jueves, 1 de junio de 2017

EL OTOÑO DEL PATRIARCA, de Gabriel García Márquez

EL OTOÑO DEL PATRIARCA


De Gabriel García Márquez



Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponían, pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran arduamente visibles en la luz decrépita. A lo largo del primer patio, cuyas baldosas habían cedido a la presión subterránea de la maleza, vimos el retén en desorden de la guardia fugitiva, las armas abandonadas en los armarios, el largo mesón de tablones bastos con los platos de sobras del almuerzo dominical interrumpido por el pánico, vimos el galpón en penumbra donde estuvieron las oficinas civiles, los hongos de colores y los lirios pálidos entre los memoriales sin resolver cuyo curso ordinario había sido más lento que las vidas más áridas, vimos en el centro del patio la alberca bautismal donde fueron cristianizadas con sacramentos marciales más de cinco generaciones, vimos en el fondo la antigua caballeriza de los virreyes transformada en cochera, y vimos entre las camelias y las mariposas la berlina de los tiempos del ruido, el furgón de la peste, la carroza del año del cometa, el coche fúnebre del progreso dentro del orden, la limusina sonámbula del primer siglo de paz, todos en buen estado bajo la telaraña polvorienta y todos pintados con los colores de la bandera. En el patio siguiente, detrás de una verja de hierro, estaban los rosales nevados de polvo lunar a cuya sombra dormían los leprosos en los tiempos grandes de la casa, y habían proliferado tanto en el abandono que apenas si quedaba un resquicio sin olor en aquel aire de rosas revuelto con la pestilencia que nos llegaba del fondo del jardín y el tufo de gallinero y la hedentina de boñigas y fermentos de orines de vacas y soldados de la basílica colonial convertida en establo de ordeño. Abriéndonos paso a través del matorral asfixiante vimos la galería de arcadas con tiestos de claveles y frondas de astromelias y trinitarias donde estuvieron las barracas de las concubinas, y por la variedad de los residuos domésticos y la cantidad de las máquinas de coser nos pareció posible que allí hubieran vivido más de mil mujeres con sus recuas de sietemesinos, vimos el desorden de guerra de las cocinas, la ropa podrida al sol en las albercas de lavar, la sentina abierta del cagadero común de concubinas y soldados, y vimos en el fondo los sauces babilónicos que habían sido transportados vivos desde el Asia Menor en gigantescos invernaderos de mar, con su propio suelo, su savia y su llovizna, y al fondo de los sauces vimos la casa civil, inmensa y triste, por cuyas celosías desportilladas seguían metiéndose los gallinazos. No tuvimos que forzar la entrada, como habíamos pensado, pues la puerta central pareció abrirse al solo impulso de la voz, de modo que subimos a la planta principal por una escalera de piedra viva cuyas alfombras de ópera habían sido trituradas por las pezuñas de las vacas, y desde el primer vestíbulo hasta los dormitorios privados vimos las oficinas y las salas oficiales en ruinas por donde andaban las vacas impávidas comiéndose las cortinas de terciopelo y mordisqueando el raso de los sillones, vimos cuadros heroicos de santos y militares tirados por el suelo entre muebles rotos y plastas recientes de boñiga de vaca, vimos un comedor comido por las vacas, la sala de música profanada por estropicios de vacas, las mesitas de dominó destruidas y las praderas de las mesas de billar esquilmadas por las vacas, vimos abandonada en un rincón la máquina del viento, la que falsificaba cualquier fenómeno de los cuatro cuadrantes de la rosa náutica para que la gente de la casa soportara la nostalgia del mar que se fue, vimos jaulas de pájaros colgadas por todas partes y todavía cubiertas con los trapos de dormir de alguna noche de la semana anterior, y vimos por las ventanas numerosas el extenso animal dormido de la ciudad todavía inocente del lunes histórico que empezaba a vivir, y más allá de la ciudad, hasta el horizonte, vimos los cráteres muertos de ásperas cenizas de luna de la llanura sin término donde había estado el mar. En aquel recinto prohibido que muy pocas gentes de privilegio habían logrado conocer, sentimos por primera vez el olor de carnaza de los gallinazos, percibimos su asma milenaria, su instinto premonitorio, y guiándonos por el viento de putrefacción de sus aletazos encontramos en la sala de audiencias los cascarones agusanados de las vacas, sus cuartos traseros de animal femenino varias veces repetidos en los espejos de cuerpo entero, y entonces empujamos una puerta lateral que daba a una oficina disimulada en el muro, y allí lo vimos a él, con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro en el talón izquierdo, más viejo que todos los hombres y todos los animales viejos de la tierra y del agua, y estaba tirado en el suelo, bocabajo, con el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada, como había dormido noche tras noche durante todas las noches de su larguísima vida de déspota solitario.

Sólo cuando lo volteamos para verle la cara comprendimos que era imposible reconocerlo aunque no hubiera estado carcomido de gallinazos, porque ninguno de nosotros lo había visto nunca, y aunque su perfil estaba en ambos lados de las monedas, en las estampillas de correo, en las etiquetas de los depurativos, en los bragueros y los escapularios, y aunque su litografía enmarcada con la bandera en el pecho y el dragón de la patria estaba expuesta a todas horas en todas partes, sabíamos que eran copias de copias de retratos que ya se consideraban infieles en los tiempos del cometa, cuando nuestros propios padres sabían quién era él porque se lo habían oído contar a los suyos, como éstos a los suyos, y desde niños nos acostumbraron a creer que él estaba vivo en la casa del poder porque alguien había visto encenderse los globos de luz una noche de fiesta, alguien había contado que vi los ojos tristes, los labios pálidos, la mano pensativa que iba diciendo adioses de nadie a través de los ornamentos de misa del coche presidencial, porque un domingo de hacía muchos años se habían llevado al ciego callejero que por cinco centavos recitaba los versos del olvidado poeta Rubén Darío y había vuelto feliz con una morrocota legítima con que le pagaron un recital que había hecho sólo para él, aunque no lo había visto, por supuesto, no porque fuera ciego sino porque ningún mortal lo había visto desde los tiempos del vómito negro, y sin embargo sabíamos que él estaba ahí, lo sabíamos porque el mundo seguía, la vida seguía, el correo llegaba, la banda municipal tocaba la retreta de valses bobos de los sábados bajo las palmeras polvorientas y los faroles mustios de la Plaza de Armas, y otros músicos viejos reemplazaban en la banda a los músicos muertos. En los últimos años, cuando no se volvieron a oír ruidos humanos ni cantos de pájaros en el interior y se cerraron para siempre los portones blindados, sabíamos que había alguien en la casa civil porque de noche se veían luces que parecían de navegación a través de las ventanas del lado del mar, y quienes se atrevieron a acercarse oyeron desastres de pezuñas y suspiros de animal grande detrás de las paredes fortificadas, y una tarde de enero habíamos visto una vaca contemplando el crepúsculo desde el balcón presidencial, imagínese, una vaca en el balcón de la patria, qué cosa más inicua, qué país de mierda, pero se hicieron tantas conjeturas de cómo era posible que una vaca llegara hasta un balcón si todo el mundo sabía que las vacas no se trepaban por las escaleras, y menos si eran de piedra, y mucho menos si estaban alfombradas, que al final no supimos si en realidad la vimos o si era que pasamos una tarde por la Plaza de Armas y habíamos soñado caminando que habíamos visto una vaca en un balcón presidencial donde nada se había visto ni había de verse otra vez en muchos años hasta el amanecer del último viernes cuando empezaron a llegar los primeros gallinazos que se alzaron de donde estaban siempre adormilados en la cornisa del hospital de pobres, vinieron más de tierra adentro, vinieron en oleadas sucesivas desde el horizonte del mar de polvo donde estuvo el mar, volaron todo un día en círculos lentos sobre la casa del poder hasta que un rey con plumas de novia y golilla encarnada impartió una orden silenciosa y empezó aquel estropicio de vidrios, aquel viento de muerto grande, aquel entrar y salir de gallinazos por las ventanas como sólo era concebible en una casa sin autoridad, de modo que también nosotros nos atrevimos a entrar y encontramos en el santuario desierto los escombros de la grandeza, el cuerpo picoteado, las manos lisas de doncella con el anillo del poder en el hueso anular, y tenía todo el cuerpo retoñado de liqúenes minúsculos y animales parasitarios de fondo de mar, sobre todo en las axilas y en las ingles, y tenía el braguero de lona en el testículo herniado que era lo único que habían eludido los gallinazos a pesar de ser tan grande como un riñón de buey, pero ni siquiera entonces nos atrevimos a creer en su muerte porque era la segunda vez que lo encontraban en aquella oficina, solo y vestido, y muerto al parecer de muerte natural durante el sueño, como estaba anunciado desde hacía muchos años en las aguas premonitorias de los lebrillos de las pitonisas. La primera vez que lo encontraron, en el principio de su otoño, la nación estaba todavía bastante viva como para que él se sintiera amenazado de muerte hasta en la soledad de su dormitorio, y sin embargo gobernaba como si se supiera predestinado a no morirse jamás, pues aquello no parecía entonces una casa presidencial sino un mercado donde había que abrirse paso por entre ordenanzas descalzos que descargaban burros de hortalizas y huacales de gallinas en los corredores, saltando por encima de comadres con ahijados famélicos que dormían apelotonadas en las escaleras para esperar el milagro de la caridad oficial, había que eludir las corrientes de agua sucia de las concubinas deslenguadas que cambiaban por flores nuevas las flores nocturnas de los floreros y trapeaban los pisos y cantaban canciones de amores ilusorios al compás de las ramas secas con que venteaban las alfombras en los balcones, y todo aquello entre el escándalo de los funcionarios vitalicios que encontraban gallinas poniendo en las gavetas de los escritorios, y tráficos de putas y soldados en los retretes, y alborotos de pájaros, y peleas de perros callejeros en medio de las audiencias, porque nadie sabía quién era quién ni de parte de quién en aquel palacio de puertas abiertas dentro de cuyo desorden descomunal era imposible establecer dónde estaba el gobierno. El hombre de la casa no sólo participaba de aquel desastre de feria sino que él mismo lo promovía y comandaba, pues tan pronto como se encendían las luces de su dormitorio, antes de que empezaran a cantar los gallos, la diana de la guardia presidencial mandaba el aviso del nuevo día al cercano cuartel del Conde, y éste lo repetía para la base de San Jerónimo, y ésta para la fortaleza del puerto, y ésta volvía a repetirlo para las seis dianas sucesivas que despertaban primero a la ciudad y luego a todo el país, mientras él meditaba en el excusado portátil tratando de apagar con las manos el zumbido de sus oídos, que entonces empezaba a manifestarse, y viendo pasar la luz de los buques por el voluble mar de topacio que en aquellos tiempos de gloria estaba todavía frente a su ventana. Todos los días, desde que tomó posesión de la casa, había vigilado el ordeño en los establos para medir con su mano la cantidad de leche que habían de llevar las tres carretas presidenciales a los cuarteles de la ciudad, tomaba en la cocina un tazón de café negro con cazabe sin saber muy bien para dónde lo arrastraban las ventoleras de la nueva jornada, atento siempre al cotorreo de la servidumbre que era la gente de la casa con quien hablaba el mismo lenguaje, cuyos halagos serios estimaba más y cuyos corazones descifraba mejor, y un poco antes de las nueve tomaba un baño lento de aguas de hojas hervidas en la alberca de granito construida a la sombra de los almendros de su patio privado, y sólo después de las once conseguía sobreponerse a la zozobra del amanecer y se enfrentaba a los azares de la realidad. Antes, durante la ocupación de los infantes de marina, se encerraba en la oficina para decidir el destino de la patria con el

comandante de las tropas de desembarco y firmaba toda clase de leyes y mandatos con la huella del pulgar, pues entonces no sabía leer ni escribir, pero cuando lo dejaron solo otra vez con su patria y su poder no volvió a emponzoñarse la sangre con la conduerma de la ley escrita sino que gobernaba de viva voz y de cuerpo presente a toda hora y en todas partes con una parsimonia rupestre pero también con una diligencia inconcebible a su edad, asediado por una muchedumbre de leprosos, ciegos y paralíticos que suplicaban de sus manos la sal de la salud, y políticos de letras y aduladores impávidos que lo proclamaban corregidor de los terremotos, los eclipses, los años bisiestos y otros errores de Dios, arrastrando por toda la casa sus grandes patas de elefante en la nieve mientras resolvía problemas de estado y asuntos domésticos con la misma simplicidad con que ordenaba que me quiten esta puerta de aquí y me la pongan allá, la quitaban, que me la vuelvan a poner, la ponían, que el reloj de la torre no diera las doce a las doce sino a las dos para que la vida pareciera más larga, se cumplía, sin un instante de vacilación, sin una pausa, salvo a la hora mortal de la siesta en que se refugiaba en la penumbra de las concubinas, elegía una por asalto, sin desvestirla ni desvestirse, sin cerrar la puerta, y en el ámbito de la casa se escuchaba entonces su resuello sin alma de marido urgente, el retintín anhelante de la espuela de oro, su llantito de perro, el espanto de la mujer que malgastaba su tiempo de amor tratando de quitarse de encima la mirada escuálida de los sietemesinos, sus gritos de lárguense de aquí, váyanse a jugar en el patio que esto no lo pueden ver los niños, y era como si un ángel atravesara el cielo de la patria, se apagaban las voces, se paró la vida, todo el mundo quedó petrificado con el índice en los labios, sin respirar, silencio, el general está tirando, pero quienes mejor lo conocieron no confiaban ni siquiera en la tregua de aquel instante sagrado, pues siempre parecía que se desdoblaba, que lo vieron jugando dominó a las siete de la noche y al mismo tiempo lo habían visto prendiendo fuego a las bostas de vaca para ahuyentar los mosquitos en la sala de audiencias, ni nadie se alimentaba de ilusiones mientras no se apagaban las luces de las últimas ventanas y se escuchaba el ruido de estrépito de las tres aldabas, los tres cerrojos, los tres pestillos del dormitorio presidencial, y se oía el golpe del cuerpo al derrumbarse de cansancio en el suelo de piedra, y la respiración de niño decrépito que se iba haciendo más profunda a medida que montaba la marea, hasta que las arpas nocturnas del viento acallaban las chicharras de sus tímpanos y un ancho maretazo de espuma arrasaba las calles de la rancia ciudad de los virreyes y los bucaneros e irrumpía en la casa civil por todas las ventanas como un tremendo sábado de agosto que hacía crecer percebes en los espejos y dejaba la sala de audiencias a merced de los delirios de los tiburones y rebasaba los niveles más altos de los océanos prehistóricos, y desbordaba la faz de la tierra, y el espacio y el tiempo, y sólo quedaba él solo flotando bocabajo en el agua lunar de sus sueños de ahogado solitario, con su uniforme de lienzo de soldado raso, sus polainas, su espuela de oro, y el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada. Aquel estar simultáneo en todas partes durante los años pedregosos que precedieron a su primera muerte, aquel subir mientras bajaba, aquel extasiarse en el mar mientras agonizaba de malos amores no eran un privilegio de su naturaleza, como lo proclamaban sus aduladores, ni una alucinación multitudinaria, como decían sus críticos, sino que era la suerte de contar con los servicios íntegros y la lealtad de perro de Patricio Aragonés, su doble perfecto, que había sido encontrado sin que nadie lo buscara cuando le vinieron con la novedad mi general de que una falsa carroza presidencial andaba por pueblos de indios haciendo un próspero negocio de suplantación, que habían visto los ojos taciturnos en la penumbra mortuoria, que habían visto los labios pálidos, la mano de novia sensitiva con un guante de raso que iba echando puñados de sal a los enfermos arrodillados en la calle, y que detrás de la carroza iban dos falsos oficiales de a caballo cobrando en moneda dura el favor de la salud, imagínese mi general, qué sacrilegio, pero él no dio ninguna orden contra el suplantador sino que había pedido que lo llevaran en secreto a la casa presidencial con la cabeza metida en un talego de fique para que no fueran a confundirlo, y entonces padeció la humillación de verse a sí mismo en semejante estado de igualdad, carajo, si este hombre soy yo, dijo, porque era en realidad como si lo fuera, salvo por la autoridad de la voz, que el otro no logró imitar nunca, y por la nitidez de las líneas de la mano en donde el arco de la vida se prolongaba sin tropiezos en torno a la base del pulgar, y si no lo hizo fusilar en el acto no fue por el interés de mantenerlo como suplantador oficial, pues esto se le ocurrió más tarde, sino porque lo inquietó la ilusión de que las cifras de su propio destino estuvieran escritas en la mano del impostor.

