—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
—Necesita aire —dijo.
—Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir —retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil —dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti —estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
—¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
—Sí que podías.
—Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
—¿Qué?
—Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
—Vayamos al agua—dijo.
—Bueno —replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
—La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
—¿Que eche a quién?
—A Sharon Lipschutz.
—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil —dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
—¿Un qué?
—Un pez plátano —dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano —dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
—¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
—No sé —dijo Sybil.
—Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut —dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
—Whirly Wood, Connecticut —dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo —dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
Sybil soltó el pie:
—¿Has leído El negrito Sambo? —dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso —dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
—¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
—No eran más que seis —dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
—¿Te gusta la cera? —preguntó Sybil.
—¿Si me gusta qué?
—La cera.
—Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
—¿Te gustan las aceitunas? —preguntó.
—¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz? —preguntó Sybil.
—Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas —dijo ella por último.
—Ah, ¿y a quién no? —dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso? —preguntó él.
—No me sueltes —dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo —dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
—No veo ninguno —dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empujando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
—Llevan una vida triste —dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos —empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos —dijo Sybil—. ¿Y qué pasa después con ellos?
—¿Qué pasa con quiénes?
—Con los peces plátano.
—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
—Sí —dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué? —preguntó Sybil.
—Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
—Ahí viene una ola —dijo Sybil nerviosa.
—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia —dijo el joven—, como dos engreídos.
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
—Acabo de ver uno.
—¿Un qué, amor mío?
—Un pez plátano.
—¡No, por Dios! —dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?
—Sí —dijo Sybil—. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
—¡Eh! —dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
—¡No!
—Lo siento —dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.
—Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.



En el primer nivel de la planta baja del hotel —que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
—Veo que me está mirando los pies —dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
—¿Cómo dice? —dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo —dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor —dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos —dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.








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Nota 1.: Aquí la niña se refiere a Seymour Glass (pronunciado simor-glas) cuyo nombre confunde con las palabras see more glass (ver más vidrio), por su casi idéntica pronunciación. (N. de la T.)

Sexto trabajo a realizar

Debe cumplir los siguientes requisitos:
1. Narrador externo deficiente
2. Estructura en dos escenas separadas
3. Uso de diálogo

¿Y qué acumulamos de las sesiones anteriores?:
-Puedes usar los verbos en presente.
-Puedes usar las elipsis para que la acción vaya más rápida.
-Debes usar elementos que se vayan repitiendo a lo largo del relato.
-Las acotaciones pueden no ser con verbos dicendi.
-Puedes dejar el final abierto.
-Puedes hacer un último párrafo de mirada de la escena.