jueves, 25 de mayo de 2017

-NOVENA SESIÓN

En la recta final del curso volvemos a los inicios, pero con los valores trastocados. La propuesta de este penúltimo relato consiste en escribir un relato en primera persona donde el personaje hable de sí mismo como un narrador externo deficiente. O sea, es alguien que cuenta lo que hace, lo que le pasa, las conversaciones que tiene con los demás pero nunca cuenta lo que siente ni lo que piensa; se trata a sí mismo, pues, como un narrador externo deficiente. La sensación que tendréis es que os miráis a vosotros mismos como marionetas, y el tono tiende a convertirse en cínico (pero es muy interesante verse a sí mismo desde fuera). Un ejemplo de esto lo podréis encontrar en el relato de Raymond Carver que encontraréis a continuación.

"Si me necesitas, llámame" de Raymond Carver


SI ME NECESITAS, LLÁMAME
Por Raymond Carver
De su libro de relatos póstumos: Si me necesitas, llámame.


Aquella primavera habíamos tenido una relación cada uno por nuestro lado, pero cuando el curso acabó en junio decidimos alquilar nuestra casa de Palo Alto y marcharnos los dos a pasar el verano a la costa norte de California. Nuestro hijo, Richard, iría con su abuela, la madre de Nancy, a Pasco, Washington, donde trabajaría todo el verano con idea de tener algo de dinero ahorrado en otoño cuando ingresara en la universidad. Su abuela estaba al tanto de lo que pasaba en casa y había hecho lo imposible para que lo mandáramos con ella, ocupándose de encontrarle trabajo para cuando llegara. Había hablado con un agricultor amigo suyo que le prometió un empleo para Richard. Trabajo duro, porque tendría que levantar cercas y hacer fardos de heno, pero Richard estaba entusiasmado. Se marchó en autobús a la mañana siguiente de la entrega de diplomas en el instituto. Lo llevé a la estación, aparqué el coche y fuimos a sentarnos dentro hasta que anunciaron su autobús. Su madre ya se había despedido de él, prodigándole besos y abrazos y dándole una larga carta que debía entregar a su abuela cuando llegara. Nancy se había quedado en casa, haciendo los últimos preparativos de la mudanza y esperando a la pareja de inquilinos. Le saqué el billete, se lo di y nos sentamos a esperar en un banco de la estación. De camino habíamos charlado un poco de la situación.
—¿Os vais a divorciar mamá y tú? —preguntó.
Era sábado por la mañana y no había mucho tráfico.
—Si podemos evitarlo, no —contesté—. No queremos. Por eso nos marchamos, a pasar el verano sin ver a nadie. Por eso hemos alquilado nuestra casa durante el verano y por eso hemos alquilado otra en Eureka. Y por eso te vas tú también, supongo. Por no hablar de que volverás a casa con los bolsillos llenos de dinero. No queremos divorciarnos. Queremos estar solos durante el verano y ver si arreglamos las cosas.
—¿Sigues queriendo a mamá? Ella me ha dicho que te quiere.
—Pues claro que la quiero. A estas alturas deberías saberlo. Sólo que hemos tenido un montón de problemas y muchas responsabilidades, como todo el mundo, y ahora necesitamos tiempo para estar solos y encontrar una solución. Pero no te preocupes por nosotros. Tú ve a casa de la abuela, pasa un buen verano, trabaja mucho y ahorra dinero. Y como también estás de vacaciones, vete a pescar siempre que puedas. Hay buena pesca por ahí.
—Y también se puede hacer esquí acuático. Quiero aprender.
—Eso nunca lo he hecho. Procura hacer un poco por mí también, ¿quieres? Estábamos sentados en la estación de autobuses. Él hojeaba su anuario del instituto, yo tenía un periódico sobre las rodillas. Entonces anunciaron su autobús y nos levantamos. Lo abracé y le dije:— No te preocupes, ¿eh? ¿Dónde tienes el billete?
Se dio unas palmaditas en el bolsillo de la chaqueta y cogió la maleta. Le acompañé hasta la cola que se estaba formando en la terminal, luego lo abracé otra vez, le di un beso en la mejilla y me despedí.
—Adiós, papá —me contestó, dándose media vuelta para que no le viera las lágrimas.
Al volver a casa me encontré con nuestras cajas y maletas en el cuarto de estar. Nancy estaba en la cocina, tomando café con la joven pareja que nos había alquilado la casa durante el verano. Los había encontrado ella. Se llamaban Jerry y Liz, y estaban preparando la licenciatura en matemáticas. Yo los había conocido sólo unos días antes, pero volvimos a estrecharnos la mano. Nancy me sirvió una taza de café y me senté a la mesa mientras ella acababa de darles las instrucciones, diciéndoles lo que debían hacer a principio y a fin de mes, dónde debían enviarnos el correo y cosas por el estilo. Nancy tenía una expresión tensa. El sol se filtraba por los visillos y caía sobre la mesa, señal de que la mañana estaba bien avanzada.
Finalmente, como todo parecía estar en orden, dejé a los tres en la cocina y empecé a cargar el coche. La casa que habíamos alquilado estaba amueblada y tenía de todo, hasta platos y cacharros de cocina, así que no necesitábamos llevarnos mucho, sólo lo estrictamente necesario.
Tres semanas antes había ido a Eureka, a quinientos kilómetros al norte de Palo Alto, para alquilar una casa amueblada. Fui con Susan, la mujer con quien había estado saliendo. Pasamos tres días en un motel de las afueras de la ciudad mientras yo miraba el periódico y visitaba agencias inmobiliarias. Ella me vio extender el cheque por tres meses de alquiler. Después, en el motel, tumbada en la cama, con una mano puesta en la frente, me dijo:
—Qué envidia me da tu mujer. Cómo envidio a Nancy. La gente siempre dice que "la otra" no cuenta, que la titular es quien ostenta los privilegios y el verdadero poder, pero yo nunca había comprendido esas cosas, ni siquiera me habían interesado. Ahora sí. Cómo la envidio. Me da rabia la vida que va a llevar contigo este verano en esa casa. Ojalá fuese yo. Ojalá fuésemos nosotros dos. ¡Cómo siento que no seamos nosotros! ¡Qué horrible es todo esto!
Le acaricié el pelo.
Nancy era alta, de piernas largas, con cabello y ojos castaños y un espíritu generoso. Pero últimamente nos habíamos quedado un poco cortos de generosidad y de espíritu. Salía con un colega mío, divorciado, de cabello gris, siempre muy pulcro, con traje, chaleco y corbata, que bebía demasiado y a quien, según me dijeron unos alumnos, a veces le temblaban las manos en clase. Nancy y él habían empezado su aventura en una fiesta durante las vacaciones, no mucho después de que ella descubriera mi propia infidelidad. Ahora todo eso me parece molesto y aburrido, y lo es, pero en primavera las cosas estaban así y a ello dedicábamos toda nuestra energía y atención, con exclusión de todo lo demás. A finales de abril ya empezamos a hacer planes de alquilar la casa y marcharnos a pasar el verano a otro sitio, los dos solos, para ver si éramos capaces de arreglar las cosas, si es que tenían arreglo. Acordamos que no llamaríamos, ni escribiríamos, ni nos pondríamos en contacto de manera alguna con las otras dos personas. De modo que hicimos los preparativos para la marcha de Richard, buscamos una pareja que nos cuidara la casa y, mirando el mapa, cogí una carretera al norte de San Francisco, llegué a Eureka y encontré una agencia inmobiliaria dispuesta a alquilar una casa amueblada para el verano a un matrimonio respetable de mediana edad. Hasta me parece haber utilizado, que Dios me perdone, la frase "una segunda luna de miel" con el empleado de la agencia mientras Susan fumaba un cigarrillo y hojeaba folletos turísticos en el coche.
Terminé de colocar maletas, bolsas y cajas en el maletero y el asiento de atrás y esperé a que Nancy acabara de despedirse en el porche. Estrechó la mano a la pareja y vino hacia el coche. Les dije adiós con la mano y ellos me devolvieron el saludo. Nancy subió al coche y cerró la puerta.
—Vámonos —dijo.
Puse el coche en marcha y nos dirigimos a la autopista. En el último semáforo vimos un coche que salía de la autopista y venía hacia nosotros. Se le había roto el tubo de escape y lo llevaba a rastras, sacando chispas del asfalto.
—Fíjate —dijo Nancy—. Se puede incendiar.
Esperamos hasta que el coche se detuvo en el arcén.
Paramos en una pequeña cafetería junto a la autopista, cerca de Sebastopol. "Comida y Gasolina", decía el letrero. Nos hizo reír. Aparqué enfrente y entramos. Nos dirigimos al fondo y nos sentamos en una mesa cerca de una ventana. Después de pedir café y unos sándwiches, Nancy puso el dedo sobre la mesa y empezó a trazar líneas en el tablero. Encendí un cigarrillo y miré al exterior. Un movimiento rápido me llamó la atención y me di cuenta de que era un colibrí en un matorral, junto a la ventana. Picoteando en una flor del matorral, movía las alas con tal rapidez que parecía un punto borroso.
—Mira, Nancy —dije—. Un colibrí.
Pero el pájaro levantó el vuelo en aquel momento y Nancy miró por la ventana y dijo:
—¿Dónde? No lo veo.
—Estaba ahí hace un momento —dije—. Mira, ahí está. Pero parece distinto. Sí, es otro.
Contemplamos al colibrí hasta que la camarera nos trajo lo que habíamos pedido y el pájaro, asustado por el movimiento, desapareció por la esquina del edificio.
—Vaya, me da la impresión de que es buena señal —dije—. Dicen que los colibríes traen buena suerte.
—Eso he oído en alguna parte —dijo ella—. No sé dónde pero lo he oído. Bueno, pues no nos vendría mal un poco de suerte. ¿No te parece?
—El colibrí ha sido un buen augurio. Me alegro de que hayamos parado aquí.
Ella asintió con la cabeza. Se quedó un momento pensativa y luego dio un mordisco al sándwich.