SEDA, de Alessandro Baricco










La flaqueza del bolchevique, de Lorenzo Silva



Era lunes y, como todos los lunes, el alma me pesaba ahí mismo, abajo del saquito de los cojones. Una tarde pensé que el alma era una tercera bola que llevaba ahí colgando y que me servía tan poco como me servían las otras dos. Desde entonces, cuando es lunes y el alma me pesa, cuando es otro día y el alma me pesa, hasta cuando no sé qué día es y el alma me pesa, siento ese bulto y esa carga abajo del todo, peleando con la tela elástica del slip.
   Yo no fui siempre un tipo con el alma entre los cojones. Durante bastantes años ni siquiera decía palabrotas, y hasta utilicé durante otros muchos un vocabulario abundante y selecto. Ahora he decidido que la vida no merece arriba de quinientas palabras y que las más a propósito son palabrotas, pero no es que nunca haya pasado de aquí, sino que he llegado aquí. Muchos capullos se atascan donde yo estoy ahora al poco de nacer y se quedan aquí para siempre. Yo he venido hasta aquí pasando por otros sitios antes, y algunos de ellos olían bastante mejor, aunque nunca duró demasiado. Puede parecer que más habría valido ser desde el principio uno de esos capullos que no ven mundo ni conocen otros sitios que huelen mejor. Y a mí me lo parece. Si toda mi vida hubiera sido un capullo ahora estaría contento, y no acordándome de que aquel día era lunes y el alma me pesaba encima del slip.
   El lunes del que me acuerdo empezaba con la misma mierda de todos los lunes. En la radio había cinco gilipollas que hablaban de lo que habían dicho otros cinco gilipollas para que al día siguiente cinco gilipollas más (algunos de ellos los mismos del día de antes) hablaran de lo que estos cinco gilipollas habían dicho y así hasta el infinito, que es un batiburrillo de bandas de a cinco gilipollas. Como mi resistencia a las chorradas ha ido bajando con el tiempo, puse una cinta y resultó ser una de aquellas en las que hace años tenía grabado a ese pelma de Bach. Aunque he borrado todas, grabando encima otra música más apropiada, a veces salen trozos de sus apestosas Cantatas que siempre tratan de lo mismo y suenan igual. Adelanté un poco la cinta y arrancó Breaking the Law, de Judas Priest. Lo dejé ahí, y no porque me gusten los individuos de Judas, que creo que son un hatajo de macarras que en su vida han tenido un par de ocurrencias, sino porque armaban mucho ruido y eso me impedía pensar. Ante todo, buscaba librarme de lo que hacía que me pesara el alma y que era lo mismo de siempre: es lunes (un puto lunes), temprano (la puta de temprano), estoy en el coche (el puto coche), en un atasco (puto atasco), sin saber si pasar por encima o por debajo del cinturón de seguridad la corbata (el puto cinturón, la puta corbata); voy camino del trabajo, donde pudriendo los días me dan a cambio dinero para comprar de comer y pagar el apartamento y el coche y la corbata y la radio y los compactos de donde grabo las cintas de Judas (puto trabajo, putos días, puto dinero, puta comida, puto apartamento, etc.); y ahora va el guardia y como siempre corta en Cibeles para que circulen los que bajan por Alcalá y nos jodamos los que venimos por el Prado (el puto guardia).
   De lo que venía pensando es fácil acordarme, porque lo hago mucho y me lo he aprendido de memoria. Del guardia también, porque todas las mañanas hace lo mismo. De Bach y de Judas, y aquí es donde empieza el asunto, me acuerdo porque fue al encontrar Breaking the Law cuando el coche que rodaba delante de mí frenó en seco y yo, que iba distraído con el radiocasete, me lo comí a unos veintidós por hora, que no es mucho para recorrer los diecisiete kilómetros que recorro cada mañana, pero sí bastante para romper un coche contra otro.
   En ese momento el infierno se me echó encima, y el infierno era, por este orden: una zorra con trajecito chanel que se me baja del coche de delante y me empieza a llamar hijo de puta y maricón y yo qué sé cuántas cosas más que no le iban nada con la blusa; el mamón del guardia que abre mucho los ojos y sin sacarse el pito de la boca se viene hacia el lugar del siniestro con ganas de marcha; los de detrás que se ponen a darle al claxon a ver si consigo volverme loco de una vez; el cinturón que no obedece a mis intentos de separármelo del pecho para desabrocharlo porque debo de estar tirando un poco más de lo que el fabricante opina que se debe tirar; los de Judas que parecen empeñados en cargarse la batería, el bajo y todas sus guitarras.
   Cuando por fin conseguí librarme del cinturón y salir del coche, la zorra del trajecito chanel y el guardia ya se habían aliado manifiestamente. El guardia me escupió apenas asomé el morro:
   –Antes de nada retire el coche. ¿No ve que está estorbando?
  –Ayudaría si lo quita primero ella -contesté sin ninguna astucia-. Me he empotrado en su culo.
   –¿No le oye al muy cabrón? -trinó la mujer-. Te habrás empotrado en el culo de tu puta madre.
   –Bueno, vale. Pero si usted no mueve el coche yo tampoco puedo moverlo y el guardia no va a poder despejar el tráfico, que es lo que a él le importa.
   –Señora -terció el guardia-, haga el favor y a ver si podemos arreglar esto lo antes posible.
   La mujer lo movió, yo lo moví y mientras tanto el guardia desviaba a los malnacidos que pasaban riéndose de la hostia que acababa de darme.

Reglas para la superviviencia de la novela. Según Vicente Verdú

La nueva narración debe sustentarse en la ironía y en la escritura del yo, contar con la multiplicada sensibilidad del lector y atenerse a diez objetivos.
Que los últimos cinco premios Herralde de novela hayan recaído sin cesar sobre escritores latinoamericanos no debe considerarse un simple azar. La novela que todavía se premia responde al molde tradicional y este producto no se cultiva con la debida dignidad sino en la periferia del sistema. Sucede de la misma manera que con las películas de autor, que, si antes procedían de Italia, Francia o Alemania, ahora brotan en Irán, Irak, China, India, Argentina o Senegal, puesto que el cine de autor como la novela de argumento son productos que caducaron en territorios de la Metrópoli mucho antes de iniciarse el siglo XXI.
Paralelamente, así como en la pintura es inconcebible producir sin tener presente la fotografía, la televisión, los videojuegos, el avión, los grafitis o cualquier pantalla, en la narración es torpe seguir como si no existiera publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o la blogosfera. Quienes en los países donde se han desarrollado las nuevas formas de comunicación continúan redactando novelas a la antigua usanza atienden sólo a los lectores vetustos, incomunicados o burdos. Y también a los que aprecian los libros en cuanto les parecen películas o telefilmes impresos y en donde la escritura cumple la simple función de entretener durante el trayecto en avión o metro.
Nada que ver, pues, con el carácter propio y especial de la escritura literaria, en donde la nueva narración debería caracterizarse por estos diez componentes, al menos:
1. La novela actual -o como quiera llamarse- deberá mostrarse enérgicamente resistente al intento de trasladarla al cine, al telefilme o a la vida el videojuego: la literatura hoy más que nunca debería alzarse como intransferible porque las historias novelescas al aroma del siglo XIX han sido ya usadas con diferentes métodos de explotación y lo fueron, precisamente, porque no existían entonces los guionistas a granel que actualmente redactan para crear productos audiovisuales. El destino de aquellas novelas fue atender precisamente a una demanda general sin capacidad para vivir otras vidas adicionales que no fueran las servidas por la fantasía de los libros.
2. La fantasía, la intriga -y tanto más cuanto más enrevesada resulta- debe considerase un recurso estereotipado e indicio, a la vez, de no aspirar a mucho más que un sudoku. Cualquier obra literaria actual debe insistir más que nunca en la categoría de su escritura. Es decir, en su habilidad para hacerse indispensable como medio de conocimiento y comunicación peculiar, insustituible en la iluminación y la clase de disfrute que procura. El gusto de la lectura se obtendrá no del artificio argumental, el suspense policiaco, los agentes especiales, los cofres por descerrajar o los misterios divinos, sino de la intensa degustación del texto, sin necesidad de conspiraciones ni extrañas travesías. Los intríngulis de esta literatura son más intríngulis que literatura. Vale para lo que vale y ni una distinción más.
3. No habrá de valerse la obra de ninguna estructura prefabricada mediante la cual el lector será conducido entre añagazas del oficio hasta la apoteosis final, tan propia de las antiguas revistas y la vulgaridad en las prestaciones. La narración literaria consciente de sí no aspirará a apoteosis final alguna tal como el destino tampoco existe en el proyecto vital de ahora, mientras la metafísica se disipa.
Lo que sucede día a día tiene hoy la forma del accidente y el carácter de la inmanencia, posee la belleza de lo instantáneo y la inteligencia de la negligencia. Ha terminado el proceso, la idea de la historia y de su trascendencia. Lo que cuenta es la belleza de la inmediatez, el texto convertido en un gozoso bocado de por sí.
4. La fragmentación de las historias, con sus anotaciones e intervalos mentales, tiende a copiar del blog y de la comunicación fragmentada omnipresente. Una novela contemporánea que no haya asumido esta clase de comunicación se ahogará en su jactancia. La ignorancia del blog y de los mensajes cortos, del discurso corto y cambiante, puede llevar, excepcionalmente, a una obra apreciable pero se tratará de esa clase de valor que encuentran las alhajas y los cuadros escondidos en el polvo de los museos. Una obra viva debe tener en su alma la actuación de su presente porque de otro modo contribuirá a hacer de la literatura la estampa de una dedicación embalsamada. ¿La muerte de la literatura? Sin duda diversos novelistas de hoy perviven gracias al culto funerario del género y al amparo de lectores melancólicos que transpiran alcanfor.
5. El desarrollo pues del libro no obedecerá a un hegemónico hilo argumental sino a una red de experiencias que hiladas, entrecruzadas o en racimo planteen un tutti frutti para el multipolar lector de hoy. Las obras con hilo -o cable- que se lanza pero que se enreda, que da a entender esto pero resulta ser lo otro, que juega, en fin, con el lector, denota no poseer otra cosa mejor de la que vivir y comercia con artículos de feria. Obras de escritores que imitan arrobados a aquellos otros que se ganaban la vida gracias a que sus clientes los leían o los escuchaban leer a la luz de las velas y, en general, no habían salido de la provincia.
6. La novela eminentemente nueva no deberá, desde luego, agarrarte por el cuello y llevarte así, del pescuezo, hasta su final, entre meandros y malabares. Contrariamente a estos modos circenses, la buena novela del XXI considerará la multiplicada sensibilidad del receptor mediático y la interacción. Estimará la belleza eficiente de la forma, la seducción estética y no el uso instrumental o perruno del lenguaje. Es decir, la lectura no será una ansiedad que, entre jadeos y vigilias, buscará cuanto antes la revelación de la última página sino que paladeará cada párrafo a la manera de la slow food.
Lo propio de la literatura excelente será, hoy más que nunca, la belleza y perspicacia de la escritura. Para contar una historia hay ahora abundantes medios, desde el telefilme al vídeo, más eficaces, más plásticos y vistosos. La escritura, sin embargo, es insustituible en cuanto agudiza su ser, emplea las palabras exactas y no la palabra como un andén para llevar la obra a otra versión.
Los novelistas que escriben con la ambición de ser llevados al cine delatan su menosprecio por la escritura. O su incompetencia. Mejor harían con emplearse de cuentacuentos o copys.
7. El cine, la televisión, la realidad virtual pueden presentar escenarios y vicisitudes con mayor riqueza exterior pero la peripecia interior es el juego especial de la escritura y su máxima legitimación. Si la novela, el cuento, el ensayo, el libro, en fin, se justifica todavía sólo alcanza su indiscutible mérito en esta dirección. La dirección propicia para explorar en el interior de uno mismo o del otro hasta la extenuación.
8. ¿Ficción? Si la obra literaria, las fórmulas matemáticas, las piezas musicales son siempre y en todo caso autobiográficas, entonces ¿para qué fingir? Si, como se reconoce, la realidad supera siempre a la ficción, entonces ¿para qué fantasear? El autor habla mucho mejor de lo que conoce personalmente y peor de lo que maquina deliberadamente. La ficción, en fin, pertenece a los tiempos anteriores al capitalismo de ficción. Si la literatura aspira a conocer algo más sobre el mundo y sus enfermos su elección es la directa, precisa y temeraria escritura del yo.
La transmisión de lo personal da sentido, carácter y contenido a la comunicación. No hay comunicación sin comunión, no hay comunión sin comunidad, no hay comunidad sin sinceridad, no hay sinceridad sin volcar lo personal.
9. La voz, en consecuencia, será la de la primera persona del singular. Trato directo entre el autor y el lector, entre las aventuras, las pasiones o los dolores que se comparten en la secuencia del texto.
El estilo en tercera persona es hoy el colmo de la falacia, la hipocresía, la cursilería, el amaneramiento o la vana pretensión de saberlo todo por parte del narrador a la manera insufrible de la voz en off en los años cincuenta del cine. No hay verosimilitud en esa voz que ahora se recibe como el cénit de la impostación, el reverso de la verosimilitud y la frescura. El autor/creador, que se endiosa atribuyendo a sus personajes el don de criaturas que adquieren vida propia, se despeña en su misma metáfora de acartonado Frankenstein.
10. Mejor haría en jugar y reírse de sí mismo porque ahora, toda obra de aire severo, sin humor, carece de un lugar soleado en el mundo de la comunicación. Podría decirse, incluso, que ninguna obra sin humor forma parte de la producción intelectual inteligente puesto que ningún genio en la historia de la humanidad prosperó sin la ironía sobre sí mismo. Los novelistas más serios son a la vez los más tediosos y, como corolario, los peores.
Sin ironía no hay contemporaneidad, sin ironía no existe visión de la iridiscencia del mundo y su variable composición.

Frente a estos diez virtuosos componentes se cometen los correspondientes pecados capitales. La novela -o como quiera que se llame- sin insustituible escritura, sólo con tema, se suicida actualmente por falta de destino. Muchos leen y suponen que están leyendo literatura o incluso un libro cuando, en realidad, prestan su atención a enmascarados guiones de cine, borradores de telefilmes o largos bocadillos de cómic. También, claro está, leen como algo contemporáneo a los sucedáneos del siglo XIX, sin cuestionarse su momificación, bien porque amen la palidez del vintage, abracen el olor a polvo, o bien porque no posean sentido del gusto en general.

El lector, como el consumidor, hoy más que nunca, se encuentra en condiciones de elegir entre una oferta muy personalizada, surtida y extensa. De su elección depende dar vida a los novelistas que escriben como estafermos o no.
La novela puede ser de este modo tanto un asunto de guardarropía, un legado apreciable como fruto histórico, o una literatura donde el autor, todavía vivo y despierto, se desafía para conocerse, conocer y comunicar. Todo ello sin la obispal solemnidad de los novelistas a la violeta que siguen autoestimándose como demiurgos y atribuyen a la literatura una supuesta misión de libertad, de salvación universal y de formidables tontadas por el estilo.

El novelista, como el pintor o el diseñador, como el compositor o el arquitecto, son trabajadores que, como todos los demás, tratan genéricamente de mejorar la vida. Nada de diferencias entre el productor y el creador, el trabajador y el artista. Unos y otros con sus condiciones y habilidades tratan de colocar su mercancía y se interesan por el placer que provocan en el receptor. ¿Gozos divinos? ¿Placeres indecibles? Zarandajas: el placer sólo reconoce la verdad o el sucedáneo, la ficción del placer, sólo distingue entre buenos y malos amantes. Brillantes y opacos escritores, como lúcidos y lelos ebanistas, lozanos y mustios cantautores, actrices o masajistas. -

Apuntes técnicos para crear una novela

Una novela es:
UN MODELO DE VIDA
Intenta conseguir que el lector aprenda algo de sí mismo.
LAS NOVELAS SON UN BÁLSAMO (UN UNGÜENTO) QUE SE ADAPTA A NUESTRAS HERIDAS INTERNAS.
Debe aportar soluciones para resolver problemas.
Debe ser una explicación racional y emocional.

Prueba de que un libro sea bueno:
Cuando lo termino de leer me siento diferente, más rico.

UNA NOVELA ES UNA INVESTIGACIÓN sobre un tema.

Estructura:
Partes:
Idea generadora. Proposición que el autor debe probar al lector (algo así como: esta novela pretende demostrar que la pena de muerte es injusta).
Sólo debe haber una idea generadora.
Debe explicar valores culturales.
Debe contener un conflicto.
Título
El público objetivo. Saber para quién escribimos la novela.
El tema
El género
El foco Basado en un tema
La situación. En el tiempo y el espacio
         Escribir sobre una situación que conozcamos.
El conflicto Acumulación de problemas que crean un nudo. No es el  problema.
Una novela debe entrar en la intimidad de quien tiene un conflicto.
El conflicto es el detonante de la historia.
Un conflicto tiene muchas caras.

El argumento. Dos partes:
1. Historia objetiva. El soporte.
2. Historia subjetiva: La visión desde dentro de ese conflicto

4 líneas maestras:
La historia objetiva
El personaje principal (Debe aparecer en primer lugar. Sólo puede haber uno).
El personaje obstáculo.
La historia subjetiva.

jueves, 25 de mayo de 2017

-NOVENA SESIÓN

En la recta final del curso volvemos a los inicios, pero con los valores trastocados. La propuesta de este penúltimo relato consiste en escribir un relato en primera persona donde el personaje hable de sí mismo como un narrador externo deficiente. O sea, es alguien que cuenta lo que hace, lo que le pasa, las conversaciones que tiene con los demás pero nunca cuenta lo que siente ni lo que piensa; se trata a sí mismo, pues, como un narrador externo deficiente. La sensación que tendréis es que os miráis a vosotros mismos como marionetas, y el tono tiende a convertirse en cínico (pero es muy interesante verse a sí mismo desde fuera). Un ejemplo de esto lo podréis encontrar en el relato de Raymond Carver que encontraréis a continuación.

"Si me necesitas, llámame" de Raymond Carver


SI ME NECESITAS, LLÁMAME
Por Raymond Carver
De su libro de relatos póstumos: Si me necesitas, llámame.


Aquella primavera habíamos tenido una relación cada uno por nuestro lado, pero cuando el curso acabó en junio decidimos alquilar nuestra casa de Palo Alto y marcharnos los dos a pasar el verano a la costa norte de California. Nuestro hijo, Richard, iría con su abuela, la madre de Nancy, a Pasco, Washington, donde trabajaría todo el verano con idea de tener algo de dinero ahorrado en otoño cuando ingresara en la universidad. Su abuela estaba al tanto de lo que pasaba en casa y había hecho lo imposible para que lo mandáramos con ella, ocupándose de encontrarle trabajo para cuando llegara. Había hablado con un agricultor amigo suyo que le prometió un empleo para Richard. Trabajo duro, porque tendría que levantar cercas y hacer fardos de heno, pero Richard estaba entusiasmado. Se marchó en autobús a la mañana siguiente de la entrega de diplomas en el instituto. Lo llevé a la estación, aparqué el coche y fuimos a sentarnos dentro hasta que anunciaron su autobús. Su madre ya se había despedido de él, prodigándole besos y abrazos y dándole una larga carta que debía entregar a su abuela cuando llegara. Nancy se había quedado en casa, haciendo los últimos preparativos de la mudanza y esperando a la pareja de inquilinos. Le saqué el billete, se lo di y nos sentamos a esperar en un banco de la estación. De camino habíamos charlado un poco de la situación.
—¿Os vais a divorciar mamá y tú? —preguntó.
Era sábado por la mañana y no había mucho tráfico.
—Si podemos evitarlo, no —contesté—. No queremos. Por eso nos marchamos, a pasar el verano sin ver a nadie. Por eso hemos alquilado nuestra casa durante el verano y por eso hemos alquilado otra en Eureka. Y por eso te vas tú también, supongo. Por no hablar de que volverás a casa con los bolsillos llenos de dinero. No queremos divorciarnos. Queremos estar solos durante el verano y ver si arreglamos las cosas.
—¿Sigues queriendo a mamá? Ella me ha dicho que te quiere.
—Pues claro que la quiero. A estas alturas deberías saberlo. Sólo que hemos tenido un montón de problemas y muchas responsabilidades, como todo el mundo, y ahora necesitamos tiempo para estar solos y encontrar una solución. Pero no te preocupes por nosotros. Tú ve a casa de la abuela, pasa un buen verano, trabaja mucho y ahorra dinero. Y como también estás de vacaciones, vete a pescar siempre que puedas. Hay buena pesca por ahí.
—Y también se puede hacer esquí acuático. Quiero aprender.
—Eso nunca lo he hecho. Procura hacer un poco por mí también, ¿quieres? Estábamos sentados en la estación de autobuses. Él hojeaba su anuario del instituto, yo tenía un periódico sobre las rodillas. Entonces anunciaron su autobús y nos levantamos. Lo abracé y le dije:— No te preocupes, ¿eh? ¿Dónde tienes el billete?
Se dio unas palmaditas en el bolsillo de la chaqueta y cogió la maleta. Le acompañé hasta la cola que se estaba formando en la terminal, luego lo abracé otra vez, le di un beso en la mejilla y me despedí.
—Adiós, papá —me contestó, dándose media vuelta para que no le viera las lágrimas.
Al volver a casa me encontré con nuestras cajas y maletas en el cuarto de estar. Nancy estaba en la cocina, tomando café con la joven pareja que nos había alquilado la casa durante el verano. Los había encontrado ella. Se llamaban Jerry y Liz, y estaban preparando la licenciatura en matemáticas. Yo los había conocido sólo unos días antes, pero volvimos a estrecharnos la mano. Nancy me sirvió una taza de café y me senté a la mesa mientras ella acababa de darles las instrucciones, diciéndoles lo que debían hacer a principio y a fin de mes, dónde debían enviarnos el correo y cosas por el estilo. Nancy tenía una expresión tensa. El sol se filtraba por los visillos y caía sobre la mesa, señal de que la mañana estaba bien avanzada.
Finalmente, como todo parecía estar en orden, dejé a los tres en la cocina y empecé a cargar el coche. La casa que habíamos alquilado estaba amueblada y tenía de todo, hasta platos y cacharros de cocina, así que no necesitábamos llevarnos mucho, sólo lo estrictamente necesario.
Tres semanas antes había ido a Eureka, a quinientos kilómetros al norte de Palo Alto, para alquilar una casa amueblada. Fui con Susan, la mujer con quien había estado saliendo. Pasamos tres días en un motel de las afueras de la ciudad mientras yo miraba el periódico y visitaba agencias inmobiliarias. Ella me vio extender el cheque por tres meses de alquiler. Después, en el motel, tumbada en la cama, con una mano puesta en la frente, me dijo:
—Qué envidia me da tu mujer. Cómo envidio a Nancy. La gente siempre dice que "la otra" no cuenta, que la titular es quien ostenta los privilegios y el verdadero poder, pero yo nunca había comprendido esas cosas, ni siquiera me habían interesado. Ahora sí. Cómo la envidio. Me da rabia la vida que va a llevar contigo este verano en esa casa. Ojalá fuese yo. Ojalá fuésemos nosotros dos. ¡Cómo siento que no seamos nosotros! ¡Qué horrible es todo esto!
Le acaricié el pelo.
Nancy era alta, de piernas largas, con cabello y ojos castaños y un espíritu generoso. Pero últimamente nos habíamos quedado un poco cortos de generosidad y de espíritu. Salía con un colega mío, divorciado, de cabello gris, siempre muy pulcro, con traje, chaleco y corbata, que bebía demasiado y a quien, según me dijeron unos alumnos, a veces le temblaban las manos en clase. Nancy y él habían empezado su aventura en una fiesta durante las vacaciones, no mucho después de que ella descubriera mi propia infidelidad. Ahora todo eso me parece molesto y aburrido, y lo es, pero en primavera las cosas estaban así y a ello dedicábamos toda nuestra energía y atención, con exclusión de todo lo demás. A finales de abril ya empezamos a hacer planes de alquilar la casa y marcharnos a pasar el verano a otro sitio, los dos solos, para ver si éramos capaces de arreglar las cosas, si es que tenían arreglo. Acordamos que no llamaríamos, ni escribiríamos, ni nos pondríamos en contacto de manera alguna con las otras dos personas. De modo que hicimos los preparativos para la marcha de Richard, buscamos una pareja que nos cuidara la casa y, mirando el mapa, cogí una carretera al norte de San Francisco, llegué a Eureka y encontré una agencia inmobiliaria dispuesta a alquilar una casa amueblada para el verano a un matrimonio respetable de mediana edad. Hasta me parece haber utilizado, que Dios me perdone, la frase "una segunda luna de miel" con el empleado de la agencia mientras Susan fumaba un cigarrillo y hojeaba folletos turísticos en el coche.
Terminé de colocar maletas, bolsas y cajas en el maletero y el asiento de atrás y esperé a que Nancy acabara de despedirse en el porche. Estrechó la mano a la pareja y vino hacia el coche. Les dije adiós con la mano y ellos me devolvieron el saludo. Nancy subió al coche y cerró la puerta.
—Vámonos —dijo.
Puse el coche en marcha y nos dirigimos a la autopista. En el último semáforo vimos un coche que salía de la autopista y venía hacia nosotros. Se le había roto el tubo de escape y lo llevaba a rastras, sacando chispas del asfalto.
—Fíjate —dijo Nancy—. Se puede incendiar.
Esperamos hasta que el coche se detuvo en el arcén.
Paramos en una pequeña cafetería junto a la autopista, cerca de Sebastopol. "Comida y Gasolina", decía el letrero. Nos hizo reír. Aparqué enfrente y entramos. Nos dirigimos al fondo y nos sentamos en una mesa cerca de una ventana. Después de pedir café y unos sándwiches, Nancy puso el dedo sobre la mesa y empezó a trazar líneas en el tablero. Encendí un cigarrillo y miré al exterior. Un movimiento rápido me llamó la atención y me di cuenta de que era un colibrí en un matorral, junto a la ventana. Picoteando en una flor del matorral, movía las alas con tal rapidez que parecía un punto borroso.
—Mira, Nancy —dije—. Un colibrí.
Pero el pájaro levantó el vuelo en aquel momento y Nancy miró por la ventana y dijo:
—¿Dónde? No lo veo.
—Estaba ahí hace un momento —dije—. Mira, ahí está. Pero parece distinto. Sí, es otro.
Contemplamos al colibrí hasta que la camarera nos trajo lo que habíamos pedido y el pájaro, asustado por el movimiento, desapareció por la esquina del edificio.
—Vaya, me da la impresión de que es buena señal —dije—. Dicen que los colibríes traen buena suerte.
—Eso he oído en alguna parte —dijo ella—. No sé dónde pero lo he oído. Bueno, pues no nos vendría mal un poco de suerte. ¿No te parece?
—El colibrí ha sido un buen augurio. Me alegro de que hayamos parado aquí.
Ella asintió con la cabeza. Se quedó un momento pensativa y luego dio un mordisco al sándwich.


Llegamos a Eureka poco antes de oscurecer. Después de pasar el motel donde dos semanas antes Susan y yo habíamos dormido tres noches, salimos de la autopista y cogimos una carretera de montañas que dominaba la ciudad. Llevaba las llaves de la casa en el bolsillo. Subimos un par de kilómetros hasta llegar a un pequeño cruce con una estación de servicio y una tienda de comestibles. Al otro lado del valle, frente a nosotros, había montañas cubiertas de árboles; a nuestro alrededor, todo eran campos verdes. Detrás de la estación de servicio pastaban unas vacas.
—Qué paisaje tan bonito —dijo Nancy—. Estoy deseando ver la casa.
—Casi estamos. Justo al final de esa carretera —le dije—, pasando aquella elevación. Ahí la tienes —señalé al cabo de unos momentos—. Ésa es. ¿Qué te parece?
Esa misma pregunta le había hecho a Susan cuando nos detuvimos en el camino de la entrada, ella y yo.
—Es bonita —dijo Nancy—. Parece estupenda. Vamos a bajar.
Nos quedamos un momento delante del jardín, mirando a nuestro alrededor. Luego subimos los escalones del porche, abrí la puerta y encendí la luz. Recorrimos la casa. Tenía dos habitaciones pequeñas, un baño, un cuarto de estar con chimenea, amueblado con unos cuantos trastos viejos, y una espaciosa cocina con vistas al valle.
—¿Te gusta? —le pregunté.
—Es maravillosa —dijo Nancy, sonriendo—. Me alegro de que la encontraras. Hemos hecho bien en venir.
Abrió el frigorífico y pasó un dedo por la encimera del fregadero.
—Todo está muy limpio, gracias a Dios. Así no tendré que trabajar.
—Y hay sábanas limpias en las camas. Lo pregunté. Lo he comprobado. Lo alquilan así. Hasta las almohadas. Con fundas y todo.
—Tendremos que comprar algo de leña —dijo Nancy. Estábamos en el cuarto de estar—. En noches como ésta nos vendrá bien encender la chimenea.
—De la leña me ocuparé mañana —dije—. Y aprovecharemos para hacer la compra también, y ver la ciudad.
—Me alegro de que hayamos venido —dijo, mirándome a los ojos.
—Y yo también.
Abrí los brazos y vino hacia mí. La abracé. Sentí cómo temblaba. Alcé su rostro hacia mí y la besé en ambas mejillas.
—Nancy —le dije.
—Me alegro de que hayamos venido —dijo ella.

        
Pasamos los siguientes días terminando de instalarnos. Fuimos a Eureka a pasear y mirar escaparates. Compramos provisiones. Hicimos excursiones hasta el bosque, atravesando el campo de detrás de la casa. Encontré en el periódico un anuncio de leña y llamé. Un par de días después se presentaron dos jóvenes de pelo largo con una camioneta cargada de leña de aliso que apilaron bajo el tejadillo del garaje. Aquella noche, después de cenar, tomamos café frente a la chimenea y hablamos de tener perro.
—No quiero un cachorro —dijo Nancy—. Que un perro cachorro vaya ensuciándolo todo por ahí o destrozando cosas con los dientes es lo que menos falta nos hace. Pero me gustaría tener un perro, sí. Hace mucho que no tenemos ninguno. Creo que nos vendría bien aquí.
—¿Y cuando volvamos, cuando se acabe el verano? —dije. Formulé la pregunta de otro modo—: ¿Te parece bien tener un perro en la ciudad?
—Ya veremos. Mientras, vamos a buscar uno. El que más nos convenga. Hasta que no lo vea no sabré cuál es. Miraremos los anuncios y si es preciso iremos a la perrera.
Pero aunque seguimos hablando del tema durante varios días y mirando perros en los jardines de las casas por las que pasábamos, señalando los que nos gustaría tener, la cosa quedó en nada, acabamos sin coger ninguno.
Nancy llamó a su madre para darle nuestra dirección y el número de teléfono. Richard estaba trabajando y parecía contento. Ella se encontraba estupendamente. Oí que Nancy le decía:
—Estamos muy bien. Esto da buen resultado.

A mediados de julio íbamos un día por la autopista de la costa y al llegar a lo alto de un repecho vimos unas lagunas separadas del mar por bancos de arena. En la orilla había unos pescadores, y dos barcas en el agua.
Salí al arcén y paré.
—Vamos a ver lo que están pescando —dije—. A lo mejor encontramos una caña y podemos ponernos nosotros también.
—Hace años que no vamos de pesca —dijo Nancy—. Desde aquella vez que Richard era pequeño y acampamos cerca del Monte Shasta. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo. Y también acabo de acordarme de que echaba de menos la pesca. Vamos a bajar, a ver lo que pescan.
—Truchas —contestó el hombre cuando le pregunté—. Truchas arco iris, reos. Incluso algunas asalmonadas y unos cuantos salmones. Entran en invierno, cuando se abren los bancos de arena, y luego se quedan atrapados en primavera, cuando se cierran. Ahora es la temporada de pesca. Todavía no ha picado ninguna, pero el domingo pasado cogí cuatro, de unos cincuenta centímetros. Es el pescado más delicioso del mundo, y se defienden como demonios. Los de las barcas ya han cogido algunas, pero hasta ahora yo no he hecho nada.
—¿Qué cebo utiliza? —le pregutó Nancy.
—De todo —contestó el pescador—. Lombrices, huevas de salmón, maíz integral. Sólo hay que lanzarlo lejos, dejar que se hunda, soltar un poco y vigilar la caña.
Nos quedamos por allí un rato, observando al pescador y las pequeñas barcas que se desplazaban de un lado a otro de la laguna entre el murmullo de sus motores.
—Gracias —dije al pescador—. Y buena suerte.
—A usted también —dijo él—. Suerte a los dos.

De camino a la ciudad entramos en una tienda de deportes y compramos unas licencias, unas cañas baratas, carretes, hilos de nailon, anzuelos, corchos, plomos y una cesta. Hicimos planes para ir a pescar a la mañana siguiente.
Pero por la noche, después de cenar, fregar los platos y encender la chimenea, Nancy sacudió la cabeza y dijo que aquello no iba a dar resultado.
—¿Por qué dices eso? —pregunté—. ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que no va a dar resultado. Reconozcámoslo. —Volvió a sacudir la cabeza—: En realidad no tengo ganas de ir a pescar mañana, ni tampoco quiero un perro. No, nada de perros. Más bien me apetece ir a ver a mi madre y a Richard. Sola. Quiero estar sola. Echo de menos a Richard —dijo, rompiendo a llorar—. Richard es mi hijo, mi niño, y ya es casi adulto y pronto se irá. Le echo de menos.
—¿Y a Del? —dije yo—. ¿También echas de menos a Del Shreader? A tu amigo. ¿Le echas en falta?
—Esta noche echo a todo el mundo en falta. También a ti. Hace mucho que te echo de menos. Te he echado tanto de menos que es como si no estuvieras conmigo. No sé cómo explicarlo, pero te he perdido. Ya no eres mío.
—Nancy.
—No, no.
Sacudió la cabeza. Se sentó en el sofá, frente al fuego, sin dejar de mover la cabeza.
—Mañana quiero coger el avión para ir a ver a mi madre y a Richard. Cuando me marche podrás llamar a tu amiga.
—Eso no —dije—. No tengo intención de hacer eso.
—La llamarás —dijo ella.
—Y tú llamarás a Del.
Me sentí ridículo al decirle eso.
—Tú puedes hacer lo que te dé la gana —dijo ella, enjugándose las lágrimas con la manga—. Lo digo en serio. No quiero parecer una histérica. Pero yo me voy mañana a Washington. Y ahora me voy a la cama. Estoy agotada. Lo siento. Lo siento por los dos, Dan. Esto no va a salir bien. Hoy, ese pescador nos ha deseado suerte. —Sacudió la cabeza—. Yo también nos deseo suerte. La vamos a necesitar.
Entró en el cuarto de baño y oí que abría el grifo de la bañera. Salí al porche y me senté en un escalón a fumar un cigarrillo. Fuera todo estaba oscuro y silencioso. Al mirar a la ciudad, vi un pálido reflejo de luces en el cielo y jirones de bruma flotando en el valle. Empecé a pensar en Susan. Poco después, Nancy salió del baño y oí que cerraba la puerta de su habitación. Entré, puse otro tronco en la chimenea y esperé a que las llamas se encaramasen por la corteza. Luego pasé a la otra habitación, descubrí la cama y contemplé los dibujos florales de las sábanas. Luego me duché, me puse el pijama y fui a sentarme otra vez frente a la chimenea. Ahora la bruma llegaba a la ventana. Me senté a fumar delante del fuego. Cuando volví a mirar hacia la ventana, algo se movió entre la niebla y vi un caballo que comía hierba en el jardín.
Me acerqué a la ventana. El caballo alzó la cabeza y me miró, luego siguió arrancando hierba. Otro caballo entró en el jardín, pasó junto al coche y empezó a pastar. Encendí la luz del porche y me quedé delante de la ventana, mirándolos. Eran caballos altos, blancos, de largas crines. Se habían escapado de alguna granja vecina por el hueco de una cerca o una portilla abierta. Comoquiera que fuese, habían venido a parar a nuestro jardín. Estaban encantados, disfrutando enormemente de su escapada. Y también nerviosos; desde la ventana les veía el blanco de los ojos. No dejaban de agitar las orejas mientras arrancaban matas de hierba. Un tercer caballo entró vacilante en el jardín, luego un cuarto. Era una manada de caballos blancos, y estaban pastando en nuestro jardín.
Fui a la habitación de Nancy y la desperté. Tenía rulos en el pelo, los ojos enrojecidos y los párpados hinchados. A los pies de la cama había una maleta abierta.
—Nancy, cariño —le dije—. Ven a ver lo que tenemos en el jardín. Ven, corre. Tienes que verlo. No te lo vas a creer. Date prisa.
—¿Qué pasa? —dijo—. No me hagas daño. ¿Qué ocurre?
—Tienes que verlo, cariño. No voy a hacerte daño. Lamento haberte asustado. Pero tienes que venir a verlo.
Volví al cuarto de estar, me aposté delante de la ventana y al cabo de unos minutos vino Nancy atándose la bata. Miró por la ventana y exclamó:
—¡Qué bonitos son, Dios mío! ¿De dónde han salido, Dan? Son preciosos.
—Han debido de escaparse de una de esas granjas de por ahí —dije—. Voy a llamar a la oficina del sheriff para que localice a los dueños. Pero primero quería que los vieses.
—¿Crees que morderán? —me preguntó—. Me gustaría acariciar a aquel de allí, el que acaba de mirarnos. Me encantaría pasarle la mano por el cuello. Pero tengo miedo de que me muerda. Voy a salir.
—No creo que muerdan —dije—. No parecen de los que muerden. Pero si sales, ponte algo, hace frío.
Me puse el abrigo encima del pijama y esperé a Nancy. Luego abrí la puerta, salimos al jardín y nos acercamos a los caballos. Todos levantaron la cabeza para mirarnos. Dos de ellos volvieron a bajarla y siguieron comiendo hierba. Otro dio un resoplido y retrocedió, para luego bajar la cabeza a su vez y continuar pastando. Acaricié la cabeza de uno y le palmeé el flanco. Siguió mascando. Nancy alargó el brazo y empezó a acariciar la crin del otro.
—¿De dónde vienes, bonito? —dijo—. ¿De dónde vienes, y por qué has salido esta noche, caballito?
Nancy continuó acariciándole la crin. El caballo la miró, resopló entre los labios y volvió a bajar la cabeza. Ella le dio unas palmaditas en el flanco.
—Me parece que voy a llamar al sheriff —dije.
—Todavía no —dijo ella—. Espera un poco. Nunca volveremos a ver una cosa así. Nunca jamás volveremos a tener caballos en el jardín. Espera un poco más, Dan.
Al cabo de un rato, Nancy seguía yendo de un caballo a otro, dándoles palmadas en el lomo y acariciándoles la crin, cuando uno de ellos echó a andar por el camino, pasó delante del coche y salió a la carretera. Entonces comprendí que tenía que llamar.

—¡No les haga daño! —gritó Nancy.
Volvimos a la casa y nos pusimos delante de la ventana para ver cómo los ayudantes del sheriff y el granjero reunían los caballos.
—Voy a hacer café —dije—. ¿Te apetece una taza, Nancy?
—Te diré lo que me apetece —dijo ella—. Estoy en las nubes, Dan. Como si me hubiera drogado. No sé explicar esta sensación, pero me gusta. Mientras tú haces café, yo buscaré música en la radio; después aviva el fuego en la chimenea. Estoy demasiado nerviosa para dormir.
Así que nos sentamos frente al fuego bebiendo café y escuchando una radio de Eureka que emitía toda la noche mientras hablábamos de los caballos y luego de Richard y de la madre de Nancy. Bailamos. No mencionamos para nada nuestra situación. La bruma pendía al otro lado de la ventana y charlamos y estuvimos cariñosos el uno con el otro. Al amanecer apagué la radio, nos acostamos e hicimos el amor.

Por la tarde, cuando hizo todos los preparativos y cerró las maletas, la llevé a un pequeño aeropuerto donde cogería un vuelo a Portland. Allí haría transbordo con otra compañía aérea que la dejaría en Pasco bien entrada la noche.
—Saluda a tu madre de mi parte. Dale a Richard un abrazo y dile que le echo de menos. Dile que le quiero.
—Él también te quiere a ti. Ya lo sabes. En cualquier caso, le verás en otoño, estoy segura.
Asentí con la cabeza.
—Adiós —dijo, tendiéndome los brazos.
Nos abrazamos.
—Me alegro de lo de anoche —dijo—. Los caballos. La conversación. Todo. Es una ayuda. Nunca lo olvidaremos.
Se echó a llorar.
—Me escribirás, ¿verdad? —le dije—. Ni por un momento pensé que nos ocurriría esto a nosotros. Después de tantos años. Ni soñarlo. A nosotros, no.
—Te escribiré —dijo ella—. Cartas muy largas. Las más largas que hayas recibido jamás después de las que te mandaba en el instituto.
—Estaré impaciente por recibirlas.
Luego me miró otra vez y me pasó la mano por la cara. Me dio la espalda y se dirigió al avión que la esperaba en la pista.
—Adiós, amada mía, que Dios sea contigo.
Subió al avión y me quedé ahí hasta que los motores a reacción se pusieron en marcha. Al cabo de un momento, el avión empezó a rodar por la pista. Despegó sobre la Bahía de Humboldt y pronto se convirtió en un punto en el cielo.
Volví a casa, dejé el coche en el camino de entrada y miré las huellas de los cascos de los caballos. Había marcas profundas en el césped, y calvas, y montones de estiércol. Entré luego en la casa y, sin quitarme siquiera el abrigo, fui al teléfono y marqué el número de Susan.

jueves, 18 de mayo de 2017

-OCTAVA SESIÓN

Llegamos al punto culminante de este curso con el análisis de la técnica que utiliza Lorrie Moore. Para comprenderlo lo mejor sería haber ido a clase. Pero podrías devanarte los sesos analizando, por ejemplo, el último párrafo de la página 150, que empieza diciendo: "-¡Fantástico!". Observa que en un sólo párrafo existen varios planos de información: lo que dice el personaje, la acción que realiza, lo que piensa, una frase de otro momento que nos hace verla en ese otro momento, la forma en que va vestida (y cómo le queda), otra frase del personaje, una acción y otra frase que cierra una anterior y concluye con su intervención. Todo eso no es intuición, ¡¡es técnica!! Y lo más importante de todo lo dicho anteriormente es la cita de otro momento, o sea, esa frase que había dicho en otro momento. El hecho de decirla, y no de describirnos ese momento, nos hace que, por el mero hecho de oír a un personaje hablar, lo "veamos". Lo oímos y lo imaginamos mucho mejor que si nos lo describieran: porque lo imaginamos. La voz del personaje nos obliga a verlo. Es un recurso parecido al flash back, pero mínimo, sólo de pinceladas de frases de los personajes en momentos anteriores.
Analízalo bien y lo verás.
Ahora lee el relato con detenimiento.

El cazador judío, de Lorrie Moore



EL CAZADOR JUDÍO


Del libro de relatos Como la vida misma, 
de Lorrie MOORE. 



Ocurrió en un lugar remoto. Había gimnasios, pero ni ironía ni cafeterías. La gente se tomaba las cosas literalmente, sin drogas. Laird, que quería que ella saliera con cierto tipo, la puso sobre aviso durante la clase de gimnasia.
            —Mira, Odette, tú eres poeta. Llevas en el mundo de la poesía… ¿cuánto?, ¿veinte años?
            —Sólo quince, estoy segura. –Acababa de superar los cuarenta y miró a Laird con el entrecejo fruncido por encima del hombro. Tenía una voz menopáusica cincelada por el whisky, una voz arruinada y trémula resultado del tabaco. Carecía de tonos medios, era grave, aunque tenía falsetes inesperados—. Odio esa expresión de «el mundo de la poesía».
            —Quince. De acuerdo. Ese tipo no tiene nada de literario. Es abogado de granjeros. Puede que defienda a un exhibicionista de vez en cuando, o a algún gitano del barrio serbio de Chicago, pero eso es lo máximo que tiene de artístico. Trata con granjeros y granjas. No distinguiría a T.S. Eliot de Pinky Eliot, pongamos por caso. Probablemente no ha estado en Minneapolis en su vida, y no digamos ya en Nueva York.
            —¿Quién es Pinky Eliot? –le preguntó ella. Estaban tumbados en el suelo el uno junto al otro, tratando de meter los brazos entre las rodillas levantadas para fortalecer los músculos abdominales. La música sonaba a todo volumen para que a nadie le avergonzara estar haciendo flexiones delante de unos casi completos desconocidos—. ¿Quién demonios es Pinky Eliot?
            —Uno que estudió conmigo en cuarto –contestó Laird, sofocado—. Decían que pesaba más que la profesora, que no era ningún fideo, créeme. –Laird estaba quedándose calvo, y en las clases de gimnasia la sangre le subía a la cabeza y los mechones de pelo rizados le caían sobre la orejas recordando las cintas ornamentales de los regalos. Había vivido en la ciudad hasta los diez años; luego su familia se trasladó al este, a Nueva Jersey, donde ella lo conoció años atrás. Y había regresado, como un salmón, para criar allí a sus hijos. Él y su esposa tenían dos. Los llamaban «Little y Moist»—. Mira, estás en el quinto pino. Tienes a Pinky Eliot o a un tipo que nunca ha oído hablar ni de Pinky ni de Eliot.
            Ya había estado en el quinto pino antes. Para costearse el piso de Nueva York, solía acogerse a las becas de la biblioteca: cuatro mil dólares por vivir seis semanas en una ciudad pequeña, escribir poemas no publicables y ofrecer una conferencia en la biblioteca. El problema de vivir en el quinto pino es que nadie la besaba. La miraban de arriba abajo, pero nunca la besaban.
            Aunque de vez en cuando podía conseguir un beso.
            Pero luego tenía que marcharse. Y con tanto hacer maletas y desaparecer, con tantos desgarros y vacilaciones, acababa sintiéndose como una mala combinación de Odiseo y Penélope. Acababa sintiéndose rara.
            —De acuerdo —dijo Odette—. ¿Cómo se llama?
            Laird suspiró.
            —Pinky Eliot –respondió, hundiendo los brazos entre las rodillas—. Me parece que debo de haberte confundido en algún momento de esta exposición tan resumida.

• • •

Pinky Eliot había perdido peso, aunque a buen seguro seguía superando a su profesora. Tendría unos cuarenta y cinco años de edad y el cabello sin una sola cana. No tenía mal aspecto, nariz de duende y ojos de gato, aunque su cara recordaba en algo la forma de un balón de fútbol al llegar a la barbilla y las mejillas, que unidas constituían una esfera blanca con una cicatriz grisácea que las rodeaba repentinamente. Además, lucía el tipo de bigote que, según decía una compañera de habitación de Odette de la época universitaria, parece arrastrarse hacia arriba en busca de un lugar cálido donde morir.
            Cenaron en el único restaurante italiano de la ciudad. Ella bebió dos copas de vino, y su fresco calor le recorrió el cuerpo como aceite de Gaultheria. Sabía que un día de ésos tendría que dejar de salir con hombres. Había practicado frente al espejo. «No salgo. Lo siento. No salgo con nadie.»
            —Siempre me ha gustado bastante la comida de este sitio –dijo Pinki.
            Ella observó su cara redonda sintiéndose mientras tanto un poco mal por él y un poco mal por ella, porque la comida no era buena: había vesículas de pasta insípidas que pasaban por tortellini, y chuletas harinosas y empapadas en una salsa de tomate, inconsciente, derrotadamente naranja. El pobre Pinky no distinguía un ajo de un muñeco.
            —Sí –dijo ella, en un intento de mostrarse amable—, pero ¿crees que es italiana de verdad? Sabe como si hubiera llegado hasta las Islas Canarias y luego se hubiera caído al agua.
            —Una esnob de la costa Este. –Sonrió. Hablaba con la lentitud de la pradera, con la densidad de los Grandes Lagos—. Una esnob vestida completamente de negro que odia el Medio Oeste. ¿Eres judía?
            A Odette se le pusieron los pelos de punta. Un nazi. Un nazi rústico y gastronómicamente idiota.
            —No, no soy judía –contestó con malicia, mirándolo de arriba abajo, para enseñarle, para enseñarle lo siguiente—: ¿Y tú?
            —Sí –dijo. Le estudió los ojos.
            —Oh –dijo ella.
            —En esta parte del mundo somos pocos, por eso se me ha ocurrido preguntártelo.
            —Ya.
            Notaba una sensación de pérdida que la hacía sentirse incómoda, como si la policía, legalmente, la hubiera despojado de algo que debía haber sido suyo pero que no lo era. Dejó caer la mirada hasta sus manos, que habían empezado a moverse con nerviosismo, independientes, como los pequeños roedores que se tienen como mascotas. El vino le calentaba las mejillas, y cuando se precipitó a beber más, el borde de la copa chocó contra ese diente que sobresalía por encima de los demás.
            Pinky alargó una mano por encima de la mesa y le acarició el cabello. La semana anterior Odette se había hecho una permanente que lo había dejado ondulado como la cabeza de un carnero.
            —Siempre es agradable contemplar unos rizos étnicos –dijo—. ¿Qué eres, metodista?


En su segunda cita fueron al cine. La película trataba de criaturas del espacio exterior que se metían en los terrícolas y los incitaban a cargar enormes sumas de dinero en sus tarjetas de crédito. Era una alegoría urbana muy elaborada, llena de dolor y desesperación, y a Odette le apetecía comentarla.
            —Una película entretenida –dijo Pinky lentamente. Había estado todo el rato removiéndose en el asiento y se había levantado dos veces para ir a beber a la fuente de agua. «Me acerco un momento a la máquina», había susurrado.
            Y ahora quería ir a bailar.
            —¿Y dónde se puede bailar aquí? –le preguntó Odette.
            Estaba pensando todavía en esa parte en la que los dos protagonistas intercambiaban equipos de audio portátiles y se enamoraban a partir de ahí. Quería que Pinky o ella dijeran algo incisivo o provocativo acerca de la visión del director o de los parámetros narrativos de la imaginería cinemática. Pero parecía que ninguno de los dos iba a hacerlo.
            —Hay un sitio después de la carretera de circunvalación del condado, a unos nueve kilómetros.
            Fueron al aparcamiento y él se inclinó y la besó en la mejilla (un gesto íntimo, prematuro, los restos de un enamoramiento reciente, sin duda) y ella se sonrojó. Era muy mala en cuestiones de amor. Hay gente buena en cuestiones de amor y gente mala. Y ella era mala. Antes solía pensar que era buena en cuestiones de amor y que era mala en la intimidad. Pero eran necesarias las dos cosas. Sabía que el amor sin intimidad es como una canción que no se canta. Se queda en la cabeza. Dices: «¡Escucha esto!», y te descubres cantando algo confuso, nada, algo amontonado. Se acordó de una cena en la que sirvieron los postres en platos que llevaban impresas letras de canciones francesas. Después de la cena todo el mundo debía cantar la canción de su correspondiente plato, pero cuando le tocó el turno a ella, aún no había terminado con la nata montada, así que recortó notas y palabras, obligada a retirar frenéticamente la nata con el tenedor para ver cómo seguía el compás. Era mala, así de mala, en cuestiones de amor.
            Una vez pasada la circunvalación, Pinky recorrió nueve kilómetros en dirección sur hasta un sitio llamado Humphrey Bogart’s. Se trataba de un antiguo pabellón de caza de madera de techos altos y vigas vistas. Sobre un escenario improvisado, un grupo de música country tocaba Tequila Sunrise con quince años de retraso, o tal vez de adelanto. ¿Quién podía adivinarlo? Pinky la cogió de la mano e improvisó un lento paso de jitterbug en dirección al contrabajo.
            —¿Y yo qué hago ahora? –le gritó Odette por encima de la música—. ¿Qué hago yo ahora?
            —Esto –respondió Pinky.
            Poseía la gracia esmerada de quien ha sido gordo, y la mano que había posado en su espalda le parecía grande y ligera. La cicatriz había desaparecido prácticamente bajo la luz de la pista de baile, y su sonrisa empujaba hacia arriba el bigote y creaba una sombra que le resultaba favorecedora. Odette siempre había sido delgada y tensa.
            —En Nueva York bailamos poco –observó.
            —¿Y qué hacéis entonces?
            —Nos limitamos a hacer cola en los cajeros automáticos.
            Pinky se inclinó hacia ella, le cogió la mano para colocársela en el hombro y empezó a dar vueltas. Le acercó la boca al oído.
            —Tienes mucha personalidad –le dijo.


El domingo por la tarde, Pinky la llevó a la Cueva de los Muchos Montículos.
            —Te gustará –le aseguró.
            —¡Fantástico! –dijo ella al subir al coche. Existía una especie de entusiasmo local por las cosas del que ella intentaba contagiarse. Se trata de adoptar una actitud positiva y hacer comentarios con un alegre sonsonete. «¿No sopla mucho el viento?» Llevaba gafas de sol y un jersey que le quedaba grande—. Estaba pensando en preguntarte lo que era la Cueva de los Muchos Montículos cuando me he dicho: «Odette, ¿de verdad quieres saberlo?» —Hurgó en el bolso—. Es que parece el nombre de un prostíbulo. No tendrás ningún cigarrillo, ¿no?
            Pinky le dio un golpecito con los dedos a las gafas de sol.
            —No vas a necesitarlas. La cueva es oscura. –Arrancó y partieron.
            —Bueno, avísame cuando lleguemos. –Fijó la vista hacia delante—. Apuesto a que no tienes ni un cigarrillo.
            —No –dijo Pinky—. ¿Fumas?