Llegamos a Eureka poco antes de oscurecer. Después de pasar el motel donde dos semanas antes Susan y yo habíamos dormido tres noches, salimos de la autopista y cogimos una carretera de montañas que dominaba la ciudad. Llevaba las llaves de la casa en el bolsillo. Subimos un par de kilómetros hasta llegar a un pequeño cruce con una estación de servicio y una tienda de comestibles. Al otro lado del valle, frente a nosotros, había montañas cubiertas de árboles; a nuestro alrededor, todo eran campos verdes. Detrás de la estación de servicio pastaban unas vacas.
—Qué paisaje tan bonito —dijo Nancy—. Estoy deseando ver la casa.
—Casi estamos. Justo al final de esa carretera —le dije—, pasando aquella elevación. Ahí la tienes —señalé al cabo de unos momentos—. Ésa es. ¿Qué te parece?
Esa misma pregunta le había hecho a Susan cuando nos detuvimos en el camino de la entrada, ella y yo.
—Es bonita —dijo Nancy—. Parece estupenda. Vamos a bajar.
Nos quedamos un momento delante del jardín, mirando a nuestro alrededor. Luego subimos los escalones del porche, abrí la puerta y encendí la luz. Recorrimos la casa. Tenía dos habitaciones pequeñas, un baño, un cuarto de estar con chimenea, amueblado con unos cuantos trastos viejos, y una espaciosa cocina con vistas al valle.
—¿Te gusta? —le pregunté.
—Es maravillosa —dijo Nancy, sonriendo—. Me alegro de que la encontraras. Hemos hecho bien en venir.
Abrió el frigorífico y pasó un dedo por la encimera del fregadero.
—Todo está muy limpio, gracias a Dios. Así no tendré que trabajar.
—Y hay sábanas limpias en las camas. Lo pregunté. Lo he comprobado. Lo alquilan así. Hasta las almohadas. Con fundas y todo.
—Tendremos que comprar algo de leña —dijo Nancy. Estábamos en el cuarto de estar—. En noches como ésta nos vendrá bien encender la chimenea.
—De la leña me ocuparé mañana —dije—. Y aprovecharemos para hacer la compra también, y ver la ciudad.
—Me alegro de que hayamos venido —dijo, mirándome a los ojos.
—Y yo también.
Abrí los brazos y vino hacia mí. La abracé. Sentí cómo temblaba. Alcé su rostro hacia mí y la besé en ambas mejillas.
—Nancy —le dije.
—Me alegro de que hayamos venido —dijo ella.

        
Pasamos los siguientes días terminando de instalarnos. Fuimos a Eureka a pasear y mirar escaparates. Compramos provisiones. Hicimos excursiones hasta el bosque, atravesando el campo de detrás de la casa. Encontré en el periódico un anuncio de leña y llamé. Un par de días después se presentaron dos jóvenes de pelo largo con una camioneta cargada de leña de aliso que apilaron bajo el tejadillo del garaje. Aquella noche, después de cenar, tomamos café frente a la chimenea y hablamos de tener perro.
—No quiero un cachorro —dijo Nancy—. Que un perro cachorro vaya ensuciándolo todo por ahí o destrozando cosas con los dientes es lo que menos falta nos hace. Pero me gustaría tener un perro, sí. Hace mucho que no tenemos ninguno. Creo que nos vendría bien aquí.
—¿Y cuando volvamos, cuando se acabe el verano? —dije. Formulé la pregunta de otro modo—: ¿Te parece bien tener un perro en la ciudad?
—Ya veremos. Mientras, vamos a buscar uno. El que más nos convenga. Hasta que no lo vea no sabré cuál es. Miraremos los anuncios y si es preciso iremos a la perrera.
Pero aunque seguimos hablando del tema durante varios días y mirando perros en los jardines de las casas por las que pasábamos, señalando los que nos gustaría tener, la cosa quedó en nada, acabamos sin coger ninguno.
Nancy llamó a su madre para darle nuestra dirección y el número de teléfono. Richard estaba trabajando y parecía contento. Ella se encontraba estupendamente. Oí que Nancy le decía:
—Estamos muy bien. Esto da buen resultado.

A mediados de julio íbamos un día por la autopista de la costa y al llegar a lo alto de un repecho vimos unas lagunas separadas del mar por bancos de arena. En la orilla había unos pescadores, y dos barcas en el agua.
Salí al arcén y paré.
—Vamos a ver lo que están pescando —dije—. A lo mejor encontramos una caña y podemos ponernos nosotros también.
—Hace años que no vamos de pesca —dijo Nancy—. Desde aquella vez que Richard era pequeño y acampamos cerca del Monte Shasta. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo. Y también acabo de acordarme de que echaba de menos la pesca. Vamos a bajar, a ver lo que pescan.
—Truchas —contestó el hombre cuando le pregunté—. Truchas arco iris, reos. Incluso algunas asalmonadas y unos cuantos salmones. Entran en invierno, cuando se abren los bancos de arena, y luego se quedan atrapados en primavera, cuando se cierran. Ahora es la temporada de pesca. Todavía no ha picado ninguna, pero el domingo pasado cogí cuatro, de unos cincuenta centímetros. Es el pescado más delicioso del mundo, y se defienden como demonios. Los de las barcas ya han cogido algunas, pero hasta ahora yo no he hecho nada.
—¿Qué cebo utiliza? —le pregutó Nancy.
—De todo —contestó el pescador—. Lombrices, huevas de salmón, maíz integral. Sólo hay que lanzarlo lejos, dejar que se hunda, soltar un poco y vigilar la caña.
Nos quedamos por allí un rato, observando al pescador y las pequeñas barcas que se desplazaban de un lado a otro de la laguna entre el murmullo de sus motores.
—Gracias —dije al pescador—. Y buena suerte.
—A usted también —dijo él—. Suerte a los dos.

De camino a la ciudad entramos en una tienda de deportes y compramos unas licencias, unas cañas baratas, carretes, hilos de nailon, anzuelos, corchos, plomos y una cesta. Hicimos planes para ir a pescar a la mañana siguiente.
Pero por la noche, después de cenar, fregar los platos y encender la chimenea, Nancy sacudió la cabeza y dijo que aquello no iba a dar resultado.
—¿Por qué dices eso? —pregunté—. ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que no va a dar resultado. Reconozcámoslo. —Volvió a sacudir la cabeza—: En realidad no tengo ganas de ir a pescar mañana, ni tampoco quiero un perro. No, nada de perros. Más bien me apetece ir a ver a mi madre y a Richard. Sola. Quiero estar sola. Echo de menos a Richard —dijo, rompiendo a llorar—. Richard es mi hijo, mi niño, y ya es casi adulto y pronto se irá. Le echo de menos.
—¿Y a Del? —dije yo—. ¿También echas de menos a Del Shreader? A tu amigo. ¿Le echas en falta?
—Esta noche echo a todo el mundo en falta. También a ti. Hace mucho que te echo de menos. Te he echado tanto de menos que es como si no estuvieras conmigo. No sé cómo explicarlo, pero te he perdido. Ya no eres mío.
—Nancy.
—No, no.
Sacudió la cabeza. Se sentó en el sofá, frente al fuego, sin dejar de mover la cabeza.
—Mañana quiero coger el avión para ir a ver a mi madre y a Richard. Cuando me marche podrás llamar a tu amiga.
—Eso no —dije—. No tengo intención de hacer eso.
—La llamarás —dijo ella.
—Y tú llamarás a Del.
Me sentí ridículo al decirle eso.
—Tú puedes hacer lo que te dé la gana —dijo ella, enjugándose las lágrimas con la manga—. Lo digo en serio. No quiero parecer una histérica. Pero yo me voy mañana a Washington. Y ahora me voy a la cama. Estoy agotada. Lo siento. Lo siento por los dos, Dan. Esto no va a salir bien. Hoy, ese pescador nos ha deseado suerte. —Sacudió la cabeza—. Yo también nos deseo suerte. La vamos a necesitar.
Entró en el cuarto de baño y oí que abría el grifo de la bañera. Salí al porche y me senté en un escalón a fumar un cigarrillo. Fuera todo estaba oscuro y silencioso. Al mirar a la ciudad, vi un pálido reflejo de luces en el cielo y jirones de bruma flotando en el valle. Empecé a pensar en Susan. Poco después, Nancy salió del baño y oí que cerraba la puerta de su habitación. Entré, puse otro tronco en la chimenea y esperé a que las llamas se encaramasen por la corteza. Luego pasé a la otra habitación, descubrí la cama y contemplé los dibujos florales de las sábanas. Luego me duché, me puse el pijama y fui a sentarme otra vez frente a la chimenea. Ahora la bruma llegaba a la ventana. Me senté a fumar delante del fuego. Cuando volví a mirar hacia la ventana, algo se movió entre la niebla y vi un caballo que comía hierba en el jardín.
Me acerqué a la ventana. El caballo alzó la cabeza y me miró, luego siguió arrancando hierba. Otro caballo entró en el jardín, pasó junto al coche y empezó a pastar. Encendí la luz del porche y me quedé delante de la ventana, mirándolos. Eran caballos altos, blancos, de largas crines. Se habían escapado de alguna granja vecina por el hueco de una cerca o una portilla abierta. Comoquiera que fuese, habían venido a parar a nuestro jardín. Estaban encantados, disfrutando enormemente de su escapada. Y también nerviosos; desde la ventana les veía el blanco de los ojos. No dejaban de agitar las orejas mientras arrancaban matas de hierba. Un tercer caballo entró vacilante en el jardín, luego un cuarto. Era una manada de caballos blancos, y estaban pastando en nuestro jardín.
Fui a la habitación de Nancy y la desperté. Tenía rulos en el pelo, los ojos enrojecidos y los párpados hinchados. A los pies de la cama había una maleta abierta.
—Nancy, cariño —le dije—. Ven a ver lo que tenemos en el jardín. Ven, corre. Tienes que verlo. No te lo vas a creer. Date prisa.
—¿Qué pasa? —dijo—. No me hagas daño. ¿Qué ocurre?
—Tienes que verlo, cariño. No voy a hacerte daño. Lamento haberte asustado. Pero tienes que venir a verlo.
Volví al cuarto de estar, me aposté delante de la ventana y al cabo de unos minutos vino Nancy atándose la bata. Miró por la ventana y exclamó:
—¡Qué bonitos son, Dios mío! ¿De dónde han salido, Dan? Son preciosos.
—Han debido de escaparse de una de esas granjas de por ahí —dije—. Voy a llamar a la oficina del sheriff para que localice a los dueños. Pero primero quería que los vieses.
—¿Crees que morderán? —me preguntó—. Me gustaría acariciar a aquel de allí, el que acaba de mirarnos. Me encantaría pasarle la mano por el cuello. Pero tengo miedo de que me muerda. Voy a salir.
—No creo que muerdan —dije—. No parecen de los que muerden. Pero si sales, ponte algo, hace frío.
Me puse el abrigo encima del pijama y esperé a Nancy. Luego abrí la puerta, salimos al jardín y nos acercamos a los caballos. Todos levantaron la cabeza para mirarnos. Dos de ellos volvieron a bajarla y siguieron comiendo hierba. Otro dio un resoplido y retrocedió, para luego bajar la cabeza a su vez y continuar pastando. Acaricié la cabeza de uno y le palmeé el flanco. Siguió mascando. Nancy alargó el brazo y empezó a acariciar la crin del otro.
—¿De dónde vienes, bonito? —dijo—. ¿De dónde vienes, y por qué has salido esta noche, caballito?
Nancy continuó acariciándole la crin. El caballo la miró, resopló entre los labios y volvió a bajar la cabeza. Ella le dio unas palmaditas en el flanco.
—Me parece que voy a llamar al sheriff —dije.
—Todavía no —dijo ella—. Espera un poco. Nunca volveremos a ver una cosa así. Nunca jamás volveremos a tener caballos en el jardín. Espera un poco más, Dan.
Al cabo de un rato, Nancy seguía yendo de un caballo a otro, dándoles palmadas en el lomo y acariciándoles la crin, cuando uno de ellos echó a andar por el camino, pasó delante del coche y salió a la carretera. Entonces comprendí que tenía que llamar.

—¡No les haga daño! —gritó Nancy.
Volvimos a la casa y nos pusimos delante de la ventana para ver cómo los ayudantes del sheriff y el granjero reunían los caballos.
—Voy a hacer café —dije—. ¿Te apetece una taza, Nancy?
—Te diré lo que me apetece —dijo ella—. Estoy en las nubes, Dan. Como si me hubiera drogado. No sé explicar esta sensación, pero me gusta. Mientras tú haces café, yo buscaré música en la radio; después aviva el fuego en la chimenea. Estoy demasiado nerviosa para dormir.
Así que nos sentamos frente al fuego bebiendo café y escuchando una radio de Eureka que emitía toda la noche mientras hablábamos de los caballos y luego de Richard y de la madre de Nancy. Bailamos. No mencionamos para nada nuestra situación. La bruma pendía al otro lado de la ventana y charlamos y estuvimos cariñosos el uno con el otro. Al amanecer apagué la radio, nos acostamos e hicimos el amor.

Por la tarde, cuando hizo todos los preparativos y cerró las maletas, la llevé a un pequeño aeropuerto donde cogería un vuelo a Portland. Allí haría transbordo con otra compañía aérea que la dejaría en Pasco bien entrada la noche.
—Saluda a tu madre de mi parte. Dale a Richard un abrazo y dile que le echo de menos. Dile que le quiero.
—Él también te quiere a ti. Ya lo sabes. En cualquier caso, le verás en otoño, estoy segura.
Asentí con la cabeza.
—Adiós —dijo, tendiéndome los brazos.
Nos abrazamos.
—Me alegro de lo de anoche —dijo—. Los caballos. La conversación. Todo. Es una ayuda. Nunca lo olvidaremos.
Se echó a llorar.
—Me escribirás, ¿verdad? —le dije—. Ni por un momento pensé que nos ocurriría esto a nosotros. Después de tantos años. Ni soñarlo. A nosotros, no.
—Te escribiré —dijo ella—. Cartas muy largas. Las más largas que hayas recibido jamás después de las que te mandaba en el instituto.
—Estaré impaciente por recibirlas.
Luego me miró otra vez y me pasó la mano por la cara. Me dio la espalda y se dirigió al avión que la esperaba en la pista.
—Adiós, amada mía, que Dios sea contigo.
Subió al avión y me quedé ahí hasta que los motores a reacción se pusieron en marcha. Al cabo de un momento, el avión empezó a rodar por la pista. Despegó sobre la Bahía de Humboldt y pronto se convirtió en un punto en el cielo.
Volví a casa, dejé el coche en el camino de entrada y miré las huellas de los cascos de los caballos. Había marcas profundas en el césped, y calvas, y montones de estiércol. Entré luego en la casa y, sin quitarme siquiera el abrigo, fui al teléfono y marqué el número de Susan.

jueves, 18 de mayo de 2017

-OCTAVA SESIÓN

Llegamos al punto culminante de este curso con el análisis de la técnica que utiliza Lorrie Moore. Para comprenderlo lo mejor sería haber ido a clase. Pero podrías devanarte los sesos analizando, por ejemplo, el último párrafo de la página 150, que empieza diciendo: "-¡Fantástico!". Observa que en un sólo párrafo existen varios planos de información: lo que dice el personaje, la acción que realiza, lo que piensa, una frase de otro momento que nos hace verla en ese otro momento, la forma en que va vestida (y cómo le queda), otra frase del personaje, una acción y otra frase que cierra una anterior y concluye con su intervención. Todo eso no es intuición, ¡¡es técnica!! Y lo más importante de todo lo dicho anteriormente es la cita de otro momento, o sea, esa frase que había dicho en otro momento. El hecho de decirla, y no de describirnos ese momento, nos hace que, por el mero hecho de oír a un personaje hablar, lo "veamos". Lo oímos y lo imaginamos mucho mejor que si nos lo describieran: porque lo imaginamos. La voz del personaje nos obliga a verlo. Es un recurso parecido al flash back, pero mínimo, sólo de pinceladas de frases de los personajes en momentos anteriores.
Analízalo bien y lo verás.
Ahora lee el relato con detenimiento.

El cazador judío, de Lorrie Moore



EL CAZADOR JUDÍO


Del libro de relatos Como la vida misma, 
de Lorrie MOORE. 



Ocurrió en un lugar remoto. Había gimnasios, pero ni ironía ni cafeterías. La gente se tomaba las cosas literalmente, sin drogas. Laird, que quería que ella saliera con cierto tipo, la puso sobre aviso durante la clase de gimnasia.
            —Mira, Odette, tú eres poeta. Llevas en el mundo de la poesía… ¿cuánto?, ¿veinte años?
            —Sólo quince, estoy segura. –Acababa de superar los cuarenta y miró a Laird con el entrecejo fruncido por encima del hombro. Tenía una voz menopáusica cincelada por el whisky, una voz arruinada y trémula resultado del tabaco. Carecía de tonos medios, era grave, aunque tenía falsetes inesperados—. Odio esa expresión de «el mundo de la poesía».
            —Quince. De acuerdo. Ese tipo no tiene nada de literario. Es abogado de granjeros. Puede que defienda a un exhibicionista de vez en cuando, o a algún gitano del barrio serbio de Chicago, pero eso es lo máximo que tiene de artístico. Trata con granjeros y granjas. No distinguiría a T.S. Eliot de Pinky Eliot, pongamos por caso. Probablemente no ha estado en Minneapolis en su vida, y no digamos ya en Nueva York.
            —¿Quién es Pinky Eliot? –le preguntó ella. Estaban tumbados en el suelo el uno junto al otro, tratando de meter los brazos entre las rodillas levantadas para fortalecer los músculos abdominales. La música sonaba a todo volumen para que a nadie le avergonzara estar haciendo flexiones delante de unos casi completos desconocidos—. ¿Quién demonios es Pinky Eliot?
            —Uno que estudió conmigo en cuarto –contestó Laird, sofocado—. Decían que pesaba más que la profesora, que no era ningún fideo, créeme. –Laird estaba quedándose calvo, y en las clases de gimnasia la sangre le subía a la cabeza y los mechones de pelo rizados le caían sobre la orejas recordando las cintas ornamentales de los regalos. Había vivido en la ciudad hasta los diez años; luego su familia se trasladó al este, a Nueva Jersey, donde ella lo conoció años atrás. Y había regresado, como un salmón, para criar allí a sus hijos. Él y su esposa tenían dos. Los llamaban «Little y Moist»—. Mira, estás en el quinto pino. Tienes a Pinky Eliot o a un tipo que nunca ha oído hablar ni de Pinky ni de Eliot.
            Ya había estado en el quinto pino antes. Para costearse el piso de Nueva York, solía acogerse a las becas de la biblioteca: cuatro mil dólares por vivir seis semanas en una ciudad pequeña, escribir poemas no publicables y ofrecer una conferencia en la biblioteca. El problema de vivir en el quinto pino es que nadie la besaba. La miraban de arriba abajo, pero nunca la besaban.
            Aunque de vez en cuando podía conseguir un beso.
            Pero luego tenía que marcharse. Y con tanto hacer maletas y desaparecer, con tantos desgarros y vacilaciones, acababa sintiéndose como una mala combinación de Odiseo y Penélope. Acababa sintiéndose rara.
            —De acuerdo —dijo Odette—. ¿Cómo se llama?
            Laird suspiró.
            —Pinky Eliot –respondió, hundiendo los brazos entre las rodillas—. Me parece que debo de haberte confundido en algún momento de esta exposición tan resumida.

• • •

Pinky Eliot había perdido peso, aunque a buen seguro seguía superando a su profesora. Tendría unos cuarenta y cinco años de edad y el cabello sin una sola cana. No tenía mal aspecto, nariz de duende y ojos de gato, aunque su cara recordaba en algo la forma de un balón de fútbol al llegar a la barbilla y las mejillas, que unidas constituían una esfera blanca con una cicatriz grisácea que las rodeaba repentinamente. Además, lucía el tipo de bigote que, según decía una compañera de habitación de Odette de la época universitaria, parece arrastrarse hacia arriba en busca de un lugar cálido donde morir.
            Cenaron en el único restaurante italiano de la ciudad. Ella bebió dos copas de vino, y su fresco calor le recorrió el cuerpo como aceite de Gaultheria. Sabía que un día de ésos tendría que dejar de salir con hombres. Había practicado frente al espejo. «No salgo. Lo siento. No salgo con nadie.»
            —Siempre me ha gustado bastante la comida de este sitio –dijo Pinki.
            Ella observó su cara redonda sintiéndose mientras tanto un poco mal por él y un poco mal por ella, porque la comida no era buena: había vesículas de pasta insípidas que pasaban por tortellini, y chuletas harinosas y empapadas en una salsa de tomate, inconsciente, derrotadamente naranja. El pobre Pinky no distinguía un ajo de un muñeco.
            —Sí –dijo ella, en un intento de mostrarse amable—, pero ¿crees que es italiana de verdad? Sabe como si hubiera llegado hasta las Islas Canarias y luego se hubiera caído al agua.
            —Una esnob de la costa Este. –Sonrió. Hablaba con la lentitud de la pradera, con la densidad de los Grandes Lagos—. Una esnob vestida completamente de negro que odia el Medio Oeste. ¿Eres judía?
            A Odette se le pusieron los pelos de punta. Un nazi. Un nazi rústico y gastronómicamente idiota.
            —No, no soy judía –contestó con malicia, mirándolo de arriba abajo, para enseñarle, para enseñarle lo siguiente—: ¿Y tú?
            —Sí –dijo. Le estudió los ojos.
            —Oh –dijo ella.
            —En esta parte del mundo somos pocos, por eso se me ha ocurrido preguntártelo.
            —Ya.
            Notaba una sensación de pérdida que la hacía sentirse incómoda, como si la policía, legalmente, la hubiera despojado de algo que debía haber sido suyo pero que no lo era. Dejó caer la mirada hasta sus manos, que habían empezado a moverse con nerviosismo, independientes, como los pequeños roedores que se tienen como mascotas. El vino le calentaba las mejillas, y cuando se precipitó a beber más, el borde de la copa chocó contra ese diente que sobresalía por encima de los demás.
            Pinky alargó una mano por encima de la mesa y le acarició el cabello. La semana anterior Odette se había hecho una permanente que lo había dejado ondulado como la cabeza de un carnero.
            —Siempre es agradable contemplar unos rizos étnicos –dijo—. ¿Qué eres, metodista?


En su segunda cita fueron al cine. La película trataba de criaturas del espacio exterior que se metían en los terrícolas y los incitaban a cargar enormes sumas de dinero en sus tarjetas de crédito. Era una alegoría urbana muy elaborada, llena de dolor y desesperación, y a Odette le apetecía comentarla.
            —Una película entretenida –dijo Pinky lentamente. Había estado todo el rato removiéndose en el asiento y se había levantado dos veces para ir a beber a la fuente de agua. «Me acerco un momento a la máquina», había susurrado.
            Y ahora quería ir a bailar.
            —¿Y dónde se puede bailar aquí? –le preguntó Odette.
            Estaba pensando todavía en esa parte en la que los dos protagonistas intercambiaban equipos de audio portátiles y se enamoraban a partir de ahí. Quería que Pinky o ella dijeran algo incisivo o provocativo acerca de la visión del director o de los parámetros narrativos de la imaginería cinemática. Pero parecía que ninguno de los dos iba a hacerlo.
            —Hay un sitio después de la carretera de circunvalación del condado, a unos nueve kilómetros.
            Fueron al aparcamiento y él se inclinó y la besó en la mejilla (un gesto íntimo, prematuro, los restos de un enamoramiento reciente, sin duda) y ella se sonrojó. Era muy mala en cuestiones de amor. Hay gente buena en cuestiones de amor y gente mala. Y ella era mala. Antes solía pensar que era buena en cuestiones de amor y que era mala en la intimidad. Pero eran necesarias las dos cosas. Sabía que el amor sin intimidad es como una canción que no se canta. Se queda en la cabeza. Dices: «¡Escucha esto!», y te descubres cantando algo confuso, nada, algo amontonado. Se acordó de una cena en la que sirvieron los postres en platos que llevaban impresas letras de canciones francesas. Después de la cena todo el mundo debía cantar la canción de su correspondiente plato, pero cuando le tocó el turno a ella, aún no había terminado con la nata montada, así que recortó notas y palabras, obligada a retirar frenéticamente la nata con el tenedor para ver cómo seguía el compás. Era mala, así de mala, en cuestiones de amor.
            Una vez pasada la circunvalación, Pinky recorrió nueve kilómetros en dirección sur hasta un sitio llamado Humphrey Bogart’s. Se trataba de un antiguo pabellón de caza de madera de techos altos y vigas vistas. Sobre un escenario improvisado, un grupo de música country tocaba Tequila Sunrise con quince años de retraso, o tal vez de adelanto. ¿Quién podía adivinarlo? Pinky la cogió de la mano e improvisó un lento paso de jitterbug en dirección al contrabajo.
            —¿Y yo qué hago ahora? –le gritó Odette por encima de la música—. ¿Qué hago yo ahora?
            —Esto –respondió Pinky.
            Poseía la gracia esmerada de quien ha sido gordo, y la mano que había posado en su espalda le parecía grande y ligera. La cicatriz había desaparecido prácticamente bajo la luz de la pista de baile, y su sonrisa empujaba hacia arriba el bigote y creaba una sombra que le resultaba favorecedora. Odette siempre había sido delgada y tensa.
            —En Nueva York bailamos poco –observó.
            —¿Y qué hacéis entonces?
            —Nos limitamos a hacer cola en los cajeros automáticos.
            Pinky se inclinó hacia ella, le cogió la mano para colocársela en el hombro y empezó a dar vueltas. Le acercó la boca al oído.
            —Tienes mucha personalidad –le dijo.


El domingo por la tarde, Pinky la llevó a la Cueva de los Muchos Montículos.
            —Te gustará –le aseguró.
            —¡Fantástico! –dijo ella al subir al coche. Existía una especie de entusiasmo local por las cosas del que ella intentaba contagiarse. Se trata de adoptar una actitud positiva y hacer comentarios con un alegre sonsonete. «¿No sopla mucho el viento?» Llevaba gafas de sol y un jersey que le quedaba grande—. Estaba pensando en preguntarte lo que era la Cueva de los Muchos Montículos cuando me he dicho: «Odette, ¿de verdad quieres saberlo?» —Hurgó en el bolso—. Es que parece el nombre de un prostíbulo. No tendrás ningún cigarrillo, ¿no?
            Pinky le dio un golpecito con los dedos a las gafas de sol.
            —No vas a necesitarlas. La cueva es oscura. –Arrancó y partieron.
            —Bueno, avísame cuando lleguemos. –Fijó la vista hacia delante—. Apuesto a que no tienes ni un cigarrillo.
            —No –dijo Pinky—. ¿Fumas?




























































































































































































































Trabajo a realizar en la 8ª sesión

Las tareas para este relato son varias:

-Narrador externo omnisciente con personalidad (sin traspasar la frontera que lo convierta en un narrador en primera persona).

-Trabajar las acotaciones para que estas tengas diversos planos de contenido: La acción, la descripción física del personaje, descripción del entorno, miniflashback de diálogo, etc.

-Utilizar esos "miniflashback" de diálogo: pequeñas frases entrecomilladas que entran sin aviso previo de algo que algún personaje dijo en el pasado;

-Trabajar las metáforas y comparaciones para que no sean las de siempre.

-Utilizar elipsis bruscas: saltos en el tiempo que nos sitúen directamente en la siguiente escena.

-Utilizar metáforas y comparaciones originales (siglo XXI).

-No olvidemos que la temática sigue siendo urbana y, a ser posible, con cierta profundidad.


¡Mucho trabajo!, pero de calidad.


jueves, 11 de mayo de 2017

-SÉPTIMA SESIÓN

En el trabajo de hoy hay que mezclar dos tipos de narradores de los que hemos estudiado previamente. El trabajo consistirá en escribir un relato desde un narrador externo deficiente que cuente que un narrador interno protagonista cuenta una historia. Veréis el ejemplo perfectamente en el relato de Bukowski que podréis leer a continuación: un narrador externo cuenta que en la barra de un bar un tipo le cuenta al camarero una historia en la que él ha sido el protagonista y en la que hay diálogos. A veces estaremos asistiendo a un diálogo dentro de un diálogo. Porque dentro del diálogo entre el camarero y el parroquiano, éste cuenta un diálogo que tuvo con un tercer tipo. Veréis, cuando lo leáis, que no es tan complicado como en principio puede parecer.
Ahora os dejo con el magnífico (y terriblemente duro) relato de Bukowski (observad el título en el desarrollo de la historia, tiene mucha enjundia).

Decadencia y caída, de Charles Bukowski (del libro de relatos "Música de cañerías)

Era un lunes por la tarde en El Diamante hambriento. Sólo había dos personas, Mel y el camarero. Estar en Los Ángeles un lunes por la tarde es como no estar en ninguna parte (incluso estar en Los Angeles un viernes por la noche es como no estar en ninguna parte; pero más todavía un lunes por la tarde). El camarero, que se llamaba Carl, bebía de algo que tenía debajo de la barra, y estaba allí, frente a Mel, que se encontraba lánguidamente acodado sobre una rancia y pálida cerveza.
—Tengo que contarte una cosa —dijo Mel.
—Adelante —dijo el camarero.
—Bueno, la otra noche me llamó por teléfono un tipo con el que trabajé en Akron... Se quedó sin trabajo, por la bebida, y se casó con una enfermera y la enfermera lo mantiene. No me gustan demasiado esos tipos..., pero ya sabes cómo es la gente, se cuelgan de ti.
—Sí —dijo el camarero.
—Pues el caso es que me telefoneó...
    >>Oye, ponme otra cerveza. Esta mierda sabe a rayos.
—Vale, pero basta con que la bebas un poco más de prisa. Al cabo de una hora, claro, empieza a perder cuerpo.
—Bien... Me dijeron que habían resuelto el problema de la carne... y yo pensé: “¿Qué problema de la carne...?” Me dijeron que fuera a verles. Yo no tenía nada que hacer, así que fui. Jugaban los Rams y el tipo, Al, pone la tele y nos sentamos a verla. Erica, así se llama la mujer, estaba en la cocina preparando una ensalada y yo había llevado un par de cajas de cerveza. Digo: "Oye, Al, abre unas botellas, se está bien aquí y hace buena temperatura, el horno está encendido".
»Bueno, se estaba cómodo. Parecía como si hubiesen tenido una discusión un par de días atrás y las relaciones estuvieran otra vez tranquilas. Al dijo algo sobre Reagan y algo sobre el paro, pero yo no tenía nada que decir; todo eso me aburre. Sabes, a mí me importa un carajo que el país esté o no esté podrido, mientras a mí me vaya bien.
—Natural —dijo el camarero, sacando el vaso de abajo de la barra y echando un trago.
—Pues bien, ella sale de la cocina, se sienta y se bebe una cerveza. La enfermera. Se puso a explicar que todos los médicos tratan a los pacientes como a ganado; que todos los malditos médicos van a lo suyo y nada más; creen que su mierda no apesta. Ella prefería tener a Al que a un doctor. Una estupidez, ¿no?
—No conozco a Al —dijo el camarero.
—En fin, nos pusimos a jugar a las cartas y los Rams iban perdiendo, y, al cabo de unas manos, Al me dijo: “Sabes, tengo una mujer muy rara. Le gusta que haya alguien mirando mientras lo hacemos”. “Así es” —dijo ella—, “eso es lo que más me excita”. Y Al va y dice: “Pero es tan difícil encontrar a alguien que mire. En principio parece muy fácil encontrar a alguien que mire, pero es dificilísimo”.
»Yo no dije nada. Pedí dos cartas y puse una moneda de cinco centavos. Ella dejó caer las cartas y Al dejó caer las cartas y los dos se levantaron. Y va ella y empieza a andar hacia el otro lado de la sala. Y Al detrás... “¡Eres una puta, una maldita puta!”, dice él. Aquel tipo, llamándola puta a su mujer. “¡So puta!”, gritaba. Y la arrincona en un extremo del cuarto y le pega un par de sopapos, le rasga la blusa. “¡So puta!”, grita él de nuevo, y le da otros dos sopapos y la tira al suelo. Luego le rasga la falda y ella patalea y chilla.
»Él la levanta y la besa, luego la lanza sobre el sofá. Se le echa encima, besándola y rasgándole la ropa. Luego le quita las bragas y se pone a darle al asunto. Mientras está dándole, ella mira desde abajo para ver si los miro. Ve que sí y empieza a retorcerse como una serpiente enloquecida. Así que se lanzan al asunto hasta el fin. Después, ella se levanta, se va al cuarto de baño, y Al a la cocina por más cerveza. “Gracias” –dice cuando regresa–, “ayudaste mucho”".
–¿Y luego qué pasó? –preguntó el camarero.
–Bueno, por fin los Rams remontaron el partido, y había mucho ruido en la tele y ella sale del baño y se va a la cocina.
»Al empieza otra vez con lo de Reagan. Dice que es el principio de la decadencia y caída de Occidente, lo mismo que decía Spengler. Todo el mundo es codicioso y decadente; la corrupción está por todas partes. Y sigue un buen rato con el mismo rollo.
»Luego, Erica nos llama a la cocina, donde está puesta la mesa, y nos sentamos. La comida huele bien: un asado adornado con rodajas de piña. Parece una pierna entera, tiene un hueso que parece casi el de una rodilla. “Al” –digo–, “esto parece una pierna humana de la rodilla para arriba”. “Eso es” –dice Al–. “Eso es exactamente lo que es”.
–¿Dijo eso? –preguntó el camarero, tomando un trago del vaso que tenía bajo la barra.
–Sí –contestó Mel–, y cuando oyes una cosa así, no sabes exactamente qué pensar. ¿Qué habrías pensado tú?
–Yo habría pensado que estaba bromeando –dijo el camarero.
–Claro. Así que dije: “Estupendo, córtame una buena tajada”. Y eso fue exactamente lo que Al hizo. Había también puré de patatas y salsa, puré de maíz, pan caliente y ensalada. En la ensalada había aceitunas rellenas. Y Al dijo: “Ponle a la carne un poco de esa mostaza picante, ya verás qué bien le va”. En fin, le eché un poco. La carne no estaba mala. “Oye, Al” –le dije–, “¿sabes que no está nada mal? ¿Qué es?”. “Lo que te dije, Mel” –me contesta–, “una pierna humana, la parte de arriba, el muslo. Es de un chaval de catorce años que encontramos haciendo auto-stop en Hollywood Boulevard. Lo recogimos, le dimos de comer y estuvo tres o cuatro días viéndonos a Erica y a mí hacerlo; luego nos cansamos de aquello, así que le degollamos, le limpiamos las tripas, las echamos a la basura y lo metimos en el congelador. Es muchísimo mejor que el pollo, aunque en realidad a mí me gusta más la carne de ternera”.
–¿Dijo eso? –preguntó el camarero, sacando otra vez el vaso de abajo de la barra.
–Eso dijo –contestó Mel–. Dame otra cerveza.
El camarero le puso otra cerveza. Mel dijo:
–En fin, yo seguía pensando que todo era una broma, ¿comprendes? Así que dije: “Está bien, déjame ver el congelador”. Y Al va y dice: “Bueno... Ven”, y abre el congelador y allí estaba el torso, la pierna y media, dos brazos y la cabeza. Troceado así, como te digo. Todo parecía muy higiénico, pero, la verdad, a mí no me pareció del todo bien. La cabeza nos miraba, aquellos ojos azules abiertos, la lengua colgando..., estaba congelada hasta el labio inferior.
»”Dios mío, Al” –le digo–, “eres un criminal..., ¡esto es increíble, esto es repugnante!”
»”Espabila” –me dice–, “ellos matan a millones de personas en las guerras y reparten medallas por ello. La mitad de la gente de este mundo se está muriendo de hambre mientras nosotros estamos sentado viéndolo por la tele”.
»Te aseguro, Carl, que a mí empezaron a darme vueltas las paredes y no podía dejar de mirar aquella cabeza, aquellos brazos, aquella pierna troceada... Una cosa asesinada está tan callada, tan quieta; es como si pensases que una cosa asesinada debería estar chillando, no sé.
»En fin, lo cierto es que me acerqué al fregadero y vomité. Estuve vomitando mucho rato. Luego, de dije a Al que tenía que largarme. ¿No habrías querido tú largarte de allí, Carl?
–Rápidamente –dijo Carl–. A toda máquina.
–Bueno, pues el caso es que va Al y se planta delante de la puerta y dice: “Escucha..., no fue un asesinato. Nada es un asesinato. Lo único que hay que hacer es pasar de las ideas con que nos han cargado y te conviertes en un hombre libre..., libre, ¿entiendes?”
»”Quítate de delante de la puerta, Al... ¡Déjame salir de aquí!"
»Va y me agarra de la camisa y empieza a rasgármela... Le aticé en la cara, pero seguía rasgándome la camisa. Le atizo otra vez, y otra, pero era como si el tipo no sintiera nada. Los Rams seguían en la tele. Me aparté de la puerta y entonces llega su mujer corriendo, me agarra y empieza a besarme. No sabía qué hacer. Es una mujer corpulenta. Conoce muy bien todos esos trucos de las enfermeras. Intenté quitármela de encima, pero no pude. Noté su boca en la mía, está tan loca como él. Empecé a empalmarme, no podía evitarlo. De cara no es muy atractiva, pero tiene unas piernas y un culo de primera y llevaba un vestido ceñidísimo. Sabía a cebollas hervidas y tenía la lengua gorda y llena de saliba; pero se había cambiado, se había puesto aquel vestido (verde) y al alzárselo vi las bragas color sangre y eso me enloqueció y miré , y Al tenía la polla afuera y estaba mirando.
»La eché sobre el sofá y empezamos en seguida con el asunto, con Al allí pegado, jadeando. Lo hicimos los tres juntos, un verdadero trío, luego me levanté y empecé a arreglarme la ropa. Entré en el baño, me remojé la cara, me peiné y salí. Y al salir, allí estaban los dos sentados en el sofá viendo el partido. Al tenía una cerveza abierta para mí y me senté y la bebí y fumé un cigarrillo. Y eso fue todo.
»Me levanté y dije que me iba. Los dos dijeron: “Adiós, que te vaya bien”, y Al me dijo que les hiciese una visita de vez en cuando. Entonces me encontré fuera del apartamento, ya en la calle, y luego en el coche, alejándome de allí. Y eso fue todo.
–¿Y no fuiste a la policía? –preguntó el camarero.
–Bueno, sabes, Carl, es complicado..., en realidad, fue como si me adoptasen en la familia. Fueron sinceros conmigo, no quisieron ocultarme nada.
–Pues, tal como yo lo veo, eres cómplice de un asesinato.
–Mira, Carl, lo que yo pensé fue que esa gente, en realidad, no me acababa de parecer mala gente. He conocido gente que me cae muchísimo peor y a la que detesto muchísimo más, que nunca ha matado a nadie. No sé, en realidad, es desconcertante. Incluso pienso en aquel tipo de congelador como si fuera una especie de gran conejo congelado...
El camarero sacó la Luger de abajo de la barra y apuntó a Mel con ella.
–Está bien –dijo–, vas a quedarte ahí congelado mientras llamo a la policía.
–Mira, Carl..., tú no tienes por qué decidir en este asunto.
–¿Cómo que no? ¡Soy un ciudadano! No puedo permitir que gilipollas como tú y tipos como tus amigos anden por ahí congelando gente. ¡El próximo podría ser yo!
–¡Escucha, Carl, escúchame! Oyeme lo que te digo...
–¡Está bien, adelante!
–Es un cuento.
–¿Quieres decir que lo que me contaste es mentira?
–Sí, era un cuento. Una broma, hombre. Te lié. Ahora, guarda esa pistola y vamos a tomarnos un whisky cada uno.
–Lo que me contaste no era mentira.
–Te he dicho que sí.
–No, no era mentira... Diste demasiados detalles. Nadie cuenta una mentira así. No era una broma, no. Nadie gasta esas bromas.
–Te aseguro que es mentira, Carl.
–No, no puedo creerte.
Carl se inclinó hacia la izquierda para arrastrarse hasta el teléfono. El teléfono estaba allí, sobre la barra. Cuando Carl se inclinó hacia la izquierda, Mel agarró la botella de cerveza y le atizó con ella en la cara. Carl soltó la pistola y se llevó la mano a la cara y Mel saltó sobre la barra y volvió a atizarle (ahora detrás de una oreja) y Carl se desplomó. Mel cogió la Luger, apuntó cuidadosamente, apretó el gatillo una vez, luego metió el arma en una bolsa de papel marrón, saltó la barra, enfiló hacia la entrada y salió al Boulevard. El indicador del parquímetro junto a su coche ya estaba en rojo. Subió al coche y se alejó del lugar